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Soy un africano que nada y quiere llegar a Ceuta

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Nado y la mascarilla no se moja, porque los deseos por una vida mejor son sabores eternos, persisten con los dientes apretados y en la mejor sonrisa entregada. Nado y casi diez mil compañeros a mi lado –hay que celebrarlo- hemos pasado de inmigrantes ilegales a irregulares, o es al revés, porque no me entero. El hambre es otro tiburón que sube y baja del ombligo sin pausa. A lo lejos veo a los politólogos de verja alta y prismáticos cómodos (tan cortos) mientras cuentan el número de devoluciones en caliente (sobre 2.700). El equivalente al diez por ciento de la población ceutí provoca –me cuentan las gaviotas- el desembarco del Ejército mientras en Melilla, aquí al lado, hablan de “calma tensa”. La única tensión es lo que la Unión Europea practica sin pausa: acuerdos on/under the table (debajo y encima de la mesa, sí). Soy un africano con alma igual que la tuya, blanca como la esperanza.

       Arancha González Laya, ministra de Asuntos Exteriores, habla de tú a tú con Karina Benyaich, embajadora de Marruecos, en el despacho del Palacio de Santa Cruz. La ultraderecha patria no se muerde la lengua: es una invasión, capitaneada por Marruecos, que pretende comerse a la rojigualda en un cuscús para después mojar todos los dedos juntos. El carburante de Ultraeuropa es la xenofobia: odio al diferente, el subrayado permanente sobre cómo te roba pan y trabajo; pégale, insúltale, mátale, bórrale. Pedro Sánchez suspende su viaje a París y se presenta allí, por soberanía nacional, donde los antidisturbios dan agua como la Cruz Roja y los que salen del mar lo hacen rotos; ese mar que separa a Europa del Infierno, donde cruzar a nado es delito, en este mismo mundo que habla de personas ilegales. ¿Una persona puede estar prohibida?

       Europa tuvo un sueño, que fue ser los sabios Estados Unidos de Europa, pero el cuento se hace soluble y el Norte rico, en mayúsculas, no quiere hacer caso al Sur pobre. Si estuviésemos en un campus americano, habría que poner de seguido lo que llaman “alertas de detonante”, el autor o texto cuyo contenido puede desequilibrar al lector. Los americanos hace tiempo que en sus cátedras manejan un acrónimo muy divertido: “tl, dr” (“too long, didn´t read”; “demasiado largo, no lo leí”), lo que unido a las alertas de detonante (“trigger warnings”) nos lo dice todo de un mundo débil. Ciertos autores, determinados libros, no se pueden leer porque peligra la salud mental del lector. Una alerta, sí, del profesor al alumno sobre material “potencialmente estresante”. Lectores/alumnos frágiles a los que, en todo momento, es preciso brindar burbujas de seguridad. Un cuento que acaba en la conocida Terapia Cognitivo Conductual (TCC) por medio de la cual debe filtrarse toda “distorsión cognitiva” que lleve a “catastrofismo personal” (Nunca encontraré trabajo, Me echarán de la universidad, etc) por medio del llamado “filtrado negativo” (solo atender a elogios, no a críticas) para así bajar estrés, depresión y ansiedad. Universitarios ultraprotegidos, en los años de formación y barba plena, expertos en la multitarea, mentes saltamontes, sin lectura profunda y entre mensajes simples con tufo a eslogan político.

       El odio es el caldo diario, imprescindible en el guiso de la Ultraderecha. Odiar al diferente, expulsar al extranjero, es algo que empieza desde la hostilidad para ir subiendo en volumen. Houellbecq, vestido de pobre, llegó a decirlo sin ambages: los magrebíes “follan mucho más que nosotros, tienen más hijos, colonizan Francia, en muchos sitios el culto ya es en la calle porque no caben dentro de las mezquitas y el día que lleguen a duplicar a los propios franceses, se zamparán el pastel de un bocado”. Orban, Salvini, Le Pen, Abascal… todos quieren odio para el de fuera, prefabricado y manufacturado a domicilio, por eso corre tanta prisa etiquetar como invasiones, hostigar al lector para que él solito ponga después el lazo al paquete. Las migraciones masivas (no invasiones) no es un problema exclusivamente español y Europa debe responsabilizarse. ¿Invasiones, de qué, si llegan en pelota e inanes? Todo lo que queda al sur pobre se mueve y se moverá, porque mandan los dientes y no los pies, el derecho a una vida digna es muy anterior a cualquier otro, sea el de vivienda o el trabajo, porque los tres son uno. Solo a través del conocimiento se salva el lector de caer en radicalidades facilonas, tan rentables.

       El hambre no tiene nacionalidad. Las verdades universales existen: un mendigo lo es y lo será siempre bajo cualquier cielo. Marlaska/Sánchez regulan ya las devoluciones, sin merma en las relaciones vecinas con el país amigo, y los que saben –los ceutís- dicen que hay que distinguir a los marroquíes de los subsaharianos, por eso cierran muchos el chiringuito (el desesperado sin dinero salta la última concertina, la del intercambio monetario, por necesidad y desabastecimiento moral). Soy un africano que nada y oye, entre los fondos abisales, los treinta millones de euros que andan por arriba, dados a la policía marroquí (¿mis paisanos?) para evitar el paso de tierra firme a agua profunda (“más negra que mi reputación”, como diría Gil de Biedma) de otros decididos como nosotros, en derrota, pero no en doma. 

       Biden corre a hablar con Netanyahu porque el fuego de Gaza no puede continuar. El conflicto israelí-palestino es otra bomba para la ONU, con y sin fronteras en la baraja. Edificios destruidos, población atemorizada, mucho miedo en el tiempo de todas las mascarillas humeantes. Llega la muerte con guantes de jardinero –como en el poema de Gimferrer– y la realidad única es que los Estados Unidos de Europa no saben qué hacer con sus pobres (Adela Cortina acuñó un término elegante, Aporofobia; el rechazo físico a inmigrantes y refugiados, que no se les rechaza por extranjeros sino por pobres). La Ultraderecha, en esta Ultraeuropa donde cada cual puso su granito de arena, ya tiene la pota y el caldo caliente: el guiso pretendido lo conocemos bien porque todos lo vivimos. El fascismo -decían los últimos supervivientes españoles en Mauthausen– no desaparece, se oculta, se protege, se rearma, espera su momento para volver a salir a cabalgar en completa fortaleza y brillo de cascos.

       Europa debe aprender, sin saltarse una coma, de todos sus genocidios anteriores. La vacuna la sabemos de memoria: empatía, conocimiento sin merma ni ronzal, sin alertas de detonante ni párrafos escogidos. Amor y caridad para el diferente, tratado como a uno mismo, donde Gaza y Ceuta son un aviso para la llegada de los lobos salvajes, todos con el estómago lleno y abundante sed de sangre. Soy un africano que nada junto a otros nueve mil en busca de otra vida. Europa no soluciona el diálogo migratorio: “Pasa si eres rico, atrás pobres”. Cuando me caen los párpados sueño con otro viaje donde pueda ir vestido, algo de dinero en la cartera, ropa y todos los papeles en regla. Ojalá llegue y sea aún joven. Soy un africano que, en playa del Tarajal, no se seca porque hay lágrimas todavía mayores que algunas olas.     

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