La pandemia del Covid-19 arrasó tanto que hasta destapó vergüenzas españolas ocultas con más o menos fortuna. La inacción e ineficacia ante alertas y datos sobre un virus mutante, desconocido, fácilmente trasmisible entre humanos sólo excusaba la imprevisión ante sus devastadoras consecuencias. Ningún sistema sanitario metaboliza, en tan corto espacio temporal, tantos pacientes dentro y fuera de hospitales, ni tantos críticos en UCI a la vez. Esa verdad debe considerarse sobre la pandemia global.

Las entendederas populares pivotan su rabia por lo acaecido hacia los gestores de una crisis sin precedentes. Esta oficiosa Tercera Guerra Mundial no tiene soldados. Tampoco vertió sangre ni violencia al principio, porque asfixia y se ceba en la población más vulnerable: mayores de 65 años con patologías previas, polimedicados e inmunodeprimidos.

España, antes del 2020, ya renqueaba en cuanto a los números de la sanidad pública. Recortes de la Generalitat catalana, gobierno vasco, PP (durante gobiernos de Rajoy, en Madrid y Comunitat Valenciana) y PSOE (décadas en Andalucía) externalizaron servicios, precarizaron –encima– infraempleos y desbandaron a los profesionales hacia Europa y otras comunidades españolas. Esa realidad hizo el caldo gordo a empresarios, multinacionales sanitarias y aseguradoras privadas, que pagan menos aún a sus plantillas.

Las vergüenzas españolas son patentes en cuanto al colectivo de pensionistas, mayores, discapacitados y ciudadanos con la movilidad limitada. Durante la pandemia, al principio, nos tranquilizaban sobre la baja letalidad del Covid-19. El mensaje era que apenas aceleraba la muerte de enfermos con patologías con muy avanzada edad. La curva epidemiológica relativizó esa consigna, que sólo intentaba no alarmar más.

Sin política de estado

Winston Churchill, el que pidió ‘sangre, sudor y lágrimas’ para aguantar ataques nazis, también diagnosticó: ‘los políticos sólo piensan en ganar las próximas elecciones, los estadistas trabajan para las futuras generaciones’. Pues bien, España como estado carece de políticas de gobernanza consensuadas e intemporales sobre asuntos esenciales: seguridad, sanidad y educación pública, defensa, política exterior; sobre minorías, mujeres, natalidad, inmigrantes, cultura, pensionistas…

Como estado soberano tiene delegadas competencias propias en autonomías y no de forma uniforme. La excepción vasco-catalana y foralidad navarra rima con la gallega, otras autonomías sin lengua e historia ‘oficial’ nacional. Se parchea un mapa interregional que avanza como puede. Arrancó con el ‘café para todos’ del ministro y catedrático Clavero Arévalo, que desertó de la UCD en 1980, para franquear un pasteleo plus café.

Tendencias y pensamiento único

La libertad de la sociedad española triunfó sobre los corsés sociales que impuso el franquismo. La globalidad que nos ordenan estándares foráneos desde el consumismo desaforado, culto al cuerpo y, en suma, lo políticamente correcto sustanció modas en las últimas décadas. La irrupción digital vehicula estos mensajes en detrimento de medios informativos que creíamos imperecederos (prensa en papel, radio y TV) bajo el prisma de un ‘pensamiento único’ que apenas esbozamos en su génesis.

Esa tendencia prima lo light, lo bio, lo ágil, lo joven… lo que se vende para que sea comprado compulsivamente y sin preguntar. Lo frágil, vulnerable y costoso se deja de lado porque no resulta rentable con el tiempo. Ahí, como mero producto de marketing menor, se ubica a la población que trabajó para que sus herederos disfruten del estado del bienestar que ellos no conocieron. Nuestros padres y mayores, estimados lectores y lectoras, merecen más respeto. Más ayuda. Más sensibilidad social.

Ese oficioso ‘pensamiento único’ llega en un momento especialmente doloroso para la España del principio del siglo XXI. Con 9,4 millones de mayores de 65 años en el censo poblacional en un país donde quienes trabajan no llegan a los 20 millones sobre censo global de 47 millones puede decirse sin complejos que España se avejenta a pasos de gigante.

El maltrato al mayor

Además de los fríos números hay otros aspectos que explican por qué vamos camino hacia un país de mayores. Un factor esencial es que la sanidad pública prolonga la vida que en la década de los 60 del pasado siglo mediaba entre los 55-65 años. España es un país en el globo donde más bienestar y salud tienen nuestros jubilados. La media de vida alcanza hasta los 80-82 años para los hombres y entre 84-86 para las mujeres.

Quienes empiezan a cobrar jubilaciones dejan de interesar a la sociedad tal y como está configurada. Si carecen de ahorros o patrimonio sin deudas, la pensión apenas les hace sobrevivir mientras ciertos gastos se multiplican (fármacos, tratamientos no subvencionados y seguros sanitarios privados, viajes, hobbies, vacaciones…). Muchos de ellos se crean al tener un ocio antes impensable.

