No me digáis que no hay algo de oxímoron, de combinación de significados opuestos, en estas formulaciones que nos empujan a salir de la crisis cuanto antes, reconstruir, crear una nueva normalidad. Algo se está tramando. Construir futuro a base de reconstruir pasado, suena extraño.

Hasta hace unos días todo eran multas, confinamiento, horarios restringidos de salida, deporte, paseo, fases de desconfinamiento, denuncias, aplausos a las 8 de la tarde, caceroladas variadas (algunas callejeras) a las 9, contra esto o aquello, contabilidad monótona de muertos (la mayoría en las residencias de ancianos), noticias machaconas, el monopolio informativo del coronavirus.

Hoy todo ha cambiado, de las páginas web han desaparecido las referencias a pandemias, todo se convierte en animada cháchara que te invita a salir a la calle (con todas las medidas de precaución, mascarillas, lavados y distancias, pero a la calle), los tertulianos vuelven a ocuparse de macabros asesinatos, okupas, restauraciones patéticas de vírgenes de Murillo y hasta Cataluña ha vuelto a ser la casa de todos los españoles. Cataluña es tu casa, dice la Generalitat a los turistas que, durante este aciago año, serán españoles todos, catalanes todos, o casi todos.

Los centros de salud siguen cerrados con los sanitarios dentro y los pacientes fuera, pero las terrazas ya funcionan a pleno rendimiento, o casi. Me da la impresión de que, en lo económico, la consigna es reconstruir cuanto antes y tal cual éramos. En lo social se trata sobre todo de hacer como que hay una nueva normalidad que es la de antes pero con mascarilla.

Me voy enterando de las propuestas que los grandes sectores empresariales van formulando en ese evento que han denominado Cumbre Empresarial clausurada con el discurso del Rey. No sé qué agentes del servicio secreto republicano preparan la agenda del Rey, pero haberlos haylos. La presencia final del Rey bendecirá una de las reuniones más casposas de nuestra historia reciente, en la que cada grande de España en lo económico ha dado titulares representativos de su catadura moral y de su visión de sempiterno negocio. Alentados y presididos por una nueva formulación contradictoria, un nuevo oxímoron, un lema que dice:

Empresas españolas: Liderando el futuro.

(Nunca fue así, ahora tampoco lo es, difícilmente lo será).

Unos piden bajadas de impuestos, otros que se abran todas las fronteras y todos los centros comerciales de España todos los sábados, domingos y festivos hasta final de año, la mayoría que no haya impuestos extraordinarios que permitan financiar la necesaria solidaridad, eso sí todos piden ayudas extraordinarias para sus sectores y que nadie toque la reforma laboral que convirtió los empleos en la patria temporal y precaria de los trabajadores y trabajadoras.

Escucho a otro que no quiere saber nada de pagar un ingreso mínimo vital, porque la gente se acostumbra a cobrar una miseria y luego no quiere trabajar (qué poca confianza en el valor transformador y la dignidad del trabajo). Y más sanidad privada y más residencias privadas, dispuestos a participar en el inmenso negocio de la reconstrucción y mejor si es de la construcción pura y dura de vivienda y de grandes infraestructuras, reclaman otros.

Ahí andan los ministros y gobernantes autonómicos de todo color político abriendo fronteras regionales, alentando la economía, cuadriculando playas, ampliando chiringuitos, inaugurando corredores turísticos y eliminando las fronteras con cualquier país que se ponga a tiro, prolongando los ERTE, creando líneas de crédito ICO, dinero extra para autónomos y PYMEs, anunciando grandes planes de construcción, de inversiones de reactivación de la construcción, la energía, los transportes, el turismo.

Muchas de estas cosas son necesarias, pero los pasos mal dados en el desconfinamiento pueden acarrear dramáticas situaciones de retroceso. Más valdría que en esto fueramos aprendiendo de países como Japón, o China, Alemania, o el propio Portugal, no porque sean mejores que nosotros, sino porque tienen más experiencia con los virus, o los han contenido antes, o han visto cómo vuelven a la carga.

Pensé por un momento que alguien se pondría a pensar en el futuro de sectores esenciales como el sanitario, el educativo, la industria de productos básicos y esenciales. Pensé que alguien buscaría nuevas bases para el turismo huyendo del futuro de playas masificadas y costas contaminadas, o para una construcción no especulativa, más preocupada de la rehabilitación y el cuidado del medio ambiente, o para un consumo menos compulsivo y un transporte más racional, pensando en el agotamiento del planeta que estamos produciendo.

Acabo de leer un artículo del prestigioso economista Joseph Stiglitz, muy apreciado en la izquierda, que firma junto a Hamid Rashid, que dirige un observatorio económico global de las Naciones Unidas y hasta ellos apuestan por estímulos económicos para reactivar el consumo. El consumo, siempre el consumo, de coches, de viajes, de hoteles, de ladrillo, de grandes superficies.

No quiero decir que no acierten alertando sobre la especulación, la creación de colchones preventivos de capitales que no son invertidos, el temor de las empresas y los consumidores, el exceso de liquidez que ni los bancos son capaces de colocar en forma de préstamos por miedo a nuevos confinamientos, las amenazas de los programas de estímulo mal diseñados, o los peligros de todo tipo, también políticos, que traerían consigo una recesión prolongada en el tiempo y sembrada de mayores desigualdades.

Me parece que a la hora de reconstruir no todo lo destruido merece el esfuerzo de ser recuperado en el día a día de nuestras vidas. Ya que nos ponemos a la tarea, tal vez merecería la pena aprovechar el esfuerzo para construir servicios públicos que protejan eficazmente a las personas, una industria nacional que asegure la dotación de recursos estratégicos esenciales y básicos, una política de vivienda que garantice el derecho constitucional a la misma, una energía respetuosa con el medio ambiente, un turismo sostenible y de calidad. Construir lo nuevo, reconstruir sólo aquello que merezca la pena, afrontar el futuro como una nueva realidad, como una oportunidad de hacer mejor aquello que no ha funcionado cuando nos asaltó la pandemia. Creo que ese esfuerzo es el único que merece la pena, si no queremos repetir errores, ni hacernos trampas a nosotros mismos. 

Apúntate a nuestra newsletter

Dejar respuesta

Comentario
Introduce tu nombre