Un día tuve una historia con una persona transexual, que cada uno deje volar su imaginación. Aunque viendo la configuración de partidos políticos entre los distintos parlamentos a nivel europeo, estatal, autonómico y local –con esperanzadoras excepciones- creo que tal elemento brillará por su ausencia, como de costumbre en la sociedad actual y más concretamente si se trata de asuntos sociales.

Durante la travesía con mi amiga descubrí paisajes hasta entonces desconocidos para mí. Nuevos ríos que me trasladaban a mares de sonrisas maravillosas; nuevas montañas que descubría cimas de instantes estupendos con ella; nuevos jardines que me hacían observar ramos de flores de conversaciones indescriptibles; flamantes calles que me guiaban a experimentar de otra manera; nuevas playas que me hacían comprender otras orillas; e inéditos crepúsculos que me mostraban diferentes luces de perspectivas en su despedida anaranjada, preparándome así en el nacimiento de una imperante luna que peinaba, con sus claros, otras realidades sexuales.

El tiempo que estuve con ella, comprendí que esos campos emocionales con los que me obsequiaba podrían incluso ser declarados Patrimonio de la Humanidad, y así lograr que no sólo esta institución protegiese lugares físicos planetarios sino también el amor entre los habitantes de tales lares. No obstante, el quorum decisor que propone y dictamina tal certificado no podría verse representado únicamente por un grupo de tecnócratas, sino que se necesita de la totalidad de los corazones societarios en esa ansia hacia la homogeneidad sexual total, es decir: “nos enamoramos de la persona y no del sexo” ¡somos seres sexuales!.

En esta línea, propongo como Patrimonio de la Humanidad, declarar que los seres human@s somos seres sexuales sin más y, además, yo, perteUNESCO a una ciudadanía global, la cual con un vestido de colores representa lo dispares que ya somos.  Desde la esfera de la raza, etnia, edad, cultura, genero y, en este caso, sexo, señalando la diversidad como elemento mayor de nuestras riquezas.

No entender que somos seres sexuales es un quebranto en lo más sagrado de nuestro ser: el sentimiento. Sentir no entiende de conjugaciones sexuales y mucho menos de enamorarse debido a que las flechas de cupido se clavan de igual manera en todos y todas, sin preguntar si eres hetero, homo, a, inter, y/o transexual. Asimismo, cuando mis oídos soportan declaraciones que fomentan lo contrario expuesto aquí, rebobinando derechos fundamentales del propio ser humano y que, asombrosamente, existe apoyo en ello, sino “hazte oir”, empiezo a preguntarme qué mal lo estamos haciendo como principales actrices y actores de la película titulada humanidad, ¿no?

Es hora de reconocer la importancia que ha tenido los grupos sociales vinculados con el LGTBI tanto en la clasificación sexual (bi, trans y asexuales, entre otros) como en la visualización de éstos para revindicar su derechos. Sin embargo, en ocasiones, he presenciado diferencias entre personas de distintas orientaciones sexuales, donde en vez de ayudarse se percibía lo contrario.

En este punto, ha llegado la ocasión de la unión total y de que andemos unidos buscando la desaparición de tales catálogos sexuales. Hay que perseguir la unidad sexual y enseñar a que cada uno palmé su corazón con quien quiera independientemente de su aparato reproductor. En este sentido, quien no lo entienda así, pues que adquiera una maquina del tiempo y viaje hasta la época de los dinosaurios si le apetece, ya que en pleno siglo XXI el calambre que se origina al ver a la persona que amas no entiende de genitales.

Por otra parte, juzgo aquellas parejas del mismo sexo que deciden adoptar, puesto que deciden formar una familia desde las profundidades del alma y para tomar esa decisión, el único idioma posible es el amor. Lo esencial es empujar a esos niños hacia su felicidad, dando igual la orientación sexual de sus padres adoptivos, ya que esos están más que preparados para construir un final feliz.

En mi caso, exclamo ferozmente, quién me dice a mí que mi padre nunca actuó de madre y mi madre de padre. Pues ya os respondo yo, en una infinidad de ocasiones. Pero lo más llamativo del asunto es que ninguno actuó bajo un carnet con funciones de mamá y otro de papá, sino que lo hicieron bajo el laurel de su corazón, importándole más bien poco los estereotipos absurdos que nos imponemos para tales funciones.

Uno de los aspectos de los que más “orgulloso” estoy con respecto la educación pública, es el presenciar en los pasillos, en el patio o en la salida del centro el amor entre los adolescentes, libre de orientaciones sexuales. Aquí la única alambrada que existe, entre ellos y ellas, es el segundo que se escapa entre la sonrisa picarona y el beso platónico. En cambio, en otros institutos como los concertados, bajo el yugo de la iglesia, creyendo en algunos casos que la homosexualidad responde a una enfermedad mental, he comprobado que esa libertad amorosa, si no es heterosexual, no existe.

