Estos días hemos asistido, consternados, a los efectos devastadores del mayor atentado terrorista en suelo español desde Atocha. En nuestra retina prevalecen las imágenes de dolor, impotencia y miedo. Pese a todo, somos una nación fuerte. Más fuerte que esos «descerebrados» que se han propuesto sembrar de sangre las calles de nuestras ciudades, las de la vieja Europa. Calles que se construyeron y se destruyeron tantas veces, en otras tantas guerras, para que ahora vengan unos adolescentes, sonriendo en una gasolinera, mientras recargan el teléfono móvil, a cambiar nuestro modo de vida. Vivimos en libertad. Con nuestras diferencias, sí, que le vamos a hacer, pero libres.

Esa secuencia de imágenes de los asesinos, momentos antes de su “hazaña”, han provocado una aflicción añadida a nuestro dolor. ¿Cómo es posible que unos chicos, despreocupados y, relajados, puedan ir camino de provocar una masacre? Como sociedad buscamos explicación a todo lo que nos rodea y nos concierne. Unos enajenados. Unos drogadictos. Unos sicarios. Alguien que reivindica algún derecho que creen vulnerado. Una reclamación. Una moneda de cambio con la que negociar. La figura del negociador de la policía ha quedado totalmente inoperativa con este tipo de terrorismo.

Con esos, los de la sonrisa en la tienda de la gasolinera, no hay negociación, porque no hay nada que negociar. Lo sabemos nosotros, y lo saben los Mossos que los abatieron a tiros. Menuda papeleta para un policía al que entrenan con el protocolario «disparo de advertencia, disparo al suelo,  disparo al aire, y disparo al objetivo». No hay advertencia contra los que van a morir sin más reivindicación que la de morir matando. No hay negociación con los que no quieren negociar.

El portavoz de esos chicos, desprovisto de cualquier sentimiento de culpa, sale al paso reivindicando el atentado. Y, ya puestos, con suficiencia, dice que reclama el «Al Ándalus», el del Califato. En castellano, con acento andaluz, un tipo al que conocen como «El cordobés», hijo de La Tomasa, para más señas, nos amenaza dedo en alto. Pero le sale el “dedo por la culata”, porque Al Ándalus, como dicen ellos, será tierra de sus antepasados, pero también es tierra de nuestros padres, abuelos, bisabuelos… Y en nuestra impotencia, combatimos con un arma más mortífera que cualquier amenaza: el humor. El hijo de la Tomasa provoca, con su soflama, una ola de despiporre que inunda las Redes Sociales. No nos reímos de los atentados, que nadie se llame a engaño, nos reímos de él y de sus amenazas. Nos reímos porque no tenemos miedo. Y mucho menos de esos terroristas que van a un atentado como el que va una tarde al cine. De ese «líder» que pretende reconquistar nuestra libertad. De sus amenazas vertidas desde una estética a caballo entre un pandillero y un hippie. A mí, personalmente, no me da risa, más bien me da pena. Y tristeza, de que un tal Pérez nos amenace desde un lugar recóndito de Siria. Solo le deseo que el drone lo encuentre pronto. Nosotros no nos reiremos más de él, y él, por su parte, dejará de amenazarnos.

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Escritor conocido por sus novelas de género policíaco. Ha impartido clases en la Escuela Canaria de Creación Literaria, es colaborador del Diario del AltoAragón y del El Periódico de Aragón. Ha sido el organizador de las diferentes ediciones del Concurso literario policía y cultura (España) y colabora en la organización del Festival Aragón Negro en las actividades convocadas en la ciudad de Huesca. Desde el año 2012 es considerado el creador del término Generación Kindle, nomenclatura utilizada para referirse a una serie de escritores surgidos de la edición digital. En el mes de enero del año 2013 fue uno de los seis finalistas preseleccionados para optar al Premio Nadal en su 69º Edición con la novela La noche de los peones.

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