El pasado veintitrés de febrero, durante el solemne acto de conmemoración del cuarenta aniversario del golpe de Estado de Tejero y su banda de salteadores, se perdió una gran oportunidad de anunciar la tan esperada desclasificación de los documentos que nos explicarían de una manera clara e inequívoca la  verdad de lo que sucedió aquel fatídico día. A través de esos documentos sabríamos de una vez por todas, sin especulaciones que valgan, cual fue el papel del rey Juan Carlos I en toda esta penosa, vergonzosa y repugnante historia. Y además del verdadero papel representado por el rey, sabríamos los papeles que desempeñaron el resto del reparto de actores militares, civiles y los figurantes que completaban esta obra cumbre del esperpento. Haciendo público el guión original sabríamos la verdadera secuenciación de las escenas, los diálogos, las anécdotas, tomas falsas y todos los avatares de una película que nos han contado muchas veces pero que todavía no  hemos visto en la versión original, la que está en los documentos que deberían alumbrar los espacios que aun permanecen en sombra. Unos documentos que deberían ser hace mucho tiempo de dominio público y que todavía no lo son. Igual es que los que tutelan esta democracia nos ven todavía muy inmaduros, muy impresionables, y consideran que no estamos preparados para este tipo de información. Y en estos últimos cuarenta años, que se dice pronto, solo han querido que viéramos algunas escenas, las ya bien conocidas de la entrada de Tejero y su partida de malhechores disparando a diestro y siniestro, muy al estilo de las películas del Oeste donde los malos entran al abarrotado y humeante Saloon disparando y gritando como posesos, con el ruido de fondo de una pianola que no deja ni un momento de sonar. Pero estamos seguros que detrás de esta típica escena del viejo Oeste trasladada al Congreso de los diputados, hay otras escenas inéditas no tan espectaculares aunque si con más miga y mensaje argumental. Estamos seguros que en la película del golpe hay escenas enteras muy importantes y jugosos diálogos muy reveladores que explicarían muchas cosas y que permanecen cortados, todavía incomprensiblemente censurados después de tantos años. No dejamos de preguntarnos que si no hay nada que ocultar por qué lo mantienen en secreto y si lo hay, por qué los partidos políticos que nos representan no presionan para acabar de una vez con estos viejos misterios sin resolver.   

Desclasificar esos papeles, si es verdad la versión que siempre nos han contado de que el rey paró el golpe, supondría rescatar y arreglar un poco la desastrosa imagen de Juan Carlos I que anda más maltrecha y de capa caída que nunca gracias a su tenacidad y perseverancia en desprestigiarse a sí mismo cometiendo toda clase de desmanes, sin importarle mucho llevarse por delante, como ha hecho, a la institución que representó durante tantos años, a España como país cuya imagen exterior ha quedado muy tocada, y todos sus habitantes que subvencionamos como benditos con nuestros impuestos durante casi medio siglo su desenfrenada, desmesurada, frenética y enloquecida vida de Borbón. Una vida además de al margen de toda ley, de todo principio ético y moral. Una vida de total impunidad que señala a los que deberían haberle puesto freno y no lo hicieron. Y también señala a los medios de comunicación y su vergonzoso pacto de silencio, su autocensura, su impresentable bacinería, su asqueroso  servilismo, su abyecta zalamería más propia de una monarquía africana que de este llamado primer mundo.

Algunos, seguramente malpensados, creemos que si no se ha desclasificado nada de todo el material referente al golpe de Estado es porque hay algo que ocultar. Y ese  inexplicable ocultamiento da que pensar que quizás la actuación Juan Carlos I en el golpe no fue exactamente como nos han contado que fue. Hay quienes sostienen que fue un autogolpe para hacerse con más poder y por lo tanto con más blindaje, más opacidad e impunidad. Lo cual tiene sentido porque la necesitaba para sus fines. Los que deciden cuándo desvelar algo que permanece secreto deberían saber que no es bueno ocultar durante tanto tiempo la verdad de algo porque la gente, a falta de certezas, de los elementos de juicio que deberían disponer, empiezan a elaborar historias mejor o peor traídas, a elucubrar las más dispares versiones y algunas de ellas pueden llegar a hacer mucho daño si no se desmienten a tiempo aportando pruebas contundentes. No parece muy normal ni muy saludable para nuestra democracia que todavía circulen versiones del golpe que incriminan al rey y que las instituciones sobre las que se vierten tales sospechas no reaccionen aportando todas las pruebas con las que cuentan para desmentir de una vez y para siempre tal acusación. Igual es que lo que opine la ciudadanía les trae sin cuidado.

