Esta pasada semana, el miércoles al mediodía, sonaron las campanas en los pueblos de mi provincia, de otras provincias cercanas, de otras Comunidades tan ignoradas como la mía e incluso frente al Congreso de los Diputados. Doblaron de pronto las campanas y no llamaban a misa, ni se había muerto nadie, ni había incendios o alarmas. Que va. Las campanas son la voz ancestral de las Españas sencillas, ignoradas, menospreciadas, olvidadas y vaciadas a conciencia. Y esas Españas que agonizan recurrían a esa voz para gritar, para llorar, para exigir, para demostrar que, pese a todo, siguen vivas y el vacío no es total. Aún. Protestaban, en fin, las Españas que no se llaman Madrid, ni Cataluña, ni Euskadi, ni Levante valenciano, ni esos otros puntos inconexos que prosperan, al margen del conjunto, en un país descoyuntado, incapaz de armonizarse.

También en eso somos un país fallido. Yo he vivido otras realidades y no, no es inevitable que lo urbano crezca y se concentre, mientras lo rural se encoge, se despuebla y se extingue “porque son los tiempos y la Historia y las circunstancias económicas”. Chorradas. Un país, o es un proyecto compartido, en el que todos tienen sitio y hueco, o es otra cosa bien distinta, en el que unos viven estupendamente a costa de la ruina ajena. Siempre ha sido así, tanto en el colectivo, como en lo individual. Y no es menos cierto que nadie regala nada a nadie, por lo que un país ha de ser también un diálogo permanente, una sucesión de gritos y de lemas, de presiones encontradas o cruce de demandas, de modo que todos puedan decir a lo que aspiran y tengan posiblidad de recibir su parte. El problema es que cuando se debilita en exceso a partes cada vez mayores del país, éstas pierden su capacidad de negociación o de presión y todo se desnivela hasta límites irreversibles.

En ese punto estamos. Una España próspera que crece en forma de islas se lo lleva todo, a cambió de vaciar cuanto existe a su alrededor. En ese esquema, suicida desde un punto de vista colectivo, Madrid Comunidad se ha desquiciado y es ya un enorme desagüe que succiona sin contemplaciones toda la riqueza de los alrededores, hasta convertirlos en desiertos demográficos y económicos. Contra ese fenómeno de un España hemipléjica que no sabe vivir de forma armónica y equilibrada han doblado esta semana las campanas de los pueblos de mi infancia. No doblaban para que nos oyeran los grandes dirigentes de las zonas superpobladas: no somos tontos y los sabemos sordos a cualquier demanda de zonas sin votantes. Doblaban porque todos tenemos derecho a llorar de vez en cuando, para desahogarnos. La España vacía lloró esta semana desde miles y miles de campanarios. La semana que viene –es un decir- espero que salga enfurecida a pelear por sus derechos. Confiar en su muerte silenciosa y resignada es desconocer la fibra de la que sus pobladores estamos hechos.

Temblad, culpables.

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