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Sánchez ha provocado que el PSOE no le interese a nadie

La mala gestión gubernamental de Pedro Sánchez y su labor como secretario general del Partido Socialista ha provocado que, fuera de la formación ahora socialdemócrata, el pueblo se haya desvinculado absolutamente de lo ocurrido en un 40 Congreso en el que se debieron decidir muchas cosas clave para la ciudadanía pero que, en realidad, sólo fue la «fiesta de Pedro»

Manuel Domínguez Moreno
Periodista, escritor, sociólogo, politólogo y perito en procesos de paz a nivel nacional e internacional
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análisis

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A nadie le amarga un dulce, dice el adagio popular. Si lo trasladamos a la política, en concreto, nadie disfruta más de un baño de masas que Pedro Sánchez. Lo goza sintiéndose el centro de atención, de las alabanzas, de los piropos y de la admiración sectaria que las masas trasladan al líder máximo. Sánchez, además, se siente cómodo en el escenario del pensamiento único, de la unanimidad confundida con unidad.

Sin embargo, la egolatría de Sánchez le hace olvidar que los regímenes autoritarios mueren de endogamia, y eso es lo que le está pasando tanto a él como al PSOE, un partido histórico que está perdiendo la vida porque la gente, el pueblo, sus votantes, han perdido el interés y la confianza en él.

El 40 Congreso del PSOE, celebrado hace unos días en Valencia, fue la mayor demostración de ello. En ese evento federal se debían debatir muchas cuestiones que son clave, no sólo para el partido, sino para toda la ciudadanía. En teoría, la gente debería haber mirado con esperanza las conclusiones que salieron de allí. No obstante, fue lo contrario.

Diario16 hizo un despliegue histórico de medios para cubrir ese Congreso. En ningún acontecimiento desde que se volviera a fundar en 2015 se ha realizado tal esfuerzo. José Antonio Gómez, María José Pintor, José Antequera y Agustín Millán acudieron allí a transmitir a nuestros lectores lo que en la Feria de Valencia ocurría, ya fuera a través de los testimonios directos de los principales protagonistas, ya fuese por los análisis certeros de lo que allí se decía.

Sin embargo, lo que allí ocurrió tuvo una trascendencia mínima mientras que otros temas de investigación y análisis publicados en esos días acapararon la atención. Algo similar también les ha ocurrido a otros medios. Esto lo que da a entender es que el PSOE ya no interesa a nadie porque Pedro Sánchez ha llevado al Partido Socialista al terreno de la desconfianza ciudadana. Eso es lo peor que le puede pasar a una formación que en sus siglas lleva la palabra «socialista».

¿El problema de esa desafección está en el programa? No. ¿Se trata de un alejamiento hacia la ideología que en teoría debería desarrollar el PSOE? Tampoco. Más bien al contrario, eso es lo que espera el pueblo del Partido Socialista.

El problema es Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno con peor valoración ciudadana de toda la democracia. Ni Aznar con la guerra de Irak llegó a esos niveles de desapego popular. El pueblo no se cree a Sánchez, ya está harto de que prometa y no cumpla.

El mejor ejemplo de ello lo estamos viendo en estas horas en que se escribe este análisis con la grave polémica generada por las injerencias de Nadia Calviño en las negociaciones de la reforma laboral, algo que no hubiese realizado sin el conocimiento del presidente. Si así fuera, sería muy grave que una simple ministra pueda provocar el incumplimiento de un acuerdo de gobierno sólo porque la derogación de la reforma laboral suponga un problema para la patronal o para Bruselas.

Las clases medias y trabajadoras ven con estupor y estupefacción cómo tienen que seguir sufriendo las consecuencias de la legislación laboral más restrictiva en cuestión de derechos de los trabajadores y la más neoliberal de Europa se mantiene vigente con un gobierno presuntamente liderado por un «socialista». Nadie lo entiende.

Sánchez lleva prometiendo desde el año 2014 la derogación de la reforma laboral. Incluso llegó a decir que sería la primera medida que iba a adoptar cuando llegara a la Moncloa. Lleva más de 3 años como presidente y las leyes de Rajoy ahí siguen, permitiendo, por ejemplo, que cientos de miles de empleados de banca y de las grandes empresas sean despedidos cruelmente a pesar de que esas corporaciones obtengan miles de millones de beneficios.

Lo mismo ocurre con otras leyes previstas en el pacto de gobierno con Unidas Podemos o con promesas realizadas por Sánchez en la campaña electoral. Ya lo dijo Joan Baldoví en una entrevista reciente cuando lamentó que el gobierno de Sánchez “promete mucho y cumple poco”.

Esa sensación de deslealtad constante ha calado en el pueblo. Nadie se cree a Sánchez y, por extensión, al PSOE. Ese es el problema de los líderes marcados por el populismo egocéntrico, aquellos que sólo actúan cuando les favorece y trafican con las palabras como los barberos medievales para no cumplir con lo prometido.

Sánchez, con su retorno a la “socialdemocracia”, es decir, con su vuelta al felipismo más oscuro, lo que ha conseguido es incrementar el desapego ciudadano que ha perdido toda la esperanza, no sólo en el Partido Socialista, sino en los mensajes de la izquierda. Llevar al PSOE a la socialdemocracia es como si se montara a Abraham Lincoln en una máquina del tiempo de vuelta al Teatro Ford para ver Our.

El Partido Socialista, por la incapacidad del corsé socialdemócrata para resolver de una manera justa la crisis económica de 2008, sufrió un castigo ciudadano muy duro que llevó al propio Pedro Sánchez a cosechar los peores resultados de la historia con 84 diputados en las elecciones de 2016. Una derrota semejante no le hizo inmutarse y, ante la indignación de miles de socialistas, se presentó ante los militantes congregados en el centro electoral socialista con una sonrisa y una expresión de alivio.

Ahora, Pedro Sánchez le quiere llevar de vuelta a esa situación, lo que demuestra que su objetivo es él mismo, nadie más. Sabe que tiene una oportunidad de sobrevivir y lo hará a costa de lo que haga falta, incluso hasta llevar al partido en el que milita a la destrucción si hiciera falta. Iván Redondo ya le preparó un escenario en el que el PSOE era un estorbo para Sánchez, sólo una plataforma electoral desde la que desplegar su regia figura y mantener el poder a costa de lo que sea. La ideología ya no significa nada para él y lo ha demostrado en apenas 4 años en los que se ha pasado del “Somos la izquierda” del 39 Congreso a ser la socialdemocracia del 40. ¿Qué será lo próximo? ¿La gran coalición con el PP? Lo que haga falta, al fin y al cabo, la fiesta de Sánchez la paga el pueblo.

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1 Comentario

  1. La reforma laboral es un ardid, es uno de los objetivos para un gobierno que se intitula sócialista, pero un problema menor ante la ley de seguridad ciudadana, que es la aberración de las aberracións, algo insostenible, fraudulento; vergonzoso para una sociedad con mínima aspiración democrática. Ambas leyes están de más, pero es prioritario resolver primero la que es más lesiva, y que también es la que sirve para convertir en delincuente a una persona cualquiera al azar o a mala ostia, como en el escándalo del caso de Alberto. Así que el puto subnormal de Sánchez con su coro de apaxeantes deje de hacer daño y él ridículo y hagan su puto trabajo. Desde cúando vale la palabra de un policía más que la de cualquiera? En España es imposible porque no hay más que contar el número de sus víctimas, unas cien veces superior a eta en los últimos cien años.

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