Ciudadanos (en adelante Cs) y UPYD han anunciado la intención de presentar una única lista electoral de cara a los venideros comicios europeos y explorar la posibilidad de integración electoral en todas las convocatorias electorales. Ni que decir tiene que quien hegemonizará esa integración será Ciudadanos, convertido en un gran partido nacional, con presencia en casi todas las encuestas electorales como la tercera fuerza más votada.

Durante dos años y medio milité en UPYD, corto pero intenso lapso temporal. En ese tiempo tuve ocasión de formar parte de su Consejo de Dirección, aproximadamente durante diez meses. Por más que existiera un importante encono de no pocos militantes de esta formación política hacia Cs, lo cierto y verdad es que los orígenes de ambos partidos fueron análogos. Nacieron como fuerzas políticas que venían a constatar la deriva del PSOE (y, en menor medida, también del PP) hacia posiciones complacientes con los nacionalismos identitarios y centrífugos, y con la firme intención de buscar, desde posiciones progresistas, una alternativa clara a favor de la igualdad de todos los españoles, causa que era incompatible con la querencia de privilegios y tratos diferenciales de los partidos nacionalistas. Esa claridad discursiva supuso un verdadero reclamo para personas de ideologías diversas. Así, en ambas formaciones, confluyeron personas que venían de votar al Partido Popular y que tenían convicciones claramente liberales en materia económica, partidarias de una intervención mínima del Estado y de acometer importantes rebajas fiscales, con otras de larga trayectoria socialista que discrepaban de los primeros y propugnaban un fuerte Estado regulador, con importantes atribuciones, y que mostraban una inequívoca inquietud por mejorar la progresividad de nuestro sistema tributario.

En Cs esa disparidad ideológica se abrigó con un ideario de consenso que reconocía al partido como tributario de dos tradiciones ideológicas complementarias: el liberalismo progresista e igualitario (en la estela de Stuart Mill o Rawls) y el socialismo democrático. UPYD optó por una palabra de difícil inteligibilidad y comprensión por el conjunto de la ciudadanía: transversalidad. Se dijo que en el partido magenta cabían liberales y socialdemócratas… porque era un partido de renunciantes: todos renunciaban a algo, para defender la causa justa, en torno a una serie de potentes ideas, siempre preferibles, según este relato, a las ideologías.

Cierto es que la evolución de unos y otros fue dispar. Dijesen lo que dijesen los papeles, los bandazos de Cs no tardaron en llegar (el esperpento Libertas, la resurrección del partido, el centro progresista, el liberalismo…) hasta culminar en el último congreso con la expresa expulsión de toda referencia al socialismo democrático en el ideario del partido. Líderes como Girauta, Aguado o el propio Rivera motejaron a la socialdemocracia de ser algo anacrónico, que llevaba a la confusión. Ellos no eran socialdemócratas, eran liberales. UPYD, por su parte, mantuvo su coherencia política, desafió a los poderes económicos y a la corrupción política con indispensables acciones judiciales y con un comportamiento institucional encomiable. Puso el dedo en la yaga de los grandes problemas estructurales del país. Si le faltó algo, fue acompañar esa praxis con un relato ideológico definido que le permitiese enlazar el saqueo institucional y la injerencia económico-financiera y mediática en la política con la verdadera naturaleza de un sistema capitalista – en su vertiente financiera, más desregulada – en el que el verdadero poder no es fiscalizable democráticamente ni se encuentra residenciado en los parlamentos.

Curiosamente ahora, en el ocaso de UPYD y tras tantos intentos fallidos, se anuncia una integración largo tiempo perseguida por muchos y repudiada por otros, que supondrá, tal vez, con la incorporación de Maite Pagazaurtundúa a las listas de Cs y con el apoyo de Fernando Savater, el penúltimo giro estratégico de Rivera en relación a su propio partido. Si hace meses, con el “tibio” Mariano Rajoy en el poder, el presidente de Cs entendió que era preciso eliminar cualquier vestigio izquierdista, aunque fuera meramente nominal, del partido, ahora las cosas han cambiado radicalmente. Ya no está Rajoy, ni el “socialdemócrata” PP de Soraya, sino el aznarista Casado, que cita en cada esquina a Hayek y Friedman como inspiradores de sus políticas. Y a su derecha, VOX, con un discurso aún más duro y carente de matices. En esa competencia por la derecha, Rivera no tiene excesivo espacio. Ello no obsta a que siga enfilando cada vez que puede contra el Impuesto de Sucesiones y el de Patrimonio, símbolos menguantes de la progresividad de nuestro sistema fiscal. O pidiendo mayor desregulación y un Estado que no se inmiscuya demasiado en la economía. Su candidato en la Comunidad de Madrid tiene una propuesta estrella, que no difiere en gran cosa de la de la candidata del PP: bajar todos los impuestos y atraer riqueza para convertir a Madrid en la región más próspera de Europa – aunque sea, claro, a cambio de degradar, vía dumping fiscal y deslocalizaciones, la igualdad de todos los ciudadanos españoles, que dice defender-. Un revival del viejo mantra aguirrista. Es verdad que el Cs de hoy se parece poco al de sus orígenes en Cataluña, allí con una sociología electoral claramente compuesta por ex votantes socialistas hartos del secuestro nacionalista al que estaba y está sometido el PSC… secuestro capitaneado por sus propios dirigentes. En su expansión nacional, Rivera captó importante voto de la derecha. Calibró, como mera estrategia de marketing, la necesidad de purgar las referencias nominales a la obsoleta socialdemocracia para enfrentar la batalla por la derecha. Y, entonces, ¿qué gana con la integración de UPYD?

