Una tenue claridad comienza a divisarse por detrás del cerro. El sol comienza a despuntar por la lejanía del collado. Un cerco claro transforma la negrura de la noche en un azul pálido. La incandescencia solar se dibuja tímidamente en el alcor. Da la sensación de que el astro nos está observando como quién se parapeta detrás de una pared para espiar a los vecinos de la finca aledaña.

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Para Kingsley, al que en el pueblo llaman Kike, incapaces de leer palabras con más de dos consonantes seguidas, es hora de levantarse, salir del plástico y los palets que hacen las veces de casa, asearse junto al arroyo, comer un trozo de dulce industrial cerrado herméticamente en un celofán para evitar que las hormigas y otros insectos hagan con él, su agosto,  y esperar junto al camino a que el caporal pase con la Ford Pick Up y se digne elegirle.

Desde hace un par de semanas, el trabajo es lo único que no escasea en la vida de Kingsley.  Desde que cerraron las fronteras, ya no hay compañeros nuevos que vengan del otro lado del Mediterráneo en busca de una vida mejor. Ahora, en el poblado chabolista en el que duermen y malviven unos treinta compañeros, ya no se ve gente nueva. El masa no trae a nadie desde hace tiempo. Eso es medio bueno para Kike y sus vecinos porque les asegura que todos los días el machaca de turno, en su camioneta americana, les dirá que monten. Pero es malo porque, ahora el trabajo se ha hecho mucho más duro, el masa está más cabreado que de costumbre y exige mayor esfuerzo que el de ya de por si agotador trabajo de recoger pepinos, pimientos, tomates, berenjenas o incluso últimamente fresas, de sol a sol, por unos míseros treinta euros al día, en un ambiente hostil y en una atmósfera asfixiante fabricada con sudor, deshidratación y reproches en el que el sol es una mancha traslúcida y el cielo una bóveda marchita de plástico.

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Rolando Mario, cuando el sol comienza a salir timorato de su escondrijo nocturno, aún está en un duermevelas. Diez minutos más tarde, se levanta ojeroso de la cama, de la que hace ya rato que Rosalinda, su pareja, abandonó para ir a la cocina a prepararle el desayuno y el bocadillo de media mañana y en la que aún permanecen, dormidas como un tronco, sus hijas Rosina de cinco años y Hermelinda de tres. La familia comparte piso con otros dos matrimonios con hijos. Rolando Mario es autónomo. Trabaja, junto con uno de sus inquilinos de piso, con un camión rotulado con el logotipo del Corte Inglés, pero de su propiedad. O más bien del banco al que le debe aún más de treinta meses de pagos mensuales de hipoteca. Estos días no dan abasto con los pedidos. Desde las nueve de la mañana, una hora antes de lo estipulado, hasta las diez de la noche casa por casa sin parar. Algún mal intencionado de sus vecinos le ha comentado en tono jocoso que se va a hacer de oro. Nada más lejos de la realidad. Aunque cobra por pedidos entregados, el gasto extra de gasóleo, y el tiempo que debe emplear en la entrega de cada uno de ellos (no es lo mismo entregar diez pedidos en la misma zona que diez en tres barrios diferentes) hace que sea el Corte Inglés el que se lleve los beneficios de la saturación de compras a través de la red, y no los escasos repartidores que siguen trabajando. Todos ellos migrantes latinos, como Rolando Mario y su compadre que si no trabajan no comen.

Rosalinda, en cuanto acabe de desayunar y de fregar los platos, tiene un largo camino, primero en metro y después en cercanías, hasta una urbanización de lujo en un barrio residencial de las afueras de la ciudad en la que trabaja como señora para todo. Sin contrato. Sin seguridad social y sin ningún derecho laboral, tiene que acudir todos los días, de lunes a viernes a casa de sus “señoritos” porque si no trabaja, no cobra y porque sabe que si no asiste dos jornadas seguidas, ya no podrá volver más. Y aunque se mete todos los días dos horas y media entre ir y venir, y aunque no está asegurada, es un trabajo a no perder porque le mantienen los diez euros la hora de trabajo, precio que, en la actualidad no le pagan a ninguna de sus conocidas. Los mil seiscientos euros que saca todos los meses, son imprescindibles para pagarse la cuota de autónomos, la letra de la casa que comparten, y para poder enviar dinero todos los meses a su hermana Elisabeth que cuida de sus otros hijos que quedaron allá en Bolivia con su marido.  Rosalinda es enfermera titulada por la Universidad Técnica de Oruro, aunque aquí, primero por no tener papeles y después, por burocracia, aún no le han reconocido los estudios. Rosalinda, además de preparar comidas y planchar, cuida de la madre de los “señoritos” mientras ellos trabajan fuera.

