miércoles, 29junio, 2022
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Precarios somos, en un mundo precario

Francisco Javier López Martín
nací en la Sierra de Madrid, en Collado Mediano. Licenciado en Geografía e Historia. Maestro en la enseñanza pública. Ha sido Secretario General de CCOO de Madrid entre 2000 y 2013 y Secretario de Formación de la Confederación de CCOO. Como escritor ha ganado más de 15 premios literarios y ha publicado el libro El Madrid del Primero de Mayo, el poemario La Tierra de los Nadie y recientemente Cuentos en la Tierra de los Nadie. Articulista habitual en diversos medios de comunicación.
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¿Qué es precario? ¿Y tú me lo preguntas?

No hace falta haber hecho méritos, no es condición necesaria no haber pegado un palo al agua para ser un precario. Las personas mejor formadas, algunas de las personas más formadas en una especialidad, pueden ser precarias. Las universidades, la sanidad, están llenas de personas que viven la precariedad de alta cualificación en sus empleos y por extensión en sus vidas.

Basta ver a esos jóvenes que trabajan en la universidad como becarios, como asociados, como personal temporal adscrito a un proyecto financiado. Basta ver cómo preparan sus clases, escriben artículos para publicar en revistas especializadas, elaboran nuevos proyectos, se presentan a plazas que nunca serán suyas, terminan sus doctorados sacando tiempo de donde no lo hay.

Su vida se consume ante un ordenador, transitando de una clase a otra, respondiendo correos, whatsapp, viajando a un seminario, unas jornadas, un encuentro, perdiendo vida personal sin que por ello crezca su vida profesional. Juventud sobrecualificada que termina trabajando en otra cosa cualquiera que permita una mínima estabilidad y construir una familia.

La precariedad va ganando espacio en nuestras vidas, se adueña de nuestro tiempo, de cada hora de dedicación, organiza nuestras tareas, las acelera, nos consume, fractura nuestras vidas, impide que hagamos lo que soñamos un día hacer y nos exige asumir papeles y funciones que nunca quisimos realizar, a un ritmo acelerado que nunca deseamos, que nos convierte en maquinaria de usar y tirar. Identidades rotas.

Trabajadores precarios, sí, pero a tiempo completo, en todo momento, sin derecho a desconectar, asumiendo que lo laboral, lo social, lo personal están interconectados de tal manera que ya no somos invisibles en ningún espacio en el que nos movamos, o en el que permanezcamos quietos.

Sometidos de forma permanente a controles, seguimientos, evaluaciones, chequeos. Piezas prescindibles de plataformas en las que nos dejamos lo mejor de nosotros mismos, conscientes de que cualquier tropiezo puede traducirse en nuestra desaparición.

Porque precariedad es visibilidad absoluta, pero también clandestinidad, invisibilidad, sensación de intranscendencia. Por eso sacamos pecho, intentamos ir de sobrados, dominamos nuevas tecnologías, nuevos términos y denominaciones que nos dan cierta aparente seguridad, hasta que perdemos el acelerado tren del progreso. Es muy fácil perderlo.

Millones de personas trabajan de forma regular, o irregular, en servicios de mantenimiento, limpieza de hogares, o de habitaciones de hotel, repartiendo comida, productos, embarcados en plataformas, cuidando ancianos, o niños, ocio, turismo, a lo largo de toda la geografía de un país.

Los trabajos han perdido su valor. Los empleos se han dividido entre aquellas personas que tienen puestos de trabajo ordenados, bien pagados, con jornadas razonables, cursos de formación, prevención de riesgos laborales, planes de igualdad y aquellas otras personas que sólo acceden a empleos temporales, mal pagados, inseguros. Empleos precarios que se extienden a cada vez más sectores y que son el reflejo de un mundo globalizado, pero en descomposición.

El problema es que se van destruyendo empleos que antes eran estables, el paro se convierte en estructural para una parte de la población que ya nunca encontrará trabajo, al menos trabajo decente y aumenta la precariedad, crecen los empleos mal pagados y desregulados. Aparecen cada vez más personas que trabajan y no ganan lo suficiente para vivir dignamente, los trabajadores pobres.

El trabajo servía para integrar y hoy integra cada vez menos. No es que el trabajo desaparezca y se extinga como algunos vaticinan, sino que el empleo que generamos, ya sea más o menos cualificado, es precarizado. Sometido al riesgo del desempleo, de condiciones irregulares, de desprotección, de imposibilidad de afrontar la construcción de un proyecto de vida personal y familiar.

Este es uno de los mayores retos que tenemos por delante en nuestras sociedades, amenazadas constantemente por problemas económicos y medioambientales cada vez más difíciles de gestionar, que producen tensiones sociales y la aparición de respuestas políticas ajenas a la democracia.

A este reto deberemos responder profundizando en la vertebración social y en el diálogo que nos permita acordar soluciones justas y equilibradas. Por eso la Reforma Laboral en curso, fruto del acuerdo entre gobierno, empresarios y sindicatos, no es ciertamente la solución definitiva, pero es un paso que, por primera vez, no contempla retrocesos y sí unos cuantos avances.

El primer paso en un camino que tendremos que andar, porque o entendemos que estamos obligados a buscar el entendimiento, o nos perderemos irremisiblemente en el mar de la confrontación, en el caos de vidas precarias en un mundo precario.

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