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Spain is diferent

Jordi Sedó
Filólogo y maestro. Su formación es fundamentalmente lingüística. Domina siete idiomas y, profesionalmente, se ha dedicado a la enseñanza, a la sociolingüística y a la lingüística. Se inició en la docencia en un centro suizo y, posteriormente, ejerció en diferentes localidades de Cataluña. Hoy, ya jubilado de las aulas, se dedica a escribir, mayormente libros y artículos periodísticos, da conferencias y es el juez de paz de la localidad donde reside. Su obra escrita abarca los campos de la lingüística, la sociolingüística, la educación y el comentario político. También ha escrito varios libros de narrativa.
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He aquí un lema que sirvió durante muchos años para intentar esconder las vergüenzas de un Estado, el español, que no respondía a los estándares europeos y que intentaba por todos los medios justificar ese déficit tratando de hacerlo pasar por rectitud, por una manera de entender el mundo mucho más pura, mucho más profunda y mucho más respetuosa con lo esencial. Se vendía, además, un sol y unas playas de que la Europa avanzada carecía, se vendía el chorizo, el jamón y la paella, se vendía el catolicismo, se vendía la hombría de los españoles, el arrojo del torero y la singularidad de una fiesta nacional cuya crueldad horrorizaba las conciencias más sensibles. ¿Recuerda, querido lector de una cierta edad?

Naturalmente, de puertas afuera, el intento no pasaba de ser eso: un intento. Y el mundo se miraba la España franquista con cierta simpatía por la lástima que dábamos los pobres ciudadanos que teníamos que sufrirla, pero con desprecio por sus dirigentes, cuyos denodados esfuerzos por integrarla a  una Europa que era el embrión de lo que es hoy, les parecían similares a los ridículos movimientos que hace un gato ante un espejo intentando arañar su propia imagen. En el interior, había mucha gente que se tragaba esa España de botijo y pandereta y que se creía de buena fe que su España retrógrada, atrasada, pobre, inculta y víctima de una intolerable represión política era la reserva espiritual de Occidente. Y en las memorables películas españolas de la época en que salían inmigrantes españoles que vivían en Alemania o Suiza, se prodigaban siempre dramáticas alusiones a la añoranza de los bienes de la patria que habían tenido que abandonar y a su arrepentimiento por haberla abandonado. No se mencionaba jamás, sin embargo, por qué habían tenido que abandonarla.

Hoy las cosas son distintas. España va comprendiendo muy despacito que no es el mundo quien ha de acercarse a ella, sino ella quien debe converger con el mundo si quiere tener algún predicamento en el plano internacional. Sin embargo, como la transición a esta llamada democracia que tenemos hoy se hizo, de manera quirúrgica, intentando, sobre todo, no dañar los tejidos básicos de la sociedad franquista, quedan muchos vestigios de aquella España que contemplaba su propio ombligo como si se tratara del mundo entero.

Y hoy la justicia española, uno de los reductos de aquella España que han sido menos depurados como correspondería haber hecho en un proceso cuyo fin era el paso de un régimen totalitario y criminal a uno que se pretende parlamentario y democrático, acusa evidentes tics que ponen de manifiesto la distancia que existe entre ella y la concepción de lo que es una verdadera democracia.

Y asistimos al ridículo constante que hace el juez Llarena cuando, intento tras intento, la justicia de países con democracias mucho más evolucionadas que la española le recuerdan que esto no es el jardín de su casa, donde puede disponer a su antojo, sino que existen unas reglas del juego que, si en España no están dispuestos a respetar, en los estados donde la separación de poderes es un valor, sí se respetan; y que no puede andar enredando con sus euroórdenes, que ahora las quito y ahora las pongo.

Francia, Suecia, Bélgica, Alemania, Lituania, Austria, Suiza, el Reino Unido y, ahora Italia, un país tan meridional como España ─¡qué vergüenza!─, han recordado reiteradamente a la justicia española que las cosas no se hacen así. Que los ciudadanos tenemos unos derechos que hay que respetar y que las persecuciones políticas son muy feas como para andar jugando con ellas. Que las leyes hay que tomárselas en serio y que no se pueden interpretar según la conveniencia o la ideología política del juez de turno, que suele ser siempre la misma, por lo menos cuando hablamos de la cúpula judicial española. Porque la separación de poderes es sagrada y debe preservarse ante todo y en cualquier circunstancia.

Y eso, respecto a la justicia. Porque luego está la parte política del Estado. Esa parte política cuyas cabezas visibles en la actualidad ─me refiero a Pablo Casado y a Pedro Sánchez─ han prometido a su electorado, en diferentes momentos, que iban a traer al presidente Puigdemont ante la justicia española. ¿Pero qué van, ustedes, a traer,  señores? ¡Si eso es cosa de los jueces…! ¿Van ustedes a ordenar o a sugerir a la fiscalía del Estado, aquella que afina las cosas ─¿recuerdan?─ o a algún juez que tome determinadas decisiones? ¿Decisiones que son judiciales y no políticas? ¿Eso van a hacer? ¿Y la separación de poderes? ¿Y la democracia? ¿Dónde queda la democracia? ¡Se la están ustedes fumando entre todos! ¿Tienen ustedes idea del impacto que esas ridículas proclamas producen en la opinión pública europea de los países con democracias consolidadas? ¿Les da igual? Dejen de decir sandeces, por favor, que producen vergüenza ajena.

