lunes, 20septiembre, 2021
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Suprisión

Jesús Ausín
Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.
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A Gerbé se llega como a los demás sitios por carretera. Tiene la peculiaridad de que el pueblo no se ve hasta que estás prácticamente encima. Allí, el sol sale todos los días por el este y se pone por el oeste. Hay un río, una iglesia, dos escuelas, huertos, campos de cereal, corrales con ovejas, gallinas, conejos, patos, y hasta unas piedras deslavadas y rojizas, desperdigadas algunas y encastradas en una pared, las menos, que en su día fueron parte de castillo medieval y que hoy solo son ruinas en las que se entretienen los chavales.

En Gerbé, todo es normal. Los niños juegan en las calles, las mujeres se juntan en torno a las cartas en las puertas de las casas mientras departen con las vecinas, parados y jubilados, juegan la partida en el bar y los mozos rondan a las mozas. Los domingos, juntos van a misa tanto los más pudientes como los que apenas tienen para comer. No hace mucho que, en la escuela del pueblo, también se juntaban todos los alumnos. Ahora, unos pocos, los hijos del alcalde, del juez de paz, del cabo de la guardia civil, del jefe de la Hermandad, del hostal de carretera (y eso que es un lupanar) y hasta el de la sobrina del cura, van a un colegio que una empresa construyó, en un terreno municipal, que subvenciona el ayuntamiento a través de becas, pero que tiene un proceso de selección de entrada que no tiene la escuela de todos. Así los niños, aprenden desde pequeños que no todo es posible y que la vida no es justa. De igual forma, aprenden cuando la mayoría de ellos, si tienen sed, tienen que beber de la fuente del Chorro Pequeño, mientras que los otros, los aventajados, tienen a su disposición, junto a la escuela, un aparato que permite elegir entre agua fría o del tiempo y beber en vaso. 

En Gerbé también hay río de aguas abundantes, finas y transparentes. Pero está prohibido su uso para el riego y el baño. Nadie sabe muy bien porqué. Los labriegos, deben acceder de noche y a escondidas con cubos para poder cultivar tomates, pimientos, cebollas, patatas, … Y saben exactamente en qué situación no pueden regar, porque si les ven, van a multarles y cuando, si les pillan, hacen la vista gorda.

El señor alcalde y el juez de paz, sin embargo, tienen la huerta dentro del casco urbano y riegan sus tomates con agua del grifo. Nadie ha prohibido regar con el agua corriente y eso que en verano, hay días en los que por falta, el suministro se corta desde las cinco de la tarde hasta las siete de la mañana.

En Gerbé, el ayuntamiento lo eligen, como en todos los demás sitios, los vecinos en elecciones libres. Claro que solo se presenta la candidatura del alcalde que lleva en el puesto toda la vida. Una vez, Tadea, la hija del pastor de cabras, juntó una candidatura de jóvenes, la mayoría recién cumplidos los dieciocho, para competir con el alcalde. Diez días antes de las elecciones, a ella la pillaron regando la huerta. En lugar de ponerla una multa, como era habitual, la abrieron un proceso judicial. El juez de paz, dictaminó que mientras no hubiera sentencia, Tadea no podría ni votar, ni ser elegida. A su segunda en la lista, Remigia, que trabajaba en la escuela como maestra, le llegó una carta del ministerio en el que, por falta de personal, la trasladaban provisionalmente a trescientos kilómetros de distancia. Los demás, a falta de quiénes había llevado la iniciativa, desistieron.

En Gerbé, la gente tiene la sensación de que vive bien. La mayor parte de los vecinos pasan su vida anodinamente. Se levantan, cuidan del ganado, desayunan, se van al campo, vuelve a comer y si hay mucha faena, vuelven al campo. Si no, siempre hay leña que cortar, cuadras que limpiar o agujeros que tapar con un poquito de cemento o yeso. En primavera cavan la huerta. En verano cosechan. En otoño recogen los frutos de la huerta y embotan para el invierno. En invierno, cuando hay nieve y frío, cuidan de los animales y ven la televisión. Fuera de eso, que es lo que conocen, no hay otras inquietudes. Los jóvenes, como en la mayor parte de los pueblos, hartos, hastiados, sin futuro, acaban buscándose la vida cuando salen a estudiar y ya no vuelven. Los mayores, que siempre han conocido ese tipo de vida, están resignados y no piensan que se puede mejorar.