Los mayores españoles sufrieron la guerra fratricida, la posguerra del odio, hambruna y aislamiento internacional. También, privaciones, emigración, exilio, peores condiciones laborales que las actuales, sueldos bajos, mujeres no emancipadas ni trabajadoras.

Igualmente pagaron altísimos intereses a una banca y cajas de ahorros codiciosas por hipotecas infinitas o créditos impagables. Con la crisis de la subprime, esos mayores acogieron y alimentaron en sus casas a los desempleados/as de la familia, divorciados/as. Otros fueron sacados de asilos para rapiñarles la pensión que se estira como chicle sin tasa.

Esta generación de mayores sufre con espanto más maltratos: peleas de familiares por herencias -haya o no muerto el testador/a-, divorcios traumáticos de hijos e hijas que les alejan de nietos/as, nueras, yernos, consuegros/as o ex parejas. En esas guerras los mayores suelen ver la batalla en silencio callando lo que hace gritar.

La conflictividad que alcanza a nuestros mayores también se ceba con ellos mismos cuando tienen algo para repartir. Cuidadores desalmados, telemarketing agresivo, y hasta familiares sin escrúpulos que les visitan en asilos o casas con notario ‘a la carta’ para modificar testamentos u otorgar poderes de ruina. Qué decir de la avalancha de incapacitaciones que tramitan juzgados de familia españoles para que algunos tutores saquen lo peor de su condición humana.

El maltrato sobre dementes o impedidos es digno de castigo divino, pues el reproche judicial terrenal es peor que la nada. El ‘honrarás a tu padre y a tu madre’ que establece el cuarto mandamiento bíblico parece, conociendo ciertas realidades, brindar al sol. Aunque Código Civil y jurisprudencia invite a valorar, aceptar su autoridad, respetar y cuidar a los mayores.

El ejemplo, el consejo, la experiencia

Todo lo escrito tiene grandes paradojas fuera de España. En las ancestrales culturas africanas el espíritu tribal considera que cuando se muere un anciano se cierra una biblioteca del saber. La vida de clan simboliza en sus mayores el ejemplo, la cultura que les sobrevivirá, la historia que debe conservarse y trasmitirse. A los mayores se les respeta además porque han superado los avatares vitales. Los que les hace fuertes y adaptativos.

En numerosos países asiáticos prevalece la cultura religiosa. En parte cargada de espiritualidad, en parte cargada de dogmas musulmanes, de Zoroastro, judaicos, hindúes, budistas, sintoístas, animistas… Casi todos coinciden en concederle poder y referencia a los más mayores. Los ‘consejos de ancianos’ que encabezan colectivos humanos son el poder que asesora y ejecuta el proceso de toma de decisiones. Hasta esa cota de respeto se fajan reyes, presidentes, sultanes, emires, emperadores o dignatarios que oyen y siguen los consejos de los más experimentados.

En España, sin embargo, el miedo a la muerte -por tenerla próxima- vela en parte visibilidad social a los más mayores, a los que lo dieron todo para que se viva mejor en la actualidad. Hay un dato que papita hoy y que nos llega por siglas: ERE y ERTES o prejubilaciones. Durante años para muchos/as era una bendición dejar de trabajar y cobrar. Pero el tiempo demostró que las cargas en pagar pensiones incrementaron la economía sumergida, la competencia desleal. Muchos mayores están en ello porque no les alcanza la pensión y porque quieren sentirse útiles sin dejar de cobrar.

La cruda realidad

Estos días que vemos amontonados ataúdes fuera de tanatorios, funerarias colapsadas y que la pandemia se cebó especialmente sobre residencias de mayores son especialmente tristes. Casi un 40% de los fallecidos por el Covid-19 son mayores de 65 años si nos guiamos de estadísticas ‘oficiales’ poco creíbles porque una minoría fue diagnosticada.

Más triste es que en residencias y hogares de soledad aparezcan sin vida mayores siendo los asilos donde más, y más rápido, fulmina el maldito virus. El mismo que nos hace llorar de impotencia porque se llevará a otro mundo a más personas que la gripe, patologías adquiridas, el cáncer o el corazón. Esta pandemia es particularmente cruel porque no arranca la sangre del cuerpo, asfixia del oxígeno que precisamos para vivir.

Sirvan estas líneas para reivindicar la dignidad de nuestros padres y abuelos. Si estos días de confinamiento nuestros aplausos van por los profesionales sanitarios debemos extenderlos por el pésame y luto por los mayores que nos dieron vida y nos enseñaron el camino. Si antes aplaudíamos a futbolistas, toreros y deportistas millonarios, ahora debemos batir palmas y reflexionar hacia dónde iremos en el futuro más inmediato.

La pandemia ha cambiado todo en un instante. Deberá modificar nuestra escala de prioridades sociales. Una de ellas se centra en respetar y apoyar a nuestros antecesores. No pisamos este mundo por casualidad o azar. De bien nacidos es ser agradecidos. Va por ellos y ellas.

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