Conviene, a veces, dejar de pensar
en poblados, donde solo hay imperios,
reparar la sombra que deja el mar
en las ventanas de los cementerios.

Conviene no viajar sin saber dónde
venden las esdrújulas más baratas,
o a la cueva donde ya no se esconde
el flautista que trafica con ratas.

Conviene que recemos en voz baja
para que no nos resulte ofensivo
el afán de los buenos genocidas:

empezar, como siempre, con ventaja,
decidir si morir o seguir vivo
cuando llueve en las sábanas tendidas.

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