 

Que el ayuntamiento le cediera terreno público a una empresa, casualmente el dueño de la misma es el yerno del alcalde, para construir un colegio particular en el que, con presupuesto municipal, vayan a estudiar solo los elegidos, levantó gran revuelo entre aquellos que tenían hijos en edad escolar y que no pudieron acceder a una plaza en el mismo. El resto, no le dio mayor importancia. Y cuando les preguntaban, creían la versión del alcalde, que consideraba que aquello no era un colegio privado sino, un centro en el que desarrollar el talento de algunos chavales más inquietos intelectualmente sacándoles del aburrimiento de una clase mediocre. Eso daría fama y desarrollaría económicamente al pueblo en el futuro.

 

La noche en Gerbé, llega pronto en invierno y tarde en verano. En los meses más fríos, las calles hibernan. En verano bullen. Los niños juegan, los pájaros cantan, las ranas croan. Para una parte de los vecinos del pueblo, esa es su vida y su preocupación. Otros, miran la despensa cien veces por si un ángel de la guarda la hubiera llenado en los diez minutos transcurridos desde la última vez. Sufren para comprar ropa nueva a sus hijos y que no pasen frío. Se las apañan para sacar cuartos de aquí y allá y poder darles de comer. Pero tampoco se plantean por qué, ni ven solución más allá de una primitiva. Entre tanto, sueñan con tener vacas y cabras.

Otros, los menos, están hartos de regar a escondidas cargando cubos, cuando el alcalde riega con agua del grifo. Están hartos de que los niños no sean tratados por igual. Están hartos de no saber el dinero que entra en el ayuntamiento y en qué se gasta. Hartos de que les pare la Guardia Civil y les pida papeles. Hartos de que los pobres pasen necesidad cuando hay suelo comunal perdido y tierras de labor que cultiva el alcalde por la cara. Hartos de sus anodinos vecinos a los que todo, les da igual.

 


 

Suprisión

A veces, tengo la sensación de clamar en un desierto en el que no habita casi nadie y en el que además todos están ciegos y sordos. También es posible que, como el del cuento, no me esté dando cuenta de que si todos van en dirección contraria, igual el que circula mal soy yo.

La mayor parte de la ciudadanía, es contraria a la política y aborrece estos temas. También la mayor parte de las personas tienden a desligarse de los problemas que creen que únicamente son de los demás.

Juaquin Urías, profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla y exletrado del Tribunal Constitucional explicaba, tras la suspensión de los cuatro diputados y un senador, políticos presos catalanes, en tres tuits, nos explica por qué es errónea la decisión:

Al respecto, no tengo nada más que añadir. Si un profesor de derecho constitucional que además ha sido miembro del Tribunal Constitucional lo tiene tan claro, parece evidente que la decisión que se ha tomado no está basada en el derecho sino en la conveniencia política de alguien.

El lector puede pensar, ¿y a mí, qué? Claro que sin embargo no se pregunta en que le afecta a él que salga el sol por el este y se ponga por el oeste, porque su vida sigue siendo la misma. Pero resulta que si el sol no saliera, o si saliera de otra forma, su vida no existiría.

Suspender a estos diputados crea un mal precedente que puede cambiar nuestro modo de vida. De momento como se les ha suspendo y no inhabilitado, no tienen sustitución alguna. Lo que significa, que, de entrada, Sanchez, necesitará dos votos menos para conseguir la mayoría absoluta con la que ser designado presidente. (Los mismos que han tergiversado todo para la suspensión, ahora plantean que la mayoría absoluta no varía). Pero, ¿qué pasaría si en lugar de cuatro, los suspendidos fueran treinta y cinco? ¿Y cuarenta? ¿Que podría pasar si los diputados del PP son todos procesados por prevaricación, cohecho, enriquecimiento ilícito, fraude, asociarse para delinquir o cualquiera de los presuntos delitos de los que ha sido acusado su partido y un juez del supremo decidiera que deben de ser suspendidos?