Mis padres no me educaron para que me dedicase a la futurología, especialidad que respeto, así que no sé si mañana me enamoraré de una persona del mismo género o no. En caso de que florezca pues maravilloso, ya que significará que complementaré mi bienestar. Por ello, démosle la vuelta al arcoíris del LGTBI para que así dibuje una sonrisa eterna emergiendo de escudo y lanza contra cualquier vestigio homofóbico en esas personas con una mentalidad en blanco y negro. Quizás logremos agregarle colores a esos cerebros trogloditas que ya no tienen cabida en los tiempos de hoy.

El movimiento del LGTBI va más allá de un país, se trata de una reivindicación universal. Muchas personas de distintas nacionalidades son rechazadas, amenazadas e, incluso, son asesinados y asesinadas, simplemente por el hecho de querer empezar una historia de amor con otra persona de su mismo sexo o por ser activista de tal lucha. Ante esta realidad mundial, hay que traspasar fronteras y mostrar una solidaridad infinita alzando la voz hasta el final, en cada uno de los cinco continentes, para normalizar algo tan obvio como es el paseo cautivador entre dos individuos subrayando algo tan antiguo como el amor.

Clamo mayor sensibilidad con el sector transexual ya que considero que puede ser el colectivo dentro del LGTBI con mayor controversia. En los tiempos actuales, tan avanzados tecnológicamente donde con un movimiento táctil en nuestro móvil de última generación se puede realizar cualquier operación desde poder crear una empresa a hablar en directo con un amigo situado en cualquier lugar planeta, no entiendo cómo no aceptamos que un individuo se pronuncie mujer porque así lo dictamina su ser. ¿Quiénes somos nosotros para poner en tela de juicio tal sentimiento? Ni que fuéramos DIOS, del que tampoco sabemos bien que orientación sexual tenía, ni que opinaba al respecto, nuestro querido y adorado Padre.

Evidentemente, mostramos pecho con el progreso y la modernidad en determinados espacios, pero en lo social nos cuesta un poco más. Son síntomas de un sistema socioeconómico inequitativo que pone en el centro los intereses individuales y empresariales frente a lo colectivo; pronunciándose con una mayor conveniencia al signo del dinero antes que a lo indescriptible del amor en todas sus vertientes. Además, como ya sabemos, este capitalismo atroz imprime que, si no eres, generalmente, un hombre, blanco y hetero, el acceso hacia un trabajo digno será más complejo.

En esta tesitura, hay que ir adaptando que una mujer o un hombre no se puede definir de la misma manera que en anteriores siglos y, sobre todo, en función de si tenemos pene o vulva, como si fuéramos un código binario. Hoy, tenemos que superar tal código ya que una mujer o un hombre, ni nace ni se hace, simplemente va de la mano de los sentimientos de la persona. Por ello, vuela mucho más allá de lo administrativo, legislativo e, incluso, biológico, debido a que reside en las entrañas de los seres humanos y solo ellos, de manera individual, pueden definirlo. Así que dejemos de conceptuar personas transexuales y que sean ellos y ellas los que amen y se definan como les nazca de sus aparatos genitales ya que, repitiéndome, somos seres sexuales, nada más.

Echar de menos alguien es la declaración de amor no escrita, más bella que existe entre dos personas. Pues que tal situación se reproduzca en todas las orientaciones sexuales posibles. Hasta que no lleguemos ese punto jamás acabaremos con la desigualdad y nunca habrá paz. 

No querer pertenecer al movimiento del LGTBI mientras existen acciones que generan odio en nuestra población por el simple motivo de enamorarnos, nos convierte en cómplices y, en cierto modo, vislumbramos signos homofóbicos. Reivindiquemos el beso entre personas del mismo sexo, invadamos la calle y no volvamos a nuestro hogar hasta poder echar de menos alguien, según nos dicte nuestro corazón e independientemente de su físico, masculino o femenino, tan verdadero, cotidiano y hermoso como los amaneceres. 

Por último, derrumbemos barreras homofóbicas a golpe de besos como muestra la foto del muro de Berlín liderado por el antiguo líder de la Unión Soviética, Leonid Brezhnev, y el otro, el ex presidente de la República Democrática de Alemania, Erich Honecker; escenificando alianza y hermanamiento entre ambos bandos. Pues de la misma manera, concienciémoslo con este movimiento social que sólo pretende la libertad de enamorarse con quién cada uno o una quiera.

Y como señala el maestro Camarón de la Isla “Llegó el amor y nos fundió en un fuego de pasión”. Sin embargo, ese amor no entiende de inventarios sexuales. Así que, bailemos hasta lograr la unidad sexual.

¡Ah! por cierto y mucho TI RI TI “TRANS” “TRANS” “TRANS”.

X la revolución de lxs desiguales….

Apúntate a nuestra newsletter

1 Comentario

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre