Un día los números son favorables e invitan a la esperanza. Pero al día siguiente la estadística empeora y el dato de contagiados vuelve a aumentar, sumiendo a la población en la angustia y el desaliento. Los dientes de sierra de la gráfica del coronavirus son las fauces de un monstruo implacable que ataca a las sociedades modernas de la misma manera que destruye el sistema inmunitario de una sola persona. Así como el covid-19 asfixia los pulmones de un individuo, también estrangula las economías locales, los gobiernos, los sistemas de salud pública, los comportamientos sociales, la esencia misma de lo humano. La genética de este ente microbiano misterioso y cruel parece construida ex profeso para enfermar no solo a especímenes concretos, sino a comunidades enteras. Es una peligrosa amenaza para la supervivencia misma de la civilización.

¿Pero cómo luchar contra un virus que muestra una capacidad de contagio agresiva, una velocidad de transmisión vertiginosa y una sobrecogedora adaptación al medio? Los científicos de todo el mundo se han lanzado a la búsqueda de fármacos eficaces y de una vacuna que en el mejor de los casos tardará más de un año en estar lista para su distribución. Nunca antes en la historia los países occidentales habían destinado tantos recursos para la investigación contra un virus. Sin embargo, quizá tampoco eso lo estemos haciendo bien. Los médicos y biólogos de los laboratorios y universidades, aunque mantienen contactos con colegas de todo el mundo través de videoconferencias, chats y correos electrónicos, siguen trabajando bajo la bandera de sus respectivos países. A fin de cuentas hay un Premio Nobel esperando y todos, también los gobiernos, quieren apuntarse no solo el tanto científico sino la patente de comercialización que convertirá en inmensamente rico a quien la posea. De ahí que haya que preguntarse si no sería el momento de que la humanidad uniera esfuerzos, tecnologías, conocimientos e inversiones para trabajar, codo con codo, contra un enemigo común.

En las últimas semanas, expertos como Robert Siegel, microbiólogo de la Universidad de Stanford (EE.UU), o Peter Slavin, presidente del Hospital General de Massachusetts, han apostado por una hermosa idea: una gran coalición científica internacional para encontrar una vacuna eficaz contra un virus que ha contagiado ya a 1,6 millones de personas en todo el planeta y que amenaza la supervivencia de la raza humana. El desafío es de dimensiones cósmicas y solo si nuestros mejores cerebros trabajan unidos y coordinados bajo una misma organización, que bien podría estar amparada por la OMS, podremos garantizar el éxito de la misión. En las últimas décadas hemos avanzado en el trabajo científico transfronterizo. Tenemos el ejemplo de la ESA, la Agencia Espacial Europea, que ha sabido coordinar el talento de sus 22 estados miembros hasta situarse a la vanguardia en la investigación espacial. El proyecto fue tan fructífero que en 2008 la NASA y la ESA decidieron aliarse para explorar juntas el Sistema Solar. El acuerdo entre las dos agencias permitió desarrollar la tecnología más avanzada en disciplinas como la robótica, la astrobiología, la geología y la geofísica con el objetivo de colonizar Marte en un futuro no muy lejano (si es que antes una epidemia no ha borrado nuestra huella del mapa). Ese, el de la cooperación altruista y sincera es, sin duda, el camino que ahora debemos seguir para desentrañar, no los misterios del universo, sino los mecanismos moleculares de un diminuto ser que se está revelando mucho más fuerte y poderoso que el ser humano.

Otro buen paradigma de unidad y colaboración científica al servicio de la humanidad es el Gran Colisionador de Hadrones (LHC), el acelerador de partículas más grande y de mayor energía del planeta. La máquina más prodigiosa construida jamás por el ser humano. Fue diseñada por la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) entre 1998 y 2008 y en ella participaron más de 10.000 científicos y cientos de universidades y laboratorios, así como un centenar de países. En ese fabuloso túnel de 27 kilómetros de circunferencia a una profundidad de 175 metros bajo tierra en la frontera entre Francia y Suiza, cerca de Ginebra, el ser humano está profundizando en los misterios más ocultos de la estructura de la materia. Fue allí donde, el 4 de julio de 2012, se observó por primera vez el “bosón de Higgs”, la llamada partícula de Dios que hace las veces de “cemento” para que el cosmos sea tal como lo vemos y no una sopa ardiente, espesa e informe donde sería imposible la vida. Una vez más, la colaboración y la solidaridad humana permitieron un nuevo avance de la ciencia, que a fin de cuentas no es más que la mejor herramienta de que disponemos para llegar al conocimiento, superar la ignorancia y comprender cómo funciona el mundo con el fin de sobrevivir en él.

Hasta la fecha hay 60 candidaturas de laboratorios internacionales que trabajan en un prototipo de vacuna contra el coronavirus, según la última lista de la Organización Mundial de la Salud. Todos esos proyectos aislados, individuales, deberían confluir en una misma estructura de carácter mundial que permitiera poner en común los hallazgos que se vayan produciendo sobre este enemigo letal. Pero ya vamos tarde. En apenas tres meses el virus de Wuhan ha colonizado los cinco continentes. No podemos perder más tiempo en absurdos orgullos nacionalistas, recelos y vanidades. Necesitamos que esa organización científica aún por construir, ese gigantesco laboratorio, quizá el mayor proyecto médico que se haya puesto en marcha hasta la fecha, eche a andar cuanto antes. Sería un auténtico ejército de médicos, genetistas, virólogos, bioquímicos, farmacéuticos, biólogos, informáticos, ingenieros, físicos y hasta filósofos y filántropos que colaborarían con las siempre necesarias donaciones privadas. Las mejores mentes de nuestro tiempo puestas a trabajar en común, de forma interdisciplinar y con fondos de Naciones Unidas, en un único objetivo: derrotar un virus que nos va ganando terreno cada día.

Hoy por hoy estamos perdiendo la batalla y no reaccionamos. No es la hora de las fronteras ni del chauvinismo patriótico. El viejo mundo se derrumbó estrepitosamente a finales de 2019, cuando nació ese maléfico bichito verde coronado en un mercado de animales exóticos (según la versión oficial). El futuro pasa por la comunión de todos los seres humanos, más allá de los caducos estados nacionales surgidos hace siglos y que se han revelado focos constantes de conflictos, odios, guerras y miserias. Empecemos pues a trabajar juntos desde ya. Compartiendo información y conocimiento. Sin descanso. Unidos. Hagamos nuestra aquella famosa frase de H.G.Wells, maestro de distopías que desgraciadamente se están haciendo realidad: “Nuestra verdadera nacionalidad es la humanidad”.

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