fracaso

Este martes 12 de febrero de 2019 se ha escenificado en el Tribunal Supremo la historia de un fracaso monumental a todos los niveles de la democracia española, una democracia que, tras 40 años de aparente buena salud constitucional, ha dado muestras de enfermedad grave más que de agotamiento por lo costoso del paso de los años, que diría el poeta. Un problema político ha sido puesto en manos de un tribunal de justicia para llegar a una sentencia penal después de meses de sesiones. ¿Curar un cáncer con antigripales? No hay santero que sostenga tal temeridad por mucha palabrería falaz que utilice.

Lo que la política, la alta política, no ha sabido arreglar durante años ahora pretenden algunos solucionarlo con las puñetas de la justicia. Matar elefantes con tirachinas. No hay que ser un iluminado Nostradamus para atisbar que la pelota seguirá de un tejado a otro hasta que llegue algún valiente que eche de nuevo el balón al suelo y ponga cordura política en el desaguisado. ¿Quién? ¿cuándo? Nadie lo sabe ni lo quiere saber a día de hoy. Cuanto peor mejor para unos pocos y mucho peor para todos. Esa es la dinámica imperante. Y así nos luce el pelo.

La ley es la ley, la política es la política y la justicia es la justicia. Sin política no hay ley y sin ley no hay justicia. Pero con leyes políticas aún menos. La democracia con mayúsculas debe estar muy por encima de cualquiera de estas concatenaciones. Pero esto es ya sólo para valientes. Y como estamos viendo, hoy no están de moda. Se lleva más el patriota de salón. Luce más y da más réditos. Y así todo, al peso.

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