Corría el mes de abril, ubico por cronología que del año 1997. Implícito en los miedos más o menos propios que ya fuese por prudencia, o bien por la aparentemente justificada cobardía, que la evidente cercanía de los exámenes del por entonces ya malogrado C.O.U hacía mella en nosotros, pues todos intuíamos que nos jugábamos algo, no sabíamos muy bien qué, pero nos jugábamos algo…

Los rayos catódicos, los rayos catódicos. “Se refiere a la corriente de electrones que va del ánodo al cátodo”.- Refiere un compañero. “Por su descubrimiento le dieron el Nóbel a un holandés.. ¿O fue a un húngaro?.- Acierta a susurrar otro

Pero como siempre, una vez más, nuestra amiga Marisa tenía la solución.

Nadie que hubiera visto a Marisa el primer día de clase, hubiera podido extraer tan siquiera una conclusión acertada al respecto del cúmulo de sorpresas que poco a poco y por sí sola ella misma se encargaría de revelar.

Respondía el físico de Marisa (pues aunque hoy esté mal decirlo, Marisa tenía físico), a ese cúmulo de contradicciones que alcanzada la edad a la que me refiero, en unos casos ya se aciertan, aunque en otros a lo sumo se apuntan.

Era así pues Marisa alta, delgada…pero sobre todo era rubia.

Mas no era lo físico lo llamado a despuntar llegado este momento de recordar a Marisa, o no al menos en el sentido que cabría ser esperado. Pues lo más llamativo de Marisa estaba en sus ojos. Unos ojos que no destacaban por su candidez, unos ojos no destinados a brillar especialmente por lo hermoso del color llamado a brillar en su interior. Pues era lo que no estaba, lo que se intuía, lo que hace que aún hoy recuerde no tanto los ojos, que sí más bien la mirada de Marisa.

Porque si, de eso se trata. Era la mirada de Marisa el mejor ejemplo de la diferencia que años después alguien citaría a la hora de descifrar con tino la diferencia que hay entre la persona lista, y la que a lo sumo está llamada a parecer inteligente. 

A propósito. Aquel día Marisa no tenía ni la más mínima idea de lo que querían preguntar al traer a colación el asunto aquél de Los Rayos Catódicos. Por eso ella prefirió desarrollar una perfecta exposición al respecto de Los Reyes Católicos.

Y una vez más, Marisa se salvó.

Ya fuese por su afable disposición de trato, por lo extraño de su belleza (no era Marisa especialmente reservada, siendo después catalogada como de resultona), lo cierto es que no se tornó aquella ocasión ni en la primera, ni por supuesto en la última vez en la que Marisa se salvaba de un disgusto acudiendo a triquiñuelas no sé si legales o no, pero desde luego poco elegantes, y que desde luego a nadie más hubieran salvado.

El caso es que Marisa siguió perfeccionando su técnica. Y tan bien le resultó, que no sólo llegó a delegada de clase, sino que tal y como me enteré años después llegó a presidir no sé qué asociación de alumnos estando ya en la universidad. No me pregunten por la universidad en la que estuvo Marisa, y por favor no esperen que les diga qué estudios desarrolló en la misma; pues sólo recuerdo (o más bien relaciono) tales consideraciones, con un extraño rumor del que alguien me hizo partícipe y que de haber sido cierto se hubiera resumido en que de haber solicitado alguien una revisión de examen, para Marisa habría sido muy difícil extrapolar sus calificaciones para con la realidad observada en el rendimiento académico que su trabajo ponía de manifiesto.

Sea como fuere, el caso es que Marisa perseveró. Podríamos llegar a decir incluso que triunfó. Alcanzó así lo que podríamos llamar un puesto para cuyo ejercicio resultaba imprescindible cierta capacidad de mando, o cuando menos apariencia de tal. ¡Y hay que recordar que a Marisa esa capacidad para aparentar ciertamente le sobraba!

Además Marisa no tenía escrúpulos. Y si alguna vez los tuvo lo cierto es que lo disimuló siempre muy bien. Hubo de ser entonces cuando al albor de una consideración de carácter interno, un enemigo que antes había sido amigo y fiel colaborador no dudó en acusarla de acudir a la manipulación sentimental (la acusó de haber mantenido un lío poco lícito con un superior casado) para lograr el éxito en la que ya por entonces era su clara empresa.

Fue entonces, como ocurre casi siempre, que cuando más cerca se está de alcanzar la meta deseada, es justo cuando cede la tierra que tenemos bajo nuestros pies. Eso fue lo que le pasó a Marisa. No midió uno de sus últimos pasos, y patinó.

