Según la organización Policy Matters Ohio, el 10 % de los trabajadores de Amazon en Ohio tienen que acudir a los bonos públicos de comida, los conocidos como SNAP. La misma situación al parecer se da en Kansas, Pensilvania, Washington y Arizona, que se sepa a ciencia cierta de momento. Sigue pues la empresa de Jeff Bezos, y tal vez por eso sea el hombre más rico del mundo, la estela de Wallmart, unos grandes almacenes de Estados Unidos conocidos en todo el mundo por los salarios miserables que paga a sus trabajadores. No es extraño pues que los trabajadores de Amazon España hayan decidido hace poco secundar en casi su totalidad una huelga contra el gigante tecnológico. Lo mismo hicieron en su momento los trabajadores de Deliveroo.

En este siglo XXI pues, con toda su revolución tecnológica, estamos asistiendo al fenómeno creciente de la generalización de los trabajadores pobres, de una realidad que afecta ya a más del 13 % de los empleados españoles y que consiste en que los mismos perciben unos ingresos inferiores al umbral de pobreza. Tener trabajo no implica pues escapar automáticamente de la miseria. Para el 13 % de los trabajadores españoles al menos no es así. Y mientras, con esta realidad, no lo olvidemos, convive otra, según Oxfam Intermón, en la que los altos directivos del IBEX 35 cobran 207 veces el sueldo mínimo de sus empresa, y en la que en el 2017, según datos remitidos a la Comisión Nacional del Mercado de Valores, el sueldo de los consejeros del IBEX creció 35 veces más que el salario medio en España. La gran divergencia, la gran brecha pues se agranda. Como también se agranda la precariedad laboral y la pérdida de derechos sociales y laborales. Y en ello han incidido de forma decisiva las sucesivas reformas laborales que hemos padecido en este país, reformas laborales que sólo tenían y tienen un objetivo, y que lo han cumplido: abaratar la mano de obra, precarizar la misma e instalar el miedo entre aquellos que conservan su empleo y la sumisión previa en aquellos que aspiran a uno.

Esta es la realidad que están, estamos viviendo los trabajadores del siglo XXI: una involución de derechos y de condiciones laborales que nos está instalando en el siglo XIX. Y sin duda, si el presente es negro, el futuro lo es mucho más. La revolución tecnológica e informática, que según incluso los cálculos optimistas de la OCDE eliminará el 14 % de los empleos actuales (el informe McKinsey eleva la cifra al 30 %), hará que los menguantes derechos laborales que todavía conservamos desaparezcan por completo. Hacer frente a esa situación, así como afrontar las respuestas al paro estructural tremendo que se avecina, son los grandes retos de la izquierda y de los sindicatos. Ese debe ser su objetivo, esa debe ser su prioridad. Antes de que sea demasiado tarde, y de que nos arrasen y arrasen con todo.

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