El pasado domingo, durante una comida celebrada en homenaje a los políticos presos, y horas antes de presentarse ante el tribunal de Justicia que debía juzgarlo por su desobediencia con los lazos amarillos, Quim Torra dejó claro lo que para él significa la grave situación que vive Cataluña: “He comido un plato de butifarra con judías bastante contundente y, según las preguntas que me hagan en el juicio, la cosa puede salir por un lado o por otro”. Y su público acólito y entregado le rio la gracia escatológica.

En pocas palabras, lo que Torra ha querido decir es que cuando oye hablar de las instituciones, de los jueces y la ley, le entra la flatulencia floja, la ventosidad, los gases poco nobles. Es la forma que tiene el honorable president de la Generalitat de entender algo tan trascendental como la política, una actividad que debería ser la más seria y solemne del mundo y que él, paradójicamente un demócrata de toda la vida, ha terminado convirtiendo en un constante espectáculo de vodevil.

Torra, El Esloveno, se lo toma ya todo a mofa y befa, a chunga y pitorreo. Si sus cachorros le meten fuego por los cuatro costados a Barcelona, él se parte de la risa viendo cómo las llamas llegan hasta los pináculos de la Sagrada Familia. Si los piquetes soberanistas cierran la frontera de la Junquera y la economía se va al garete, él aplaude entusiasmado, a rabiar, descojonándose con las imágenes de los camiones agolpados en la carretera y las toneladas de fruta y verdura echadas a perder. Y si la Seat amenaza con marcharse de Martorell, llevándose miles de empleos a otro lugar más seguro y tranquilo, él se troncha hasta no poder más con el drama. Para Torra la triste tragedia catalana es una comedia impagable, un fiestón salvaje con los colegas activistas anarcos y troskos que nutren los CDR, un culebrón de butifarradas, porretes y vino a raudales del Penedés. La República será una quimera, un imposible, pero poder encender el volcán de la historia, poder desencadenar el fuego infinito, es el sueño de todo pirómano insaciable.

Torra, el muñeco diabólico de Puigdemont, hace política a golpe de sonrisa macabra. Cada broma que suelta la noche anterior es preludio de algún desastre por la mañana; cada tuit chistoso sobre el represor Estado español trae un poco más de desgracia a Cataluña. Hasta los empresarios de la cuerda indepe están hartos ya de un tipo destroyer que ha llegado para dejarlo todo como un solar. Si su jefe, el Napoleón gironés desterrado en Waterloo, le ordena quemar unos cuantos contenedores frente a la Jefatura de Policía él obedece arrebatado de placer. Si se le pide destrozar el empedrado de Plaza Urquinaona él babea como un sádico con la misión. Porque para eso está Torra aquí, para no dejar piedra sobre piedra, para llegar hasta sus últimas consecuencias en el cuanto peor mejor, para arruinarlo todo hasta que solo quede un montón de escombros humeantes y una trémula estelada ondeando en medio del desolado y yermo campo de batalla.

El inmenso embrollo del “procés”, el callejón sin salida en el que se ha metido al pueblo catalán, las pérdidas millonarias del turismo, la ruina económica, la desgracia de los presos de Lledoners, la sociedad partida en dos, la pedrada a traición al policía, el cachiporrazo malo del antidisturbio, el odio enquistado, la degradación de las instituciones centenarias catalanas, toda la inmensa calamidad que se está viviendo en aquella tierra que siempre fue próspera y civilizada es para Torra una bufonada apasionante, una diversión sin fin, una excitante payasada efectiva y efectista por lo que tiene de tocar “els cullons” al enemigo invasor español. Aunque en el fondo, y aunque él no lo sepa, esté jugando al mismo juego de los ultraderechistas de Vox: a desacralizar las instituciones legítimas, a pisotearlas, a reducirlas a la categoría de barrizal de establo. El mayor placer de Torra, como el de Santi Abascal, es comerse un buen plato de judías y soltarse un estentóreo pedo en honor a la decadente democracia liberal.

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