Ayer arrancó 2019, dejando atrás un año en el que hemos celebrado el cuarenta aniversario de la Constitución y la democracia española. Pero a pesar de esos cuarenta palos parece que lo de la madurez democrática seguimos llevándolo regular. Solo así se explica que continuemos asistiendo a episodios tan lamentables como el protagonizado por el obispo de Alcalá de Henares, Juan Antonio Reig Pla, en la retransmisión de la última misa del año.

Pero vayamos por partes. Para empezar, habría que echar mano de unas de esas quejas que tanto molestan a algunos -como la reclamación de una consulta popular sobre la monarquía o fondos suficientes y sin miramientos para vaciar de una vez todas las cunetas y cerrar todas las heridas; cosas básicas a cuento de esa supuesta madurez democrática-; una queja, decía, para lamentar por enésima vez que la televisión pública de un estado aconfesional (artículo 16 de la Constitución) consagre parte de su presupuesto y de su horario a la retransmisión de servicios religiosos.

Parece mentira que sigamos todavía con esta matraca, pero seguimos, que enciende uno la televisión un domingo por la mañana y en lugar de El Conciertazo te encuentras con un señor advirtiéndote que debes arrepentirte de tus pecados, que ojito con lo que haces, y que a Pablo Iglesias, ni una aspirina. ¿Cómo sabrá este hombre, que parece tan ofuscado, lo que hice yo anoche?, cabría preguntarse. Y claro, con el mal cuerpo que te deja, te jode la resaca. Puestos a ser democráticos, deberían alternar el espacio en TVE: que un domingo se emita El día del Señor y el domingo siguiente, El día de Rosendo, por ejemplo, y que al de Carabanchel le den tanta libertad para cantar o ‘largar’ como al de la sotana. Nos íbamos a echar unas risas. Y eso, con unas cervezas bien frías, sí que permite una resaca como Dios manda.

Y es que, no contentos con poder predicar para una audiencia que en absoluto es al completo devota de sus creencias, los encargados de oficiar estas ceremonias supuestamente religiosas suelen aprovechar las cámaras –como hacía Mocito Feliz en los programas del corazón, pero sin gracia- para soltar sus arengas y calentar al rebaño. Hablan de todo menos de lo que debería ocuparles. En el sermón de Reig Pla el pasado domingo se habló mucho más de política que de religión, se citó mucho más a España que a Dios, y cualquier atisbo de caridad cristiana quedó transmutado en mensajes de rechazo y condena al ‘diferente’. Homófobo, xenófobo y totalmente crítico con el derecho al aborto y los anticonceptivos, el mitin del señor obispo no tuvo desperdicio. Sobre los abusos a menores por parte de sus compadres, los feminicidios o el drama de las familias que pierden sus hogares, sobre todo eso, nada. Y creo que no sacó a la palestra el tema de las pateras porque debió temer alargarse y que le cortaran para la publicidad. Total, que la misa fue como un grandes éxitos de Vox pero sin aplausos ni banderas rojigualdas en las bancadas. Y retransmitido con dinero de todos, eso sí.

No es la primera vez que este obispo utiliza el púlpito para cargar abiertamente contra el colectivo LGTBIQ+ y contra las políticas más progresistas de integración social, pero que lo haga aprovechando la difusión de Televisión Española resulta un verdadero despropósito. Claro que el que con niños se acuesta, cagado se levanta. La sección sindical de UGT en RTVE ha asegurado que Tomaran “todas las medidas para acabar con estas actitudes en RTVE”, para lo que denunciarán internamente y ante la Comisión Mixta de Control Parlamentaria de la Corporación RTVE. Aunque no conviene que nos engañemos. Si hasta el momento la Iglesia Católica ha conseguido mantenerse presente en la vida política española, a tenor de los nuevos aires que corren por los pasillos del poder más nos vale taparnos la nariz e ir desempolvando el misal, porque quedan por delante muchos mítines disfrazados de sermones. Y esa parece ser nuestra penitencia: que un puñado de obispos nos sigan jodiendo las resacas.

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