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Julián Arroyo Pomeda
Catedrático de Filosofía Instituto
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Estoy escribiendo esto la tarde del día 7 febrero, justo una semana antes de las elecciones catalanas. ¿Qué ocurrirá? Me interesan mucho los resultados, que espero desde Madrid, donde vivo. Solo dos formaciones políticas tienen posibilidades de alzarse con el triunfo. Las demás no cuentan. Están condenadas al silencio. Una es la continuista en manos del independentismo. La otra, la socialista, que, por una vez planta cara a gobiernos de la matraca autodeterminacionista.

Un cierto aire nuevo podría entrar con el candidato Illa. Todo puede permanecer igual, si gobernara Aragonés. Nadie se mueve ni un milímetro en sus conocidas posiciones. El resto es silencio. Los presos están interviniendo ahora y ejercen sus derechos políticos. Me parece bien que lo hagan y mal que dure demasiado tiempo su encarcelamiento. Están tardando mucho los indultos, que, quizás, se gestionarán cuando acaben las elecciones. No se dará un momento más oportuno. La solución de los casos tiene que ser política.

Somos una democracia y por eso hay que resolver los problemas, por graves que sean, con generosidad. Muchos ladrarán por ello, pero también otros muchos continuarán haciendo camino. La judicialización de los conflictos no es la mejor solución, dado que, incluso con la violencia legítima del Estado, “lo volveríamos a ser”, como dicen los perjudicados.

Afortunadamente, Illa no será otra Arrimadas, que ganó las elecciones anteriores y sólo se le ocurrió hacer el ridículo hasta marcharse después de Catalunya, donde vivía. Illa es el hombre tranquilo y sensato. Ya ha dicho que, si gana las elecciones, presentará su candidatura, que es, por otra parte, lo que tiene que hacer. Así, el resto de las formaciones quedará en evidencia con los votos que cuenten. También dice con claridad con quién gobernará y a quién rechaza, pero queda una pequeña nebulosa política, que también cuenta, aunque tenga que clarificarse.

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También se sabe con quién gobernará Esquerra republicana, que lo hará con todos los partidos de ahora, que no han ido a ninguna parte. Y no aprendieron la lección todavía, porque están dispuestos a permanecer en el error. Creo que solo en la oposición podrían recorrer el camino del desierto que necesitan. Ya han visto a lo que conduce la rigidez política y los enfoques unilaterales. Queda todavía por explorar el multipartidismo político. Se imponen las condiciones y las propuestas de diálogo, que pacificarían el universo catalán en plena efervescencia. El candidato Illa es un ejemplo de propuestas progresistas y positivas para avanzar, estando por encima de las polémicas, a las que somos tan dados los españoles, que, generalmente, ponemos las vísceras por delante para arremeter contra todo, impacientes por derrotar al adversario.

No sobra nadie en Catalunya. Por el contrario, la tarea es tan ingente que sólo remando juntos y colaborativamente podrían superarse las dificultades. Precisamente por huir de las polémicas se puede unir al conjunto y desde aquí las diferencias tienen que ser tratadas. Dialogar para ofrecer todas las explicaciones necesarias, exigiendo paralelamente soluciones con la fuerza de la razón. No pueden permanecer dos bloques herméticos, cerrados entre sí, hasta formar una divisoria de rechazo absoluto. La dialéctica del o conmigo o contra mí no es propia de una democracia. Las fuerzas han de estar coaligadas, porque, de lo contrario, una mitad de catalanes estaría siempre en contra de los independentistas, proclamando que desean ser tanto catalanes como españoles. Esta divisoria tan radical no puede ser buena para el conjunto, dado que solo produce violencia. Decir que los enemigos nunca podrán ser amigos conduce a la guerra sin cuartel en la que solo caben vencedores o vencidos. ¿Por qué nos empeñamos en permanecer en tal situación? Sobrados ejemplos tenemos de esto en el país, lo que ha sido negativo para todos, porque seguimos sin entendernos todavía en medio del cainismo que nos rodea. Sin esperanza.

Hace falta cultura del encuentro. Alguien tiene que llamar a la sensatez para hacer posible que la gente se encuentre y hable con objeto de llegar a entenderse. Al principio era la palabra, según Juan 1, 1. Tendríamos que concedernos la palabra y escucharnos más hasta aprender lo que es justo e injusto, bueno o malo. Dialogar es necesario incluso para plantear la autodeterminación de un pueblo, lo que no es posible alcanzar sin un consenso previo. No se puede tirar por la calle de en medio y decidir unilateralmente, empleando un autoritarismo salvaje o, al menos, fuera de lugar. Una situación como esta tiene una complejidad aterradora y hay que proceder con paciencia infinita para no producir heridas que puedan resultar incurables. Expulsar por la fuerza a todo el que no esté de acuerdo sería un atropello intolerable en el siglo XXI, que no podría aceptar ningún Estado civilizado.

Solo queda que los resultados de estas elecciones invistan a un líder que tome las riendas con determinación y con la fuerza de los votos reconduzca la situación dramática en la que vive Catalunya, inmersa en situaciones sociales insoportables. En el diálogo entre  Eddie y Catherine, de la obra de Arthur Miller, este le dice a Catherine: “Me da escalofríos ver cómo caminas por la calle, lo digo en serio”. Seguimos corriendo el peligro de que “las cabezas giren como molinos” ante ello. Catalanismo sí, pero abierto siempre. Alguien tendría que parar esta posible tragedia de resultados tan inciertos como peligrosos.

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