Se va el caimán, se va el caimán, se va para Barranquilla, así dice una de las canciones más populares colombianas sobre la marcha de un caimán, algo parecido a lo que cantarán la mayor parte de las cancillerías del mundo cuando se marche el gran patán de la primera parte de este siglo XXI, es decir, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump. El hombre que, a merced de su torpeza, exhibió una negligencia criminal para manejar la crisis de la pandemia desatada por el coronavirus y un nulo liderazgo para afrontar tan crudo desafío, provocando, con ello, que hoy Estados Unidos tenga el mayor número de casos en el mundo -casi el 25% de los totales cuantificados: casi 16.000 millones de infectados- y más de 295.000 fallecidos, una cifra que supera a los caídos en las guerras de Corea, Vietnam, Irak y Afganistán. Un desastre total sin necesidad de eufemismos.

Aparte de estas consideraciones en clave interna, Trump ha destruido el vínculo transatlántico que le daba el músculo a Occidente en la escena internacional para defender los derechos y libertades fundamentales, la democracia  a escala planetaria y los derechos humanos. Estados Unidos, que había asumido el liderazgo del mundo libre tras la Segunda Guerra Mundial, debe ahora generar la suficiente confianza y respetabilidad en el planeta para que los lazos rotos con Europa durante los años de Trump vuelvan a renacer desde la desconfianza y el recelo generalizado. A Trump, desde luego, no le va a extrañar nadie en Europa; desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda continental no hay nadie que vaya a añorar el paso por la Casa Blanca de este mediocre empresario que ha fungido como presidente de los Estados Unidos durante estos años.

Sus continuos desplantes, sus insultos, su falta de respeto a numerosos líderes y su falta de caballerosidad y modestia, como la que exhibía en público ante numerosos mandatarios, le granjearon la enemistad y  el desprecio de casi todos. Todavía algunos guardamos en nuestro recuerdo el día en que un insolente y despreciable Trump pegó un empujón al primer ministro de Montenegro, Dusko Markovic, en la sede de la OTAN en Bruselas, para colocarse en la primera fila de la foto de familia de los líderes de esta alianza militar.

Anécdotas al margen, que darían para una extensa obra de despropósitos y desatinos, la nueva Administración norteamericana, en colaboración con sus socios europeos, debe rediseñar el futuro de la Alianza, cuyo escenario no puede limitarse a una región del planeta, sino que no tendrás más remedio que ser global¨, tal como  aseguraba un reciente editorial del diario español El País.

CHINA, ¿NUEVO ENEMIGO DE LA OTAN?

Mientras la OTAN se ve inmersa en una grave crisis de identidad, crece la preocupación, expresada hace una semanas por el secretario general Alianza Atlántica, Jens Stoltenberg, ante el escenario asiático -léase China- como uno  de los desafíos de esta organización. China, cada vez con una política exterior más agresiva hacia sus vecinos, pero especialmente hacia Taiwán, ha incumplido sus compromisos políticos con respecto a Hong Kong y está inmersa en una carrera armamentística que preocupa  a casi todos los países del continente, con quien mantiene numerosos contenciosos de todo tipo, pero especialmente territoriales. La OTAN, que ahora pretende tener un ámbito más global, ampliando sus fronteras hacia las democracias de Asia, en palabras de Stoltenberg, tales como Japón, Corea del Sur, Australia o Nueva Zelanda.

La OTAN ha sido una organización muy útil durante la Guerra Fría, que liderada por presidentes eficientes y responsables, como Ronald Reagan, fue capaz de derrotar al comunismo, impulsar la democracia en Europa del Este y provocar, finalmente, el colapso de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín, impulsando la unidad de Alemania. También la OTAN sirvió para parar la sangría de la guerra en la extinta Yugoslavia y poner orden en la interminable carnicería bosnia.

Trump, sin embargo, ha conseguido efectos colaterales que han llevado a los países de Europa ante casi la obligación de situar en el punto de mira la necesidad de sentar las bases para poner en marcha una política exterior autónoma y de defensa propia que no quede condicionada al albur de quien presida la Casa Blanca.

¨No es que los dos ámbitos sean incompatibles, pero su coexistencia plantea dificultades. La UE debe hallar una vía para reforzar su autonomía estratégica sin que ello signifique un desacople de la Alianza. Al contrario, lo anterior debe ir de la mano de un mayor compromiso con el pacto atlántico, ahora con proyección global¨, seguía apuntando el editorial ya reseñado del diario  El País al referirse a esa nueva proyección exterior de la OTAN, en una línea mucho más cercana a lo que parece apuntar la nueva dirección de la presidencia norteamericana de Joe Biden, cuya apuesta por el multilateralismo y la cooperación con sus socios y aliados parece ser una de sus firmes señas de identidad. Veremos qué pasa después del 20 de enero.

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