(Fotos: Jaume Prat. El origen de este artículo se encuentra en una entrada del blog Brutalment Valencià de la arquitecta Merxe Navarro que me dio a conocer esta obra.)

 

Nuestra percepción de la belleza es cultural. Nuestra educación, las redes sociales, nuestro entorno social, la televisión, han modelado nuestros gustos hasta tenerlos tan interiorizados que creemos que nos han venido por generación espontáneacuando la creación de nuestro gusto por lo bello es uno de los fenómenos que evidencia nuestro condicionamiento social. Uno de los factores que más han influido en la creación del canon cultural es la estratificación social, presente en cualquier manifestación artística desde los museos hasta la música clásica y su apetencia por los desarrollos argumentales y las modulaciones tonales complicadas por encima de cualquier música popular o, en arquitectura, la glorificación de programas como los edificios institucionales o las viviendas de lujo como medio para prestigiar un arquitecto. Esta estratificación social es especialmente relevante en una ciudad como Valencia, que limita al sur con el bellísimo parque agrícola de la Albufera. La literatura de Vicente Blasco Ibáñez nos puede dar pistas al respecto. Blasco Ibáñez es un personaje de novela. La rapidez con la que escribía ha sido usada injustamente por sus detractores para cuestionar la calidad de sus obras. Blasco Ibáñez lo tuvo todo. Vio una quincena de sus novelas adaptadas por Hollywood. El mito Rodolfo Valentino no se puede entender sin sus guiones. Sus Cuatro ginetes del Apocalipsis llegaron a ser más leídos en los Estados Unidos que la Biblia, convirtiéndose en un artista más famoso que Jesucristo cincuenta años antes que Lennon pronunciase esta frase. Ni Dickens llegó a ser tan popular. Blasco Ibáñez se consagró escribiendo sobre la Valencia que conocía tan bien. La de los agricultores de la Albufera que se mataban produciendo arroz, pescando y cazando, duros, salvajes, permanentemente empobrecidos, y la de los burgueses familiares suyos que convertían los bienes que producían los primeros en dinero enriqueciéndose (y mucho) por el camino.

Los habitantes de la Albufera solían vivir en barracas consistentes en cuatro paredes bajas de obra encalada por dentro y por fuera que delimitaban un piso de tierra compactada protegido por un techo a dos aguas de gran pendiente construido con paja seca de arroz que generaba un interior de un solo ambiente con una espacialidad riquísima. La tremenda belleza de estas barracas no nos puede hacer olvidar que vivir allí era difícil. Requerían de mantenimiento constante. Faltaban intimidad y servicios. Su estanqueidad era limitada. Carentes de chimenea, el humo se colaba por los resquicios de la paja convirtiendo el interior en irrespirable. Las viviendas se trasladaron a las casa entre medianeras de los pueblos de la Albufera a la primera oportunidad, dejando las barracas para el ganado. Los más pobres, que siguieron viviendo en ellas, se afanaron en sustituir los techos de paja por otros de fibrocemento que ganaban en estanqueidad lo que perdían en inercia térmica. Estos habitantes de la Albufera formaban un colectivo enfrentado a los burgueses, orgulloso, marginado. Blasco Ibáñez los retrató a la perfección en novelas tan conocidas en su momento como La barraca o Cañas y barro.

Este es el panorama que se encuentra el arquitecto Carlos de Miguel cuando llega a la pedanía del Perellonet, que marca el límite de la Albufera con el mar, para construir un barrio de viviendas mínimas para pescadores en 1950. El país, todavía en plena autarquía, enfrenta su onceavo año de postguerra. La economía depende del sector primario. Los pescadores a los que se destinan las viviendas todavía faenan en las mismas condiciones que a principios de siglo. Carlos de Miguel resolverá el barrio construyendo una actualización de las barracas de la Albufera más eficiente y salubre. Para hacerlo contará con una patente de bóvedas de hormigón que el cordobés Rafael de la Hoz, el talentoso arquitecto institucional español por excelencia, ha importando de sus viajes por los Estados Unidos. Estas vueltas, de directriz parabólica, encajan perfectamente con la idea espacial que un pescador de la Albufera tiene de una vivienda. El barrio se resolverá con una economía de medios total: viviendas pareadas de 42 a 54 m2 de superficie servidas por una iglesia hecha con los mismos moldes. La directriz del barrio será la romana: cuarenta y cinco grados respecto del norte. La iglesia, sin embargo, girará hasta orientarse canónicamente más o menos al este. Un último grupo de casita cerrará el barrio disponiéndose perpendicular al límite de propiedad en una nueva alineación extraña que da al conjunto una ordenación poco sistemática.

