Se suele reducir el exilio o la prisión de los políticos catalanes a la decisión tomada por los líderes Puigdemont y Junqueras y que, a posteriori, se ha extendido a las estrategias de JxCat y ERC. Esto no es del todo cierto, pues hay exiliados y prisioneros de ambos partidos y, además, ya sabemos que, en su momento, pesaron más las decisiones personales que no la estrategia real de cada partido. A veces, se discute que posición es más “correcta”.

Un servidor opina que la fuerza radica en que se den, simultáneamente, ambas situaciones: prisión y exilio. Que, con todos los políticos exiliados o en prisión, se perdería gran parte de esa fuerza. ¿A qué me refiero con “fuerza”? No exactamente a la fuerza del independentismo, sino la de mostrar (y, después, demostrar) la carencia democrática en la posición del Estado, tanto de la clase política y de la judicial como de gran parte de la sociedad española (la que aplaude y la que, con su silencio, consiente).

Creo que se ha demostrado que los políticos independentistas no desearon, en su momento, una confrontación abierta y civil contra las fuerzas del Estado. Prefirieron limitar la confrontación dentro del espacio político sin implicar a la sociedad (excepto el referéndum del 1-O, pero no imaginaban la violencia policial que se produjo). Comprobaron que, para Madrid, la pretendida solidez de la unidad de España pasaba por encima de la seguridad de sus ciudadanos: no olvidemos que los independentistas, por muy disidentes que sean, también son ciudadanos del Estado. El discurso del rey el 3-O daba legitimidad a esta concepción de “el Estado por encima de las personas”; incluso, lo hemos comprobado más tarde, “por encima de sus derechos fundamentales”. Es lo que tienen los monarcas, pues ellos se saben superiores, es decir, por encima del resto de ciudadanos.

Muchos independentistas están sumidos en el desánimo: se esperaban una República y ahora tienen una autonomía defenestrada. Ese desánimo, a mi parecer, es fruto de un doble error:

1) La complejidad de una independencia de Cataluña es de tal magnitud que solamente hay una manera para que se produzca de una forma drástica y rápida: que sus partidarios sean una mayoría tan abrumadora que el Estado dude que la represión mediante el uso de la fuerza (policial y/o judicial) sea suficiente. Pero esta condición no se da: la realidad es la que es. La magnitud de una independencia de Cataluña es tal porque abarca un amplio abanico de consecuencias, algunas de ellas imprevisibles. Económicamente es un desbarajuste para el Estado español, que necesita la contribución catalana para sostenerse y, aunque esto pueda negociarse, hay que tener en cuente que, ante una Cataluña independiente, el Estado no podría incumplir sus tratados, cosa que sí ha hecho repetidamente ante la autonomía. Socialmente también sería un golpe muy duro: España es un Estado con una concepción imperial de la corte. Por mucho que el sistema autonómico tenga unos tintes federalistas, el substrato es una visión totalmente centralista (muy ligada a la monarquía) de carácter impositivo y extractivo, de lo cual solamente se libran los vascos mediante un trato especial. La concepción imperial del Estado es lo que permite uno de los lastres a la democracia más importantes, un planteamiento casi filosófico que suele pasarse por alto y que es donde se afianzan casi todos los conflictos (no solo el referente a Cataluña): <<en la corte política de Madrid, el diálogo es visto como un signo de debilidad y de renuncia>>. Esto no solamente es válido para la derecha, sino también para la mayor parte del PSOE. Es una característica de la política española y es un enorme lastre que extienden casi todos los medios de comunicación capitalinos, influyendo sobremanera en la sociedad española.

El tiempo nos va mostrando que, en los tejemanejes posteriores al 1-O, la posibilidad que el gobierno de Rajoy y Santamaría accediesen a dialogar algo, era cero. No había ninguna posibilidad de dialogar absolutamente nada con Madrid. Nada. Nada. Y así, la política, no tiene cabida. Y, por ello, se trasladó el conflicto al poder judicial: para que los jueces hicieran “legalmente” lo que no podían hacer los políticos del Estado, es decir, imponer esa visión imperialista (que, excepto en Podemos, es la única visión imperante en España). El error, pues, del desánimo independentista, es debido a haber creído que esa República Catalana se podía implementar sin costes personales para sus ciudadanos, algo a lo que sus líderes no estaban dispuestos. [***Nota: Referente a todo ello recomiendo la lectura del libro “Tota la Veritat”, excelente trabajo de investigación realizado conjuntamente por seis periodistas de diferentes tendencias políticas].

