Soñamos. Residimos continuamente en esperanzas que sostenemos colgadas en el futuro con la intención de que, una vez llegado el presente, formen parte de nosotros. Estemos integrados en ellas. Proyectamos en nuestro imaginario anhelo, un paisaje que nos salve o nos reconforte a modo de un sueño despierto que forjamos en el desvarío de nuestra quietud.

En la época de estío esa tendencia a forjar esperanzas o a elaborar paisajes para nuevos mañanas es un actitud continua y constante, a la que le pones fecha: septiembre. Y septiembre es el mes que colorearemos nuestras nuevas actitudes, nuestras nueva formas de vida: comenzaremos a practicar ese deporte que hemos postergado en el tiempo, aprenderemos a tocar ese instrumento que nos apetece, comenzaremos en clase de ese idioma que no acabamos de aprender, coordinaremos nuestros horarios para acudir varias veces por semana al gimnasio. Y nos convencemos, e intentamos convencer a otros, que todas esas actitudes quedarán validadas en cuanto acabe el periodo de estío.

Y entre días que pasan, tardes en la playa, horas sentadas alrededor de una mesa de jarras vacías de cerveza, nos acomodados a esos reflejos que ha proporcionado toda idealidad, y quedamos curados de todos los errores que la desgana nos ha proporcionado hasta ese instante, quedamos liberados de la culpa.

La mente es un lugar de espejos, de luces que procrean sombras con los espacios de oscuridad que no son capaces de alumbrar. Y es en ese juego, que el engaño edulcora nuestro presente con sombras de futuras actitudes y nuevos comportamientos, nuevas perspectivas. Pero solo son sombras, la luz reflejada en los espejos no alcanza a desvelar toda la oscuridad, y esas siluetas que parecen reales, no lo son.

Y septiembre se convertirá en la desgana que postergara durante días o semanas los paisajes que pretendíamos colorear, hasta que finalizado el mismo o entrado el mes de octubre, abandonemos todas las nuevas intenciones de las que no paramos de alardear en el periodo de estío.

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

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