Y no fue la caída que acompañó a tal resbalón una caída precisamente silenciosa. Como toda caída que se precie, arrancó primero las risas de los que alrededor estaban. Risas que pronto giraron a silencio, para tornarse luego en gimoteos histéricos cuando algunos de los participantes acertaron a valorar hasta qué punto la caída de Marisa les podía arrastrar a ellos también…

Porque si alguna lección merece ser rescatada de la Historia de Marisa, no ha de ser otra que la de saber que no es Marisa una excepción, una rareza, ni mucho menos una “rara avis”. Es en realidad Marisa el resultado de su tiempo, el reflejo de una sociedad o lo que es peor, el resultado de lo que el tiempo y la sociedad llegan a considerar incluso no ya como lógico, sino incluso como digno de ser tenido en cuenta. 

Porque hasta segundos antes de que Marisa y su prestigio tocaran fondo, lo cierto es que muchas madres inculcaban en sus hijos los valores de los que Marisa hacía gala; y muchos padres soñaban con que una joven como Marisa entrara a formar parte de sus vidas, siquiera como nuera.

La caída en desgracia de Marisa sirvió en realidad para poner de manifiesto la existencia de muchas Marisas, y lo que es peor, para poner de relevancia los vicios de todo un procedimiento social viciado en tanto que el ascenso dentro del mismo requería de manera inexorable de la puesta en práctica de todo el proceso del que Marisa se había convertido en Ilustre Promotora. 

No se juzgó por ello a Marisa, sino que lo que se cuestionó fue el grado de podredumbre que se desarrollaba en el seno de una sociedad en la que el triunfo se identificaba con su conducta.

“No juzgues con severidad al político Marco. Recuerda que no es éste sino el reflejo de la sociedad a la que con mayor o menor gloria representa. Y por ello habrá de ser contra la sociedad, y muy probablemente contra tu propia persona contra la que, de ser sincero, habrás de dirigir el látigo de tu ira cuando ésta refrende el castigo por haber malogrado tu siempre deseada verdad…”

La caída de Marisa fue un símbolo. Pero sobre todo supuso el previo al colapso de un modelo extinguido, de un sistema acabado.

Por cierto…Ahora que lo pienso bien, la chica de la que hablaba no se llamaba Marisa…

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Natural de La Adrada, Villa abulense cuya mera cita debería ser suficiente para despertar en el lector la certeza de un inapelable respeto histórico; los casi cuarenta años que en principio enmarcan las vivencias de Jonás VEGAS transcurren inexorablemente vinculados al que en definitiva es su pueblo. Prueba de ello es el escaso tiempo que ha pasado fuera del mismo. Así, el periodo definido en el intervalo que enmarca su proceso formativo todo él bajo los auspicios de la que ha sido su segundo hogar, la Universidad de Salamanca; vienen tan solo a suponer una breve pausa en tanto que el retorno a aquello que en definitiva le es conocido parece obligado una vez finalizada, si es que tal cosa es posible, la pausa formativa que objetivamente conduce sus pasos a través de la Pedagogía, especialmente en materias como la Filosofía y la Historia. Retornado en cuanto le es posible, la presencia de aquello que le es propio se muestra de manera indiscutible. En consecuencia, decide dar el salto desde la Política Orgánica. Se presenta a las elecciones municipales, obteniendo la satisfacción de saberse digno de la confianza de sus vecinos, los cuales expresan esta confianza promoviéndole para que forme parte del Gobierno de su Villa de La Adrada. En la actualidad, compagina su profesión en el marco de la empresa privada, con sus aportaciones en el terreno de la investigación y la documentación, los cuales le proporcionan grandes satisfacciones, como prueba la gran acogida que en general tienen las aportaciones que como analista y articulista son periódicamente recogidas por publicaciones de la más diversa índole. Hoy por hoy, compagina varias actividades, destacando entre ellas su clara apuesta en el campo del análisis político, dentro del cual podemos definir como muestra más interesante la participación que en Radio Gredos Sur lleva a cabo. Así, como director del programa “Ecos de la Caverna”, ha protagonizado algunos momentos dignos de mención al conversar con personas de la talla de Dª Pilar MANJÓN. Conversaciones como ésta, y otras sin duda de parecido nivel o prestigio, justifican la marcada longevidad del programa, que va ya por su noveno año de emisión continuada. Además, dentro de ese mismo medio, dirige y presenta CONTRAPUNTO, espacio de referencia para todo melómano que esté especialmente interesado no solo en la música, sino en todos los componentes que conforman la Musicología. La labor pedagógica, y la conformación de diversos blogs especializados, consolidan finalmente la actividad de nuestro protagonista.

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