El artículo 71.2 de la Constitución que como máximo exponente de la jerarquía normativa que rige (o eso pensamos) la aplicación del derecho en este país, no está para que sus señorías gocen de impunidad sino precisamente para garantizar su libertad y evitar la posibilidad de coacción. “Durante el período de su mandato los Diputados y Senadores gozarán asimismo de inmunidad y solo podrán ser detenidos en caso de flagrante delito. No podrán ser inculpados ni procesados sin la previa autorización de la Cámara respectiva”. Que el Tribunal Supremo pueda saltarse a la torera lo que la Constitución dice, con la connivencia de la mesa de Congreso, si que es un ataque a la línea de flotación del estado de derecho. Que un millón y medio de personas que viven en Cataluña y han votado a esos cuatro diputados y un senador, se queden de un plumazo sin representación, es más propio de oligarquías dictatoriales que de sistemas que se postulan como democracias ejemplares. A no ser que lo que en realidad se pretenda es una burda representación para cabrear a ERC y que el supuesto pacto de gobierno entre PSOE y Podemos salte por los aires y así tener la excusa perfecta para lo que realmente quiere el PSOE, como máximo partido del Régimen del 78, que no es otra cosa que pactar con los falangistas de Rivera y seguir ejecutando medidas que agranden la pobreza y aumenten la distancia entre ricos y pobres y sostengan una monarquía que cuenta cada vez con más opositores entre el pueblo.

En España, tenemos un serio problema con el poder judicial. Desde que el hombrecillo inepto acomplejado y ególatra apareció por Castilla y León y acabó llegando a la Presidencia del Gobierno, los sistemas de control del Poder Judicial saltaron por los aires. Empezaron negándose a renovar a los miembros de sus órganos ejecutivos hasta que no pudieron proponer a los que a ellos más les convenía por ideología y similitud (nunca hay que olvidad la connivencia del PSOE) y han acabado fusionando todos los poderes del estado en uno. Sin independencia de los tres poderes no hay democracia y sin democracia no hay no justicia social, ni equidad en la aplicación de las leyes.

Lo hemos visto hace unos días cuando la fiscalía solicitaba la rebaja desde los 16 a 3,5 años al exconseller valenciano Rafael Blasco, un tipo de una catadura moral tal que, al parecer, saqueó las ayudas a la cooperación. Entre otros los fondos destinados a un hospital en Haití.

También lo hemos vuelto a ver cuando la Fiscalía anticorrupción solicita el archivo de las actuaciones contra Gallardón y González por la compra de Inassa en el caso Lezo. (Compra presuntamente fraudulenta de la empresa colombiana Inassa por el Canal de Isabel II por 73 millones de dólares).

No menos sorprendente es el intento de la fiscalía anticorrupción de exculpar a Camps por el caso de la Fórmula 1 en Valencia. La jueza, que no ha aceptado el presunto informe para su exculpación que hizo la misma persona que en su día redactó el informe sobre los beneficios de la F1, ha arremetido contra la fiscalía y continua con la instrucción. Veremos si en unos días o meses la jueza sigue en el mismo puesto.

Cuando se actúa judicialmente y los beneficiados de los pactos, sobreseimientos, penas irrisorias o indultos son siempre personas afines a un mismo ideario político y los perjudicados son habitualmente los que claman contra las aberraciones de un régimen que mires por dónde lo mires, aparece envuelto en la cloaca, las decisiones no son inocuas y mucho menos dejan de incidir en nuestras vidas. Porque de estas decisiones salen después las resoluciones políticas que afectan a nuestros salarios, condiciones de trabajo, vacaciones, hipotecas, vivienda, impuestos y el futuro de nuestros hijos.

Quién crea que la suspensión contra derecho de cuatro diputados y un senador es un suceso sin importancia y además crea que está justificado porque son catalanes, es que vive en la inopia. Eso si, cuando esas personas vean que les afecta a ellos, pedirán solidaridad a los demás.

Va siendo hora de comportarse como ellos y darles la espalda.

Salud, feminismo, república y más escuelas (públicas y laicas)

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