Pablo Iglesias, durante su comparecencia en la Comisión del Senado.

Lo que tenía que ser una anodina Comisión del Senado sobre la financiación de Podemos ha terminado convirtiéndose esta mañana en un agitado exorcismo contra Pablo Iglesias. Desde el principio se ha visto que Luis Aznar, portavoz del PP, estaba dispuesto a sacarle el demonio rojo del cuerpo al líder de la formación morada y que no iba a parar hasta conseguirlo. Aznar, al que solo le ha faltado levantar el crucifijo bruscamente y soltarle unos latinajos a Iglesias, ha hecho las veces de padre Karras para devolver al poseso bolivariano a la senda de la religión constitucional. Y por unos momentos parece haberlo conseguido, ya que Iglesias ha terminado confesando que en el pasado dijo cosas sobre Venezuela que ya no comparte.

Armado con una batería de vídeos del pasado que ha ido arrojando uno tras otro sobre el rostro de Iglesias, como si se tratara de brochazos de agua bendita, el padre Karras-Aznar ha dado rienda suelta a su exorcismo. Ha sido entonces cuando se ha iluminado la pantalla de televisión de la sala del Senado y se ha visto a un Pablo Iglesias mucho más joven y enérgico, el pura sangre que era antes, cuando aún no había sido domado, cuando aún hacía proselitismo del modelo chavista: “Qué envidia me da Venezuela. Es muy interesante vivir en un país como este, en el que se están produciendo tantos cambios y tantas transformaciones que pueden convertirse en un ejemplo democrático para los ciudadanos del sur de Europa”, decía hace solo unos años.

Tras finalizar la filmación, y entre murmullos, sonrisas y sonrojos, Iglesias ha tenido que reconocer que aquellos coqueteos con la revolución venezolana solo fueron pecadillos de juventud. “Rectificar en política está bien. La situación política y económica es nefasta”, ha admitido el líder podemita sobre el caos social que impera hoy en el inmenso psiquiátrico en que se ha convertido el país de Maduro. Ante el estupor de sus señorías y la mirada de desaprobación del inquisidor Aznar, el líder de Podemos se ha visto obligado a abjurar del bolivarianismo, del comunismo y del revolucionario asalto a los cielos. “Y sin embargo se mueve (eppur si muove)…”, ha debido pensar para sus adentros, mordiéndose la lengua, un impotente Pablo Galileo. Sabia decisión la que ha tomado Iglesias al rectificar y hacer propósito de enmienda. Con la socialdemocracia desplomándose estrepitosamente, Vox subiendo como la espuma y los indepes trazando el plan definitivo para tomar el Parlament por la vía eslovena no era cosa de seguir apostando a un perdedor como Maduro y terminar arruinando lo que queda de Podemos.

“Estaré encantado de acudir a cualquier foro político o espacio de debate para debatir sobre cosas que pude decir en el pasado y en las que me equivoqué”, ha dicho tirando de ironía para salir del atolladero. Eso sí, Iglesias se ha mantenido firme en que no hubo financiación ilegal ni de Venezuela ni de Irán ni de ningún otro Estado, ya que la Justicia ha archivado hasta diez querellas contra Podemos por esta causa. “No, no he trabajado para el Gobierno venezolano”, ha repetido Iglesias. “Si pretende sugerir que ha habido financiación de Venezuela a Podemos, le digo que no”, insistió ante el inquisidor del PP de ojos encolerizados.

El exorcismo ha sido de tal calibre y tan violento que el líder de la formación morada incluso ha pedido perdón por haber querido azotar hasta hacerla sangrar a la periodista Mariló Montero. “Siento muchísima vergüenza de haber hecho una broma machista imperdonable. A veces lo único que uno puede hacer es pedir disculpas y decir: Esto lo hice mal”, ha confesado.

Poco a poco, entre palabras resignadas y algún que otro exabrupto contra el PP que todavía salía de su boca (“ustedes usaron la policía para proteger a sus delincuentes y crear pruebas falsas”) el endemoniado revolucionario iba perdiendo fuerza y entrando en razón, enderezando el cuerpo y el espíritu, y hasta la coleta del íncubo parecía perder el fulgor ígneo e indómito de los viejos tiempos del 15-M.

Cuando la comparecencia tocaba a su fin y el exorcismo parecía ya definitivamente consumado, Iglesias recitaba, entre entregado y lacónico, unos párrafos de La venganza de don Mendo, de don Pedro Muñoz Seca, a modo de epitafio: “Aquí mismo, este puñal, / nos dará muerte a los dos. / Primero lo hundiré en ti, / y te daré muerte, sí, / ¡lo juro por Belcebú!, / y luego tú misma, tú, / hundes el acero en mí”. A lo que el inquisidor Aznar repuso: “Una y otra vez pasé; / pero nada conseguí. / A la cuarta me planté / volví la carta… y perdí”.

Y así fue como el desafiante Satán rojo fue reducido a la categoría de simpático duendecillo del sistema. Aunque quizá, a fin de cuentas, lo que hemos visto esta mañana en el Senado no haya sido un exorcismo real, sino tan solo un teatrillo, una mascarada, una puesta en escena tan hábilmente tramada como falsa.

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