Todos ellos, Kingsley, Rolando Mario y Rosalinda son héroes en zapatillas. Héroes anónimos. Aunque aquellos para los que trabajan les miren con indiferencia, les traten como a seres de segunda clase y se aprovechen de su situación para seguir sacando tajada.


Renglones torcidos

Los héroes lo son, no porque lo pretendan, sino porque hacen aquello que para ellos es algo normal y para los demás, extraordinario. Esta situación tan excepcional que nos ha tocado vivir, ha sacado a la luz dos tipos de comportamientos. Son los que Pedro Vallín bautizó en esta extraordinaria analogía cinéfila de “La Vanguardia” como Ciudadano Hanks, ciudadano Media Markt. Cuando abundan más los “yo no soy tonto” que los apocados ciudadanos comprometidos, la sociedad tiene un problema.

Ya he dicho alguna vez que mi teoría es que la picaresca, a base de siglos de sometimiento a la iglesia y a la educación sesgada, se ha convertido en un gen específico español. Aquí de siempre han abundado los listos que haciendo uso del “yo no soy tonto” no dan vueltas en un centro comercial colapsado y aparcan, junto a la puerta en la primera plaza de minusválido que ven. De siempre han abundado aquellos que, llegando a su barrio en el que una plaza de aparcamiento es más preciada que un kilo de gamba de Huelva, ven dos huecos y dejan el coche cruzado (por no hacer maniobras) y ocupan las dos plazas, o para que no le rocen, dejan un metro y cuarto por delante y metro y cuarto por detrás. Es también típico del “yo no soy tonto” adelantar por el arcén en las caravanas para ganar 20 segundos que luego malgastan en el bar de carretera, colarse en las colas de espera, aparcar en doble fila (habiendo sitio a diez metros) o, como en estos días, salir a la ventana a pegarle gritos al fulano que está sentado en un banco sin saber las circunstancias personales del paseante y, lo que es peor, después de haber encontrado la propia treta diaria para salir del confinamiento con un pretexto creíble para, si le paran, no ser multado (por ejemplo, sacar al gato a pasear porque no tienes perro).

Con estos mimbres, tenemos que partir para moldear el futuro del día después. Y con estos mimbres se hace complicado que entiendan quiénes son los héroes y quiénes los charlatanes que solo buscan seguir manteniendo poder para tener una vida económicamente plena sin dar golpe. Con estos renglones torcidos, es complicado quitar la viga del ojo de una sociedad en la que abundan los espabilados, los ciegos culturales, los tuertos sociales y los aspersores del odio.

La patulea abyecta que vive cómodamente sin pegar palo al agua (cero días cotizados en 43 años de vida), que subsiste a través de la expansión del odio, está reclamando la expulsión de los migrantes y que se les deje sin seguridad social. Esos mismos migrantes que son los que recogen la fruta (fresa en Huelva) y las verduras en los invernaderos de Murcia y Almería. Esos mismos migrantes son los que te llevan los pedidos del supermercado a casa. Los mismos que cuidan por encima de su seguridad y esfuerzo a los miles de abuelos que malviven en esos almacenes de ancianos en los que han convertido a las residencias de mayores privadas (las residencias concertadas o sostenidas con fondos públicos también son privadas).

