Fue un alto cargo del PSOE, fundó el centrista y fallido proyecto Unión, Progreso y Democracia (UPyD) y a poco que se lo proponga va a terminar en España Suma, la coalición con la que Pablo Casado espera aglutinar el voto de la derecha española (incluyendo a los neofranquistas de Vox, que van en el mismo pack). La procelosa evolución política de Rosa Díez es la de alguien que va pasando de puntillas por la historia, de un partido a otro, de una idea a otra, transmutando como una crisálida que se convierte en mariposa cada cierto tiempo. Hasta tal punto ha sido compleja su reconversión ideológica, su metamorfosis intelectual, que hoy ya no sabemos lo que es en realidad Rosa Díez, si una exsocialista resentida, una pionera fundadora de un partido fracasado (otro más) o el incipiente fichaje de la nueva derechona patria que a duras penas está tratando de reconstruir Casado. Quién lo iba a pensar de aquella chiquilla sindicalista y rojilla que empezó afiliándose a la UGT allá por 1976.

Sin embargo ella, Rosa, la flor de su secreto, parece tenerlo claro y ayer se definía a sí misma como una “española sin partido”. No habrá sido por falta de oportunidades. Pese a sus múltiples tropiezos en el carrusel de la política sigue confesando que “echa en falta” el Congreso desde que dejara su escaño en 2016. Ahora Casado ha recogido sus lágrimas de nostalgia y la ha invitado a retornar a la “casa de la soberanía nacional”, a la paguita parlamentaria y a la batalla en las trincheras mediáticas. De momento se lo está pensando, pero muchos aseguran que al final dirá que sí. Después de todo a nadie le amarga un dulce, aunque ese dulce esté envenenado con la mala bilis de lo peor del nacionalismo hispano. De momento al jefe Casado parece gustarle su perfil de dura y azote del blandengue Rajoy. Así que por ese lado y por el repelús que ambos sienten por Sánchez −además de por la alergia compartida al catalanismo, a falta de ETA−, hay flow.

Cuenta la prensa que la reunión de ayer entre el líder del PP y Díez en el Congreso ocurrió en el transcurso de las jornadas “Españoles en defensa de lo común”, uno de esos actos gimnásticos de españolidad que los populares organizan de cuando en cuando para poner a tono el bíceps patriótico. Allí, en la Cámara Baja (cada día más baja por el nivel que está dando la clase política española) Casado se mostró convencido de que él y su Rosa podrán “converger en la defensa de lo común”. Si ha habido feeling y ella decide aceptar finalmente la invitación para entrar en España Suma (un germen que aún no se sabe muy bien lo que es) solo el tiempo lo dirá. Tampoco a Casado parece importarle demasiado que en medio de la crisis del PP se fiche a un gafe, ya que aquella aventura de UPyD acabó como acabó: con cuatro gatos en los mítines de campaña y deserciones en masa, más o menos lo que va siendo hoy Ciudadanos. Pero Díez es eso que se dice una política de raza que nunca tira la toalla y puede haberle hecho tilín la propuesta de Casado, que desde que se ha dejado barba abascaliana parece un líder más asentado, más fiable, otro hombre.

A expensas de cuál será su decisión final, Rosa Díez va camino de formar parte de esa categoría de políticos que en España se conocen como versos sueltos, los “evolucionados”, la gente picaflor que muta vertiginosamente, como el marciano aquel de Alien. Cayetana Álvarez de Toledo ya le ha puesto la alfombra roja tras decir de ella que es una “mujer valiente” y una “impresionante política” de la que no se puede prescindir. Un cruce de piropos y elogios que a lo mejor termina en boda. Aunque con la Díez nunca se sabe. A fin de cuentas las ideas son como las pulgas, saltan de unos a otros pero no pican a todos, ya lo dijo Bernard Shaw. No sabemos si la pulga del “trifachito” habrá hincado el aguijón en la rosa. La rosa de España.

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