¿Se acuerdan de Ángel Hernández, el hombre que ayudó a morir a su mujer enferma de esclerosis múltiple tras una larga agonía? Cómo olvidar aquel rostro atravesado por el amor y el dolor, cómo no recordar aquellos ojos llenos de ternura, de compasión y de preguntas sin respuestas. A Ángel el fiscal lo acusa ahora de un delito de cooperación al suicidio y le pide seis meses de prisión, si bien es cierto que el Ministerio Público se muestra favorable a su indulto en un momento posterior del proceso. O sea que primero condenan al inocente y después lo libran de la mancha del castigo. Así es la tediosa y absurda maquinaria de la Justicia, un monstruo ciego que no conoce de sentimientos sino de penas, agravantes y atenuantes.

Hace tiempo que España se ha convertido en un país kafkiano, un Macondo extraño donde ya no rigen las leyes fundamentales de la naturaleza sino más bien una especie de realismo mágico o mundo al revés borgiano donde cualquier cosa es posible, desde que un rey salga por piernas para refugiarse en un lejano desierto hasta que un franquito revivido y a la bilbaína regrese del pasado para arrastrarnos a los tiempos del NO-DO. El día que desenterramos a Dalí se desató el surrealismo y ahora nos encontramos con este caso absurdo y sangrante, la historia de un falso culpable hitchcockiano, de un ser bueno y piadoso atormentado por el sistema, de un ángel al que han llevado al banquillo de los acusados simple y llanamente por haber librado a su amada del sufrimiento insoportable que supone una enfermedad degenerativa. A Hernández lo han condenado a la cadena perpetua de la mala fama y los antecedentes penales tras colgarle el cartel injusto de colaboracionista del suicidio asistido. Castigando a este hombre para indultarlo después en una extraña cabriola jurídica que esconde un inmenso cinismo y una insoportable hipocresía, el establishment nacionalcatolicista de Lesmes pretende no ya dar un escarmiento al pobre y maltratado Ángel sino a la ley de eutanasia y al Gobierno rojo, bolivariano y ateo. En realidad todo esto no es más que un paripé político de unos poderes reaccionarios en el que el reo cumple el papel de chivo expiatorio. Si hubiesen querido hacer justicia de verdad con Ángel Hernández le habrían puesto un monumento, una calle o una plaza como pionero del derecho a morir en paz, aunque luego llegaran las hordas del fascismo y del fundamentalismo religioso para fusilarlo a brochazos de pintura roja y a crueles martillazos, como han hecho con Largo Caballero.

En Francia sufren la peste de los locos de la cimitarra que van por ahí rebanando pescuezos a los viñetistas de Charlie Hebdo y a los maestros heroicos que enseñan en las escuelas lo que es la Liberté, Égalité y Fraternité. Aquí tenemos a nuestros Torquemadas ultracatólicos de siempre, gente que no entiende lo que es el amor y el altruismo, clérigos y jueces insensibles que a falta de autos de fe y causas generales por herejía ponen a un hombre bueno en la picota del tribunal para hacerle la vida imposible y añadirle un doble calvario: el judicial que viene a sumarse al que ya arrastra desde hace años por haber tenido que administrarle el pentobarbital sódico a la mujer que amaba. “Tal como había acordado la pareja, sobre las 10.00 horas del día 3 de abril del 2019, estando solos en su domicilio, Ángel, con la intención de cumplir el deseo de María José, que estaba inmovilizada en su cama, vertió la sustancia que tenían en un vaso con una pajita y se lo acercó a la boca, siendo ella la que lo ingirió con la pajita y…”, asegura el estremecedor relato de la Fiscalía. Hay que ser muy de una pieza y tener la sangre muy fría (o muy caliente, según), para hacer algo tan grande, tan noble y tan sencillamente humano.

La pandemia nos está enseñando a convivir con la muerte, que se cruza con nosotros cada día sin que veamos su afilada guadaña. Nos habíamos acostumbrado a nuestras vidas apacibles de inmortales occidentales a salvo del infortunio y la desgracia. La fatalidad y la miseria eran cosas de africanos tercermundistas −allá ellos si querían jugarse la vida en las pateras del Estrecho−, y morirse siempre era una desgracia que ocurría a los demás. La historia había llegado al final, como decía el filósofo chino aquel, y pasábamos la vida en asuntos triviales como el trabajo, la hipoteca, el precio de la gasolina y los partidos de la Champions. Ahora que ha llegado un ángel exterminador del Lejano Oriente para ponernos en nuestro sitio biológico nos hemos dado cuenta de que la muerte estaba ahí por mucho que quisiéramos ignorarla, ocultarla en tanatorios asépticos y taparnos los ojos ante los telediarios. Ahora caemos en la cuenta de que no éramos nada, solo simples seres egoístas, débiles, hedonistas y temerosos, y lo que es aún peor: comprendemos que no somos capaces de vivir sin entrar en un bar o irnos de estúpido puente. Nos habíamos convertido en muertos en vida, zombis de las sociedades de consumo como en aquel Ensayo sobre la ceguera de Saramago. Bichos raros que a falta de una tragedia gorda como esta que nos enseña el auténtico valor de la existencia humana se habían instalado en una pandemia de imbecilidad contagiosa. “No me ha querido saludar. La gente cuando me ve no sabe qué decirme. Huelen a muerto”, decía Ricardo Darín en aquel magnífico papel de desahuciado en Truman, la imprescindible película de Cesc Gay que trata sobre los últimos días de un enfermo terminal, sobre la verdadera amistad y el amor a los perros. Estremece comprobar cómo el personaje va tomando conciencia de su finitud, de su mortalidad en un proceso-catarsis por el que transita hoy la humanidad entera en medio de un paisaje de peste y horror.

Ahora que empezamos a saber que la vida era esto, la descarnada y animal lucha por la supervivencia, un resistir y salvar el pellejo cada día, nos encontramos con uno de esos ejemplos que nos dan una lección de decencia, de valor y dignidad ante la muerte. Por mucho que quieran indultarlo en diferido, Ángel Hernández jamás tendría que haber pasado por esto, jamás tendría que haberse sentado en ese banquillo de los acusados que es como un potro inquisitorial organizado por gente siniestra que tiene una Biblia carcomida en lugar de un corazón.

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