2) El segundo error del desánimo independentista es haber caído en la interpretación del marco de acontecimientos propuesto por el Estado, es decir, mirarse el conflicto con una mentalidad del siglo XX (…o XIX): que es una batalla de naciones o nacionalidades y que hay victorias y derrotas. Esta visión, propiciada por el Estado para no afrontar la mayoritaria petición de un referéndum y desviar la atención hacia la simple independencia, es la que permite ver el 1-O como una victoria… y como una derrota cuando se ve que no es vinculante. Es la que causa que se vea la sentencia como una derrota y la acreditación de Puigdemont como eurodiputado como una victoria. Un servidor opina que esto es una visión errónea, y que es una consecuencia de anteponer la independencia como un poético ideal por delante de la más prosaica visión de que esta, la independencia, solamente será la consecuencia de la decisión del pueblo catalán. Esta perogrullada creo que, a nivel emocional, no lo es tanto, sino todo lo contrario. Y, estos últimos años, las emociones priman por encima de la razón. Opino, pues, que la visión independentista debe ser otra: desnudar, para demostrar, aunque sea lentamente y ello cause sufrimientos personales (algo que, creo, Cuixart percibió rápidamente) que la reacción y posición del Estado es antidemocrática y en contra de algunos Derechos Humanos fundamentales. Desnudar el Estado hasta que ese hueso monárquico e imperial, autoritario y extractivo, quede al descubierto. Que sea imposible vestirlo de nuevo con subterfugios y reinterpretaciones judiciales arbitrarias. Que, como una gota malaya, pequeña pero constante y que consigue horadar la piedra más dura, toda esa parte de la sociedad catalana no partidaria de la independencia vea claramente cuál es la alternativa, y que decida por sí misma en consecuencia.

Puigdemont no recoge todavía ningún fruto, no hay que verlo como un triunfo. Se acerca al árbol de donde penden, pero, recuerden, recoger una manzana todavía verde es perder dos manzanas: la verde que deberemos desechar y la madura de la cual perdemos la oportunidad. Ni Puigdemont tendría la fuerza que tiene sin Junqueras en la prisión ni Junqueras tendría la que tiene sin Puigdemont en Bruselas. La desconfianza que pueda haber entre ambos, extensiva a sus partidos, es descorazonadora para los ciudadanos independentistas, los cuales no se preguntan entre ellos qué partido votan cuando salen a la calle para reivindicar. No obstante, esta desconfianza es de lo más normal entre seres humanos que han pasado años y años, con largos meses y eternos días, en una situación tremendamente difícil, cambiante a veces en pocas horas, y con una represión y amenazas duras y personales. Me remito nuevamente al libro antes citado donde se nos recuerda una cosa: las decisiones las toman personas, no máquinas, con sus convicciones y profundas contradicciones. Deshumanizar la política también nos impide comprenderla mejor.

Un servidor cree que, poco a poco, la gente va entendiendo que esto va para largo. Y, aunque sea a medio plazo, muy importante va a ser el segmento de población joven. Piensen que, por ejemplo, cinco años pasan volando, y eso significa que los catalanes de 17, 16, 15, 14 y 13 años ya podrán votar. La vía lenta o de la gota malaya (no sé si podría llamarse la vía Boye, no lo tengo claro) es mostrar a esos jóvenes cuál es la alternativa que propone el Estado a la reivindicación catalana (ninguna), y qué derechos fundamentales está dispuesta la sociedad española a permitir que se pisen; para que luego, en ese futuro, decidan por sí mismos. La posición del Estado, apoyada por sus medios, gran parte de la sociedad española y la ausencia total de autocrítica del sector intelectual o cultural español, a la larga, se demostrará como un error garrafal. Un servidor opina que, paradójicamente, el único que lo ve y quien más sentido de Estado tiene, es Podemos (pero desde una grave debilidad). PP y PSOE solamente miran el momento inmediato, el presente, seguramente presionados por el mercado y tantísimos cargos cuyo futuro personal depende exclusivamente de la política y de posiciones que defienden la corte capitalina.

Tal vez sea ingenuidad, pero uno piensa que esta vía del Rey Desnudo (como símbolo de un Estado imperial y autoritario) es una oportunidad para la sociedad española: aprovechar la reivindicación catalana para propiciar lo que no pudo hacer, en su momento, la transición: transformar España en un país plenamente democrático y más justo. Pero ello es responsabilidad de los ciudadanos españoles, no de los catalanes, que espero que, a la larga, opten por desvincularse y labren su propio futuro decidiendo por sí mismos. No es que la libertad nos haga responsables, sino que es la responsabilidad lo que nos permite ser libres.

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Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."

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