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Sánchez marca la diferencia entre la sociedad española y catalana

La mesa de negociación llevará a la independencia de Cataluña deseada a través del tiempo, la historia, el «diálogo-arreglo», y la perseverancia

Manuel Domínguez Moreno
Manuel Domínguez Moreno
Periodista, escritor, sociólogo, politólogo y perito en procesos de paz a nivel nacional e internacional
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análisis

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Cuando se inicia un proceso de diálogo el objetivo prioritario es alcanzar el arreglo. La primera reunión de la mesa de negociación demostró que este proceso de «diálogo-arreglo» va a durar mucho tiempo y que va a tener muchos enemigos, tanto en el lado español como en el catalán. Sin embargo, es positivo que las cosas se hagan bien porque resolver un conflicto político no es algo sencillo, sino más bien al contrario. Precisa de que el arreglo del conflicto se haga desde el «diálogo-arreglo» y no desde las imposiciones, la unilateralidad o la violencia. Por suerte o por desgracia, conozco bien lo que supone un proceso de este tipo.

Sin embargo, lo sorprendente es que lo que se transmitió en pasado miércoles fue que el presidente del Gobierno español mostró un escenario de división, más que de acuerdo. En concreto, Sánchez resaltó el cariño de la sociedad española hacia la sociedad catalana. En consecuencia, señaló una diferenciación entre España y Cataluña y viceversa, es decir, situó a cada una en su situación de sentimientos (no se puede olvidar que, tal y como he publicado en diferentes ocasiones, el nacionalismo no es una ideología, es un sentimiento). Puede ser protocolario, buena educación o como se le quiera llamar. Sin embargo, ese señalamiento a dos sociedades perfectamente diferenciadas lleva implícita la división.

Si en el primer encuentro, Sánchez parte de la base de la separación entonces lo que está mostrando es algo muy preocupante para una buena parte de la ciudadanía española: que el proceso de «diálogo-arreglo» está diseñado para alcanzar un objetivo que se aleja mucho del reencuentro y que se acerca demasiado a la ruptura entre Cataluña y España.

El problema no está en lo que dijo, sino en lo que escondieron esas palabras y en el no reconocimiento de sus posibles verdaderos objetivos ante los representantes de la soberanía popular, en la tribuna del Congreso de los Diputados. Si su intención es la celebración de un referéndum, Sánchez debe decirlo tal y como hicieron sus homónimos en el Reino Unido con el proceso escocés y en Canadá, con la consulta de Quebec. El problema está en que, si finalmente se llegara a convocar ese referéndum, Sánchez habría engañado a toda la sociedad española. Eso sería gravísimo y un nuevo golpe a la sostenibilidad democrática de España.

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Hay que tener en cuenta que una consulta ciudadana no puede ser controlada por el poder. Se ha visto en los procesos independentistas de Escocia y Quebec donde no se logró la independencia; se ha visto en la consulta (no vinculante, de momento) sobre la permanencia de determinadas regiones del norte de Italia, por no hablar del Brexit. Cuando el pueblo habla, cuando se igualan las clases sociales, cualquier cosa puede pasar y si alguien piensa que, de convocarse un referéndum en Cataluña, desde Madrid se podrá controlar, se equivoca, por muy fríos y calculadores que sean quienes pretendan controlarlo.

Por otro lado, si Sánchez tiene la intención de llevar (o prometer) a los independentistas al terreno de la consulta para lograr mantener sus apoyos en el Congreso, entonces no les estará diciendo la verdad porque, a día de hoy, Pedro Sánchez no tiene la capacidad por sí solo de convocar ningún referéndum vinculante sobre ningún asunto. Necesita el apoyo parlamentario suficiente para sacar adelante una reforma constitucional que incorpore al articulado de la Carta Magna un mecanismo con las suficientes garantías y que consiente explícitamente la celebración de un referéndum territorial en el que se consulte a esa ciudadanía sobre la separación de España. La realidad es que, por mucho que Sánchez quiera, los números no le dan y necesitaría escaños del PP, Ciudadanos y Vox.

Desde el «diálogo-arreglo» todo es posible

Sin querer hacer analogías entre la situación del País Vasco y la de Cataluña, la realidad es que la solución al conflicto en Euskadi se logró gracias al «diálogo-arreglo». No hay otra interpretación posible porque yo estuve allí, yo participé del mismo. No se trata de que nadie se eche flores y se adueñe del fin de la violencia de ETA. Se trata de ver cómo, a través del «diálogo-arreglo», se llegan a solucionar los conflictos políticos, por más que haya radicales de todas las ideologías y todas las sensibilidades que se sigan acogiendo, por razones electorales, al enfrentamiento y la imposición.

A Ernest Lluch le asesinaron porque defendió la vía del «diálogo-arreglo» hasta el día de su muerte. Por desgracia, a mí me llegaron a llamar como «el Ernest Lluch del sur» por, precisamente, la defensa de esa vía y que me costó tener que vivir 10 años con escoltas del Ministerio de Interior.

En el caso catalán, por desgracia, está ocurriendo lo mismo. Hay quienes, tanto desde el independentismo como desde el españolismo, están intentando boicotear esta oportunidad que se abre para dialogar y solucionar el conflicto. Metafóricamente se cometería un gran error si la falta de claridad en el «diálogo-arreglo» pudieran provocar una desgracia, que no tiene que ser violenta, como sucedió el 30 de diciembre de 2006 en la T4. Sin embargo, el primero que ha marcado una diferenciación ha sido Pedro Sánchez y, en este caso, deben ser los políticos catalanes los que estén en guardia porque ya ha logrado sentarse frente a un independentismo dividido que debe estar alerta a las promesas que se hagan y que no se puedan cumplir.

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1 COMENTARIO

  1. Otro artículo que sólo con la cabecera ya no voy a leer. El señor Sánchez, como el resto de los políticos del estado, hablan de «reencuentro» como si fuera un problema de convivencia. Mal comienzo. Lo que tenemos en Catalunya es un problema político con el estado español
    Mira si cambian las cosas

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