Esta coyuntura está demostrando que los héroes son los médicos, enfermeras y auxiliares a los que contratan semanalmente, para no pagarles sábados ni domingos, y que tienen que guardar los contratos en un cubículo alquilado del Bluespace porque, dada su abundancia, no les caben en casa. Los héroes son los migrantes subsaharianos que para poder subsistir en sus hogares de plástico y palets tienen que aceptar trabajar de sol a sol por treinta euros al día y aguantar la hijoputez del machaca de turno que se cree el dios del invernadero. Los héroes son los migrantes hispanos que trabajan en el reparto domiciliario, que para poder buscar una vida mejor para los suyos (que muchas veces se han quedado al otro lado del charco) y para poder asumir los pagos hipotecarios de sus vehículos y el alquiler de sus casas, consienten en ser explotados. Las heroínas son las que además de mujeres son migrantes que limpian el culo a nuestros mayores, que les dan de comer, que acompañan su vejez, mientras nosotros les olvidamos en esos antros que llaman residencias concertadas en las que hay establecidos que los abuelos solo pueden mear y defecar tres veces al día porque ese es el número de pañales que los sinvergüenzas de la patulea popular han acordado pagar en el concierto.

¿Cómo hacemos ver a esa patulea rabiosa de odio que los curritos precarios son los que nos están sacando las castañas del fuego en esta situación de parálisis social? ¿Cómo les hacemos ver que el aplaudir todas las tardes a las 20:00 horas no sirve de nada si, mientras se aplaude no se es consciente de que, los de la marea blanca, actúan como kamikazes de la sanidad debido a la precariedad de sus trabajos. Precariedad de la que son responsables esos políticos que tanto nos han robado durante años y que, sin embargo, tanto les agradan porque solo dicen obviedades, teorías de barra de bar y de cuñado que regalan sus oídos, pero que tanto daño nos han hecho social, laboral y económicamente? ¿Cómo hacemos ver a esa patulea ignorante que solo es posible que la situación futura cambie si dejamos atrás esas políticas que llaman “de ajuste” pero qué solo son de empobrecimiento de las gentes para que unos pocos amigos de los sinvergüenzas populares puedan seguir llenando sus carteras? ¿Cómo les hacemos ver que su precariedad es la riqueza de unos pocos y que en su puñetera vida van a estar en la posición de los mangantes?

Esta sociedad hispana me duele. El futuro es desalentador no porque no crea en el ser humano, sino porque no creo en el español medio. No creo en ese ser de sol y sombra y palillo en la boca, que tiene alergia a la lectura, que llama titiriteros a los que crean cultura, que se pasa cinco horas diarias frente al televisor cargando bilis en los programas de la Grisso o de la reina de las Off-shore la Quintana. No creo en ese ser humano inculto y zafio que además se cree que lo sabe todo. No creo en ese español de bien que cree que ser de izquierdas es sinónimo de suciedad, de hogar bajo los ojos de un puente, que cree para ir a trabajar se coge el metro, no por responsabilidad ecológica, sino por obligación económica y que tampoco se puede hacer uso de la tecnología. Ese imbécil que llama comunista a Pedro Sánchez y bolivarianos a los de iglesias. El anormal que sigue creyendo que Irán financia a Podemos mientras pasa de largo por la financiación del terrorismo iraní a los de la COZ. El cuñao que ignora que eres letrado y te da lecciones de derecho. El que da lecciones magistrales sobre el comportamiento ante la pandemia, porque le ha dicho el amigo de un amigo de su cuñado, que sabe de esto, que el gobierno es el culpable de los muertos. El que se jacta de que jamás ha leído un libro. El que “no es tonto” porque mientras exige integridad a Iglesias por su casa en Galapagar, paga al fontanero en factura sin IVA, cobra a sus clientes en metálico y no da factura o evade impuestos en la llamada ingeniería financiera. Ese español pedante que da las gracias a Don Amancio por regalarnos unas cuantas mascarillas, cuando para un patrimonio calculado en 50.000 millones de euros, solo al 15 % que paga el ciudadano medio, debería apoquinar al estado 8.000 millones en impuestos.

Nada cambia de la noche a la mañana. Y menos cuando faltan valores sociales y empatía para pensar en la comunidad. Valores que se aprenden en una educación no sesgada. Educar a los hijos en colegios privados religiosos (cuyo coste a las arcas públicas triplica el de las plazas públicas) nos ha llevado a una sociedad de cuñaos en la que vuelven los iluminados (como los antivacunas) y en la que el borreguismo y la falta de pensamiento propio convierten a la sociedad en hato.

Salud, feminismo, república y más escuelas públicas y laicas

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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