Sara Baras, en distintos momentos de su espectáculo. Fotos: Teatro Maestranza / Andalucía Viva.

La isleña Sara [Pereyra] Baras (San Fernando, Cádiz 1971) dejó de ser una promesa, un activo del baile, hace décadas. Su estrella de bailaora que emprende como coreógrafa y directora artística suma al flamenco más vanguardista. Nos referimos a una creación humana que, desde 2010, lo declaró Patrimonio Inmaterial la Unesco. Así se hizo justicia planetaria.

Para celebrar los 20 años de su compañía, que recorrió varios continentes en más de 3.000 representaciones, la bailaora lleva dos años de gira por Europa y América. Llena el escenario y el patio de butacas que aplauden un espectáculo sublime, estructurado por la excelencia e inolvidable para quien lo disfruta. ‘Sombras’ es una entrega cuya publicidad aboga por ‘asaltar el cielo apoyándose en su baile, desde el hechizo inconfundible de unos pies únicos…’. Quien lo constata lo verifica. No sale defraudado.

Música, baile, gratitud y luz 

‘Sombras’ es una originalidad a través de 13 coreografías. Se centran en el homenaje de una mujer que pisa fuerte a sus maestros, a sus colegas y a esos palos del flamenco cuya ejecución respetan ortodoxos y los que no lo son tanto. La farruca la persigue individualmente nuestra bailaora. Se basta como una freelancer para evidenciar que aquí estoy yo, sin artificios ni trucos. Sara Baras asume el riego y sale airosa del reto. Esa marca personal, esa fuerza que levanta sus manos y taconea con elegancia sin apenas mover pies y piernas colmatan un espectáculo digno de la mejor causa.

En ‘Sombras’ la isleña recita textos y lee poesías con voz en off afónica pero firme, quebrada pero sensible. Los textos del libreto son de Santana de Yepes. Los preside una sensibilidad a la altura del mejor podio. La minuciosidad resulta gloriosa en ‘Sombras’. Es el grato resultado de una compañía compacta, ensayada y que no defrauda al espectador más exigente. El elenco de Baras multiplica su propia valía.

La bailaora lleva dos años de gira por Europa y América  para celebrar los 20 años de su compañía, con más de 3.000 representaciones en varios continentes

La iluminación de Óscar García de los Reyes hace magia. Añade lunares gozosos a las sombras, a lo desconocido. Proyecta haces triangulares de luz. Desde abajo emergen formas estéticas. Esa luz hace que este empeño técnico agrande la sincronización de un cuerpo de baile (Mª Jesús García Oviedo –también repetidora-, Cristina Aldón, Charo Pedraja, Sonia y José Franco, más Daniel Saltares) espléndido, acompasado y versátil.

En ‘Sombras’ quienes no bailan visten de negro, como los buenos flamencos, y deleitan al oído. El director de orquesta es el gaditano Keko Badomero; también toca la guitarra proverbialmente. Al empeño le compaña Andrés Martínez. La percusión es terreno de Antonio Suárez y Manuel Muñoz ’Pájaro’. Un saxo genial que improvisa, actúa y llena las tablas de acordes lo ejecuta Diego Villegas. Mientras tanto, el suave y creativo son del violín de Ara Malikian colmata la orquesta. El corajudo libanés de origen armenio revolotea con maestría.

El cante en ‘Sombras’ marida con excelencia. Israel Fernández tiene dotes singulares Su registro tímbrico nos acerca al mejor cante. Rubio de Pruna, su colega cantaor, fue el último vocalista que tuvo el inolvidable Paco de Lucía. Fuerza, tesón y determinación que resuelve con su voz un gitano que liga su apellido artístico a un pueblo sevillano en el vértice de las provincias malagueña y gaditana. Atención al Rubio. Es una joya por pulir.

El escenario de ‘Sombras’ aparece con diferentes telones de fondo llenos de garabatos artísticamente compuestos. Su suceden para que el público visualice la singularidad de cada coreografía. El responsable de tan feliz iniciativa es el garabatista Andrés Mérida. Felicidades por su trabajo.

La noche del Maestranza 

Uno de los desafíos silentes de Sara Baras en ‘Sombras’ fue pasar el aprobado en el Teatro de la Maestranza sevillano. Lo mismo que cuestiona a los mejores toreros metros arriba del Guadalquivir cuando se enfrentan al astado en el coso hispalense. En la Plaza de Toros maestrante.

La isleña salió por la puerta grande, acunada y bendecida por un público que interrumpía con aplausos sus coreografías puesto en pie. Dicen los entendidos, y los puristas residuales, que lograr el silencio en la Sevilla que admira el arte es difícil, en este Teatro, viendo cofradías pascuales y en la plaza de Toros es difícil. Pues bien, Sara Baras logró ese silencio de respeto que se rompió con las palmas de la gloria.

La noche del estreno sevillano de ‘Sombras’, el viernes 22 de noviembre, repartía el patio de butacas gitanería, bailaoras, críticos y un mundo flamenco bien representado por puristas y vanguardias. El alma de Antonio [Ruiz Soler] pululaba por el Maestranza atento quizá a la Baras y cómo se desenvolvía en el escenario. El mejor bailarín sevillano, aunque olvidado por todos, tiene digna sucesora. Puede seguir descansando tranquilo ya que la provincia de Cádiz ya parió también a los inolvidables Camarón y Paco de Lucía.

La gratitud que referíamos del espectáculo hacia los palos del flamenco la encarnó la gaditana sobre Cristina Hoyos, alma de inigualable Museo del Baile Flamenco e irrepetible bailaora. Le dio besos y abrazos a la Maestra bajándose del escenario y deleitando al personal. La mujer-coraje que abanderó el mejor baile no se merece menos.

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