Con el apoyo de Fernando Savater y de Maite Pagaza se garantiza no perder, al menos del todo, el matiz socialdemócrata/progresista. En una brillante entrevista reciente, el filósofo donostiarra justificó la “purga” del socialismo democrático del ideario de Ciudadanos como una cuestión interpretativa, pero garantizó que la socialdemocracia es ya una conquista transversal de izquierdas y derechas. Cuestión ésta, por cierto, harto probable. ¿Qué necesidad había, entonces, de forzar las máquinas en el último congreso de Cs y de ser injustos con una tradición ideológica – el socialismo democrático – sin la que ninguna de las conquistas que hoy pensamos inalterables serían siquiera imaginables? No se entiende muy bien esa defensa de la socialdemocracia elíptica, que presuntamente está pero se borra deliberadamente de los documentos, como si fuese un estigma: si nunca se ha pensado renunciar a la socialdemocracia, por qué organizar un aquelarre orgánico para borrarla de unos papeles que, por cierto, a muy pocos interesaban ya. Tal vez por una cuestión de simbología en el imaginario colectivo: no, nosotros no somos de izquierdas como esos socialistas, ni de derechas como esos conservadores. Ni rojos, ni azules. Liberales, de centro.

Esa es, claro, la estrategia. Aunque algunos días se trate del liberalismo igualitario de Rawls y otros días parezca más el liberalismo conservador de Hayek. Porque si el liberalismo de Cs es el progresista e igualitario, pariente no lejano de la socialdemocracia, habría que empezar por reconocer que el Impuesto de Sucesiones es un impuesto esencialmente justo que garantiza la igualdad de oportunidades. Idea, por cierto, que defendió Stuart Mill, otro liberal igualitario, no precisamente un peligroso comunista.

El pacto entre las dos formaciones políticas, en la órbita del grupo ALDE, no me parece ninguna aberración, más bien un coherente paso adelante de dos formaciones que están ubicadas en la misma familia política europea y que tienen importantes similitudes programáticas. En política, el objetivo no debería ser el de crear formaciones con una hibridación ideológica tal que el aglutinante de las mismas sea un líder carismático y la adhesión forzada al mismo. Más bien resulta saludable que quienes piensan parecido caminen juntos, más allá de siglas, colores o devociones orgánicas. Y si se discrepa ideológicamente – posibilidad más que legítima – se puede caminar por otros derroteros, aunque sea de la mano, enriquecedora, de personas que proceden de militancias diversas y hasta dispares a las de uno.

Cuestión distinta es, en efecto, que resulte legítimo pensar en un espacio a la izquierda de ese centro liberal. Y ese espacio, real, sigue vacío. Por el empeño anti-izquierdista de algunos y por el secuestro nacionalista, ergo reaccionario, que padece nuestra izquierda oficial. Espacio político que debería ocupar un proyecto capaz de defender, al mismo tiempo, la unidad de España y un Estado fuerte en el que todas las conquistas sociales, inentendibles sin la fuerza transformadora del socialismo, fueran blindadas y prestigiadas, no eliminada su condición de posibilidad de un documento orgánico, como si esa condición de posibilidad fuera motivo de vergüenza y no de orgullo.

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Nací en Madrid en noviembre de 1989. Me licencié en Derecho en 2011 por la Universidad Autónoma de Madrid. Máster en Práctica Jurídica por la EPJ de la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013. Desde hace más de cinco años me dedico al ejercicio libre de la abogacía en las jurisdicciones civil, penal y social, así como en el Turno de Oficio. Curso estudios de Ciencias Políticas en la UNED. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.

1 Comentario

  1. “el objetivo no debería ser el de crear formaciones con una hibridación ideológica tal que el aglutinante de las mismas sea un líder carismático y la adhesión forzada al mismo”
    Y por esto murió UPyD. El partido pasó a ser Rosa Díez y delegaciones de Rosa Díez a los que se les permitía cualquier cosa. Y así acabó UPyD.

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