La cosmovisión dominante considera, desde hace ya tiempo y ahora de manera única y acelerada, que progreso y civilización están asociados a desarrollo tecnológico y crecimiento económico. Las nuevas tecnologías convertidas en sector estratégico, han terminado por elevar el dogma: el discurso tecnocrático vende la promesa de una política (incluso se viste de apolítica), definitiva, que la historia por vía de la técnica, camina hacia la eliminación de los conflictos sociales y casi hasta la solución de nuestros problemas fundamentales. Así se ha desarrollado un relato de futuro buenista, en el que se unían robotización y globalización. Quien no se subiese a ese tren, perdía el viaje a la modernidad y quedaba abandonado en el arcén. Y en esto llegó la pandemia.

  Cuando nos habían pronosticado ciudades inteligentes (smart city), cuando la robotización crecía imparable y amenaza con ocupar buena parte de las labores humanas, cuando se habla de la clonación de seres humanos,  cuando se alarga la vida humana y hasta se coquetea en un futuro con la inmortalidad, cuando los aparatos tecnológicos avanzan varias generaciones en una misma generación humana… ¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI afrontemos una epidemia con parte de los métodos que se hacían en el siglo XIX? Quizás el discurso tecnocrático se ha sobrepasado a sí mismo en algo que presume no tener: ideología, mucha ideología.

  Si la prueba de validez de un sistema o régimen político se encuentra en como es capaz de afrontar situaciones de crisis, la gestión de la tecnocracia neoliberal frente a la pandemia, está, de momento, suspendiendo de manera clara.  Y en varios sentidos.

   Por un lado no ha sido capaz, pese a su discurso futurista, de avanzar en medios que afronten una epidemia, de una manera más eficaz. Ignoro si esto hubiese sido posible con los actuales conocimientos científicos, pero quizás se ha sometido a la ciencia, en apariencia neutral, al gran dios de nuestra época: el mercado. Ernesto Sábato, que antes que literato fue científico, ya señalaba que una ciencia carente de contenido humanista, podía llegar a la barbarie. Lo que nos puede salvar, también nos puede matar. Creíamos que las epidemias que asolaban países y continentes enteros, de lo que llamamos subdesarrollados,  nunca alcanzaría el occidente desarrollado. Es el discurso de unas élites que por desgracia, ha terminado por asumir la mayoría de la población. Y va más allá del mero discurso supremacista. El VIH-SIDA ha pasado en Occidente de ser una enfermedad con un elevado nivel de mortalidad, a una enfermedad crónica. Sin embargo eso no ha ocurrido en África donde el número de víctimas sigue imparable. La razón es que en Occidente la industria farmacéutica sí tiene un mercado para esos medicamentos, que no tiene en el continente africano. Para la poderosa industria farmacéutica todo es mercado e incluso, especulación. Algo de eso vimos en nuestro país con la hepatitis C.

 Frente a esto, nos quedan los estados. Son ellos quienes están librando la lucha contra la pandemia, y en líneas generales, dejan bastante que desear. Los estados dominados por el modelo neoliberal han ido reduciendo su aspecto social y hasta de mínimos derechos ciudadanos, con lo cual han abordado con mucha dificultad, algo inesperado y complejo como una pandemia. Y es que el ideal de la tecnocracia neoliberal es un estado concebido como una empresa con ejército, policía y judicatura. Lo cual, aparte de mostrarse ineficaz, amenaza con otro virus: el tecnopolio autoritario. Ya Max Weber señalaba a la burocracia como parte de la jaula de hierro, pues el dominio de la tecnocracia neoliberal, con la globalización y concentración de poder económico, ha ido mucho más allá: la jaula, técnicamente avanzada, es tan invisible como infranqueable.

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Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.

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