Este barrio ha sobrevivido hasta hoy en día tal y como lo podéis ver en estas fotos tomadas a mediados de agosto. La estructura económica del país ha cambiado radicalmente. La economía del Perellonet se basa actualmente en el sector terciario. Los habitantes experimentaron una bonanza económica que les permitió pensar en ampliar la superficie de sus viviendas. La manera de hacerlo es curiosa. La clave de la bóveda se usa para soportar un muro portante y el extremo de un forjado de viguetas. El otro muro queda soportado directamente por el suelo. El piso queda, por tanto, desplazado media crujía de la planta baja produciendo unos curiosos perfiles escalonados. Los patios han quedado colmatados por barraquitas. La densidad de lo construido se ha multiplicado.

En este punto podemos retomar el hilo del discurso inicial sobre los prejuicios culturales. Estamos ante uno de los pocos ejemplos españoles de vivienda social con una espacialidad genuina, con personalidad. Pero es una espacialidad de pobres proveniente de unas barracas que ellos mismos habían denostado. Estamos hablando de un barrio pobre para gente pobre, de casas pequeñas que solo podían ser ampliadas de manera creativa y no convencional. Se puede afirmar sin miedo a equivocarse que si las casas no se hubiesen ampliado ya no existirían. Algunas, de hecho, ya han sido derribadas y substituidas por cubos de obra de fábrica estándar sin gracia ni arquitectura. Lamentarse de sus alteraciones es lamentarse de lo que las ha salvado.

Este barrio confronta también a los arquitectos con nuestros propios prejuicios culturales. Nuestra apetencia por las arquitecturas populares es bien conocida. No lo es tanto la impostura de esta apetencia. Veréis, a los arquitectos no les suele gustar la arquitectura popular. Lo que les gusta es el potencial que tiene esta arquitectura para transformarse en otra cosa. Tomemos las casitas de pescadores más convencionales de la costa mediterránea (es decir, sin tejados empinados de paja de arroz) con sus huecos pequeñitos y sus persianas azules o verdes y sus emparrados y su lenguaje abstracto de aristas rectas y blancas y puras. Las arquitecturas populares son refugios contra la intemperie escasamente acondicionados, compartimentados, abarrotados. Lo que los arquitectos adoramos es la reforma de estas construcciones, ya sin tabiques, con entradas de luz cenital estratégicamente dispuestas y las escaleras originales cambiadas por escaleras metálicas que respiran por doquier y chimeneas con buen tiro y lavabos lujosos y muchos espacios donde gozar del silencio: la vida de las clases altas cultas que se han quedado con la espacialidad del lugar despreciando con condescendencia la vida de quien los había ocupado.

Lo que sucede en este barrio del Perellonet es exactamente lo mismo. Y sí: también me pasa a mí. Me cuesta mucho imaginar, aun habiéndolo visto con mis propios ojos, el interior de estas bóvedas magníficas triturado y compartimentado, con un baño pequeñito y una cocina mínima y dos o tres habitaciones minúsculas y un saloncito que es casi como una especie de corte de melón, único lugar de toda la casa donde se aprecia la bóveda. Nos gusta más imaginar los cuarenta y dos metros de superficie limpios, blanquitos, ocupados por una o dos sillas de diseño, con la cocinita artísticamente dispuesta en un rincón como si fuese una escultura y los demás servicios desplazados al exterior, con una vista a unas parras desde la ventana en lugar de contemplar el coche que necesitas para ir a cualquier lado aparcado a un metro del vidrio. Nos gusta imaginar el barrio como una especie de hotelito de villas de lujo en plan Pabellones de les Cols, uy un restaurante adyacente de paellas con una estrella Michelín. Y un parking protegido y una salida franca al canal que te evite el laberinto de vallas protegidas con alambre de púas y vidrios rotos que se interpone entre el barrio y el agua. Es decir: se tiene que hacer el esfuerzo de ver lo que hay y no lo que nuestros ojos de proyectista que quiere vender el proyecto a un promotor de la versión pija de Air bnb quieren que haya. Porque la arquitectura es también esto: edificios con una vida y con una muerte cuando lo que los ha originado no existe ya. Deberíamos pensar si nos gusta más que este barrio siga evolucionando al ritmo de los herederos de los pescadores originales o si nos gusta más una espacialidad con la pureza de la segunda residencia que remita a un proyecto desnaturalizado de sus intenciones iniciales.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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