Y entonces acuden ustedes a las viejas costumbres, como cuando se aludía al contubernio judeomasónico del cual, supuestamente, era víctima el Estado español, una afirmación que movía a la sonrisa en la Europa democrática. Una afirmación que trataba a los españoles de indigentes mentales, a los que se podía embaucar fácilmente con unas gotas de demagogia y de nacionalismo bien administradas.

Mueve, pues, a la sonrisa la afirmación que hizo Pablo Casado hace unos días en la plaza de toros de Valencia ante su más fiel electorado diciendo que iba a viajar hasta el último país de la Unión Europea para hacer que se respetara la justicia española. ¡Vaya ridículo! El respeto se gana, señor Casado. No se exige. Y, de momento, tal como vamos, la justicia española y, con ella, la democracia española está propiciando la mayor pérdida de respeto que se recuerda desde la época de la transición. Y ustedes no ayudan…

Dirigentes como Pablo Casado, que se han hartado de proclamar que hay que dejar hacer su trabajo a los jueces, ahora descubrimos que lo que quería decir era que, a los que había que dejar trabajar, era exclusivamente a los jueces españoles. A los extranjeros, no, porque esos forman, todos, parte del contubernio que persigue las esencias del bien, que sólo España sabe guardar celosamente. Y la multitud de Valencia, exaltada, gritaba acríticamente a favor de cualquier proclama de esas, completamente vacía de contenido.

Por otra parte, mis quizás escasas luces sólo me dan para explicarme de dos maneras que el juez Llarena deje a la justicia española en entredicho, una vez tras otra. Mis hipótesis, naturalmente no comprobadas, son las siguientes: la primera se explicaría a través de la tan española picaresca. Intentar que el juez europeo de turno no se diera cuenta de que la euroorden no estaba activa o bien confiar en que no se iba a atrever a dejar otra vez en evidencia la ya maltrecha justicia española únicamente por un defecto en el trámite. Sin embargo, ya se ha visto que eso sólo funciona en España y que, en los estados serios, las cosas no se hacen de este modo porque existe un respeto a la forma, que es también un elemento indispensable para proteger los derechos de los ciudadanos.

Quedaría aún una segunda hipótesis: que el juez Llarena actuara a sabiendas de que sus peticiones iban a ser denegadas. Ello constituiría una estrategia para dar pábulo a la derecha española para que pueda despotricar contra el gobierno, emitiendo infundadas opiniones en el sentido de que, hipotéticamente, estaría favoreciendo, con su actitud, las trabas que la justicia española está encontrando en Europa. Eso alimentaría el desprestigio de una fuerza política que ha indultado a los presos independentistas y que no actúa sobre el movimiento catalán con la contundencia que desearía la cúpula de la judicatura y, por consiguiente, se estaría trabajando por un retorno a gobiernos más afines. Si esta hipótesis se confirmara, sería un torpedo de gran envergadura a la línea de flotación de la separación de poderes en España y, por consiguiente, a la calidad de su democracia.

Hay una tercera hipótesis, que es la que más se ha divulgado en los medios. Una supuesta incompetencia del juez Llarena, que actuaría con dudosa pericia y, de ahí, sus constantes fracasos. Sin embargo, me cuesta mucho imaginar que una persona que ha llegado a la posición del juez Llarena tenga tan poco conocimiento de la justicia europea como para cometer errores tan grandes como los que le han llevado a tener que envainársela cada vez que cualquiera de los reclamados por la justicia española se ha paseado libremente por diferentes países de Europa. Y me cuesta mucho también imaginar que se le permita caer una vez tras otra en el mismo error. Porque si fuera eso, estaríamos ante una institución cuya incompetencia la descalificaría inmediatamente para seguir impartiendo ni un minuto más eso que llaman justicia.

El hecho cierto es que los exiliados catalanes pueden pasearse libremente por todo el territorio de la Unión Europea, excepto por el español. Y los ciudadanos que sufrimos este Estado mereceríamos que alguien nos explicara lo que está pasando. Y que lo hiciera sin insultar nuestra inteligencia, sin considerarnos menores de edad, sin aludir, por tanto, a una especie de supuesta oscura alianza de toda Europa contra la justicia española, que sólo gregarios como los que se juntaron en la plaza de toros de Valencia creerían a pies juntillas.

Porque lo que está pasando yo no sé lo que es, pero es algo de una notable envergadura, algo que nos aboca a la vergüenza de tener que considerar que, en medio de un grupo de estados con democracias avanzadas, Spain is todavía different.

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1 Comentario

  1. España es una «democracia plena» la 19 democracia del mundo según el prestigioso «Democracy Index» elaborado por «The Economist».

    En ese índice Bélgica país que pone de referencia ocupa el puesto 31 como «democracia imperfecta» 12 puestos por detrás de España.

    Una de dos o no sabes de lo que hablas o eres un tierraplanista, que niega lo que la comunidad democrática internacional reconoce.

    INDICE DE LAS DEMOCRACIAS DEL MUNDO
    (Puede consultarse en la Wikipedia o en The Economist)

    España puesto 19 «democracia plena»
    EEUU puesto 25
    Francia puesto 29
    Bélgica puesto 31 «democracia imperfecta»
    Italia puesto 33

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