En el solemne acto conmemorativo de los cuarenta años del golpe, Felipe IV no solo no habló nada de desclasificar documentos y arrojar luz sobre el 23 – F sino que, muy en su línea, solo tuvo palabras de elogio para su padre del que destacó que “su firmeza y autoridad fueron determinantes para la defensa y el triunfo de la democracia, así como su compromiso con La Constitución”. Lo que también dijo el rey, para atajar las declaraciones de Pablo Iglesias cuestionando la calidad democrática de España, fue que el país “goza de una democracia consolidada en sus instituciones” y que sus valores y principios  tienen “plena vigencia”. “Qué estáis leyendo, señor? “ pregunta Polonio a Hamlet. Y éste responde: “palabras, palabras, palabras”. Algunos estudiosos creen que Hamlet está leyendo los ensayos de Montaigne, concretamente el llamado “De la educación de los hijos” donde Montaigne dice: “El mundo no es más que pura charla y cada hombre habla más bien más que menos de lo que debe. Así la mitad del tiempo que vivimos se nos va en palabrería”.

En vez de tanta vana palabrería, y ya puestos a atajar, como lo hizo con las afirmaciones de Iglesias, podía haber atajado el cada vez más  atronador runrun, el cada vez más grande, retumbante y clamoroso disgusto, el profundo cabreo debido a la insostenible e intolerable situación del rey emérito dando esquinazo a la justicia en su lujoso escondite de los Emiratos. Y el no menos importante cabreo de gran parte de la ciudadanía con los partidos políticos que vetan la más que necesaria, imprescindible investigación al emérito. Muchos creemos que el rey  debería haber aprovechado el acto del cuarenta aniversario del golpe de Estado para dejarse de “palabras, palabras, palabras” y anunciar solemnemente que el rey emérito, su señor padre, dejará de esconderse en los Emiratos y volverá a España a la mayor brevedad posible para comparecer ante la justicia como cualquier ciudadano. Y  contestará a las preguntas del juez dando la correspondiente información de sus cuentas ocultas, negocios ocultos, comisiones ocultas y todo lo oculto que envuelve a este personaje, que no es poco ni liviano.

Si Felipe VI quiere de verdad ganarse a su pueblo, que éste le aprecie y respete, tiene que dejarse de discursos vacíos y pasar a los hechos, tiene que empezar a dar algún fruto porque según el evangelio de San Mateo “por sus frutos los conoceréis”. Y de este señor todavía no hemos visto fruto alguno. Y ya va siendo hora de oír algo de él que no nos suene al viento entre los árboles, al aleteo de un abanico, al susurro de las olas. Por sus frutos los conoceréis. ¿Qué tal estaría que su compromiso con la justicia se concretara en algo más que en vanas palabras que a nada obligan y a nada comprometen?.  Pero, como todos sabemos, jamás moverá un dedo en tal sentido, tan solo leerá las cuatro palabras que le escriban en el  neutro, aséptico, frío y estéril tono institucional. Palabras vacías de contenido que lo mismo valen para una cosa que para otra y  que se diluyen en el silencio y el olvido apenas son pronunciadas. A muchos en este país nos gustaría que se hablara menos y se hiciera más porque las palabras, por muy enfáticas, rimbombantes, campanudas y floridas que sean, si no van acompañadas de hechos no sirven de nada, si acaso para adornar algunos insufriblemente largos y aburridos actos institucionales.

Al final, del acto institucional para recordar el cuarenta aniversario del golpe de Estado del 23 – F, los grandes grupos  de comunicación que controlan la información de este país, el adulterado y falsificado pienso pobre en vitaminas que consume la mayoría de la población, no desaprovecharon la oportunidad de criticar al malvado Pablo Iglesias y a sus secuaces allí presentes,  por no aplaudir, como sí hicieron todos los demás, todos ellos leales, devotos, gente de orden, buenos españoles, el discurso del rey.

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