Sisenando, conocido en la localidad como Nando o el Tío Palomas, es un robusto aldeano, de cabeza más bien grande y boina estilosa, que parece no estar sujeta a esa gran mata de pelo negro que a sus sesenta y seis años conserva en la misma plenitud que cuando tenía veinte. Siempre elegante, vive sin embargo en un caserón, frente al ayuntamiento, que conoció tiempos mejores y que actualmente tiene serios problemas de conservación.

El Tío Palomas, a lo largo de su vida, ha sido lo que ahora llamarían un emprendedor, y en su época denominaban un busca vidas. En el Chiribitil de su vivienda, hace años que instaló un palomar. Por una pequeña tronera en el tejado, entran y salen las aves que anidan en el desván y cuyas crías le dan a Nando unos jugosos emolumentos. A cambio, sus heces y el paso de los años, han carcomido el solado de madera que sujeta la tejas y numerosas goteras han acabado perjudicando seriamente machones e incluso alguna viga. Debería haber tapiado la tronera hace tiempo para que las palomas se vieran obligadas a anidar en otro sitio y haber arreglado el tejado. Pero eso significaría dejar de tener unos ingresos de los que el avaro del Tío Palomas no está dispuesto a declinar.

Y eso que no es el único negocio que Sisenando tiene montado en su casa. Por uno de los laterales del caserón, a unos diez metros, discurre un caudaloso riachuelo que Nando desvió hasta hacerle entrar en las antiguas cuadras del casón en el que habita, de forma que el agua en su caída, mueve las aspas de un generador de corriente con el que, además de suministrar electricidad a un molino, con el que también gana unos cuartos moliendo el trigo de sus vecinos, se ahorra el suministro eléctrico de la compañía. El caso es que el reguero por el que discurre el chorro de agua que mueve las palas, con el paso de los años, tiene filtraciones y ha dañado seriamente los cimientos de la casa. También debería haber cortado el regato hace tiempo y cambiar las piedras, tejas y barro, por una tubería de plástico a prueba de fugas. Pero eso significaría dejar de tener ingresos por la molienda y un gasto en tubería, desarrollo y mano de obra, que al Tío Palomas, en su insistencia por pasar una vejez feliz, considera un despilfarro.

En el lateral de la casa opuesto al reguero por el que discurre el agua del molino, el camping y centro recreativo que está situado a un kilómetro del pueblo, río abajo, instaló un enorme letrero anunciando el negocio. Como la calzada transcurre perpendicular a esa fachada, en lugar de postrarlo contra ella, le metieron una estructura metálica que cuelga de la pared, de forma que sobresaliera y pueda verse desde la carretera. El peso de la estructura metálica ha provocado unas grietas en la fachada que han cuarteado las ventanas del piso de abajo. Deformadas, hace ya algún tiempo que no se pueden abrir, ni cerrar. Los vecinos le han insistido en que retire el mastodonte cartelero de la pared, pero Nando, tampoco quiere dejar de cobrar lo que el Camping le da en concepto de alquiler.

Hace unos días, el Ayuntamiento, ante las constantes negativas a escuchar las advertencias que le han hecho llegar vecinos y autoridades, le ha mandado un requerimiento para que solucione los problemas de su vivienda antes de que pueda provocar una desgracia en el pueblo.

Pero Sisenando no es persona fácil de convencer. Atrabiliario, de los que nunca da su brazo a torcer, siempre cree tener razón. Así que, si no escuchaba a los vecinos, menos iba a leerse el contenido del certificado que le había entregado el cartero en mano. Sabía perfectamente lo que decía el escrito. Que si tu casa corre peligro de derrumbe, que si las palomas van a acabar hundiéndote la casa. Que mejor quitas el letrero no vaya a caerse y pille a algún niño. Tonterías, pensaba mientras arrugaba el sobre y lo echaba a la gloria. Mi casa está en perfecto estado. Lo que tienen es envidia. Y no voy a consentir que cuatro niñatos me digan como he de ganarme la vida. Llevo más de treinta años criando palomas y más de veinte moliendo trigo. Y jamás ha ocurrido nada. Todas las casas tienen goteras y todas también humedad. Y grietas, ni te digo. Pero nunca he visto que ninguna se haya caído.

Eran las seis de la tarde. Nando, sentado en la piedra banco, junto al zaguán de su casa, navaja en mano, degustaba un trozo de tocino entreverado y salado, con un trozo de pan y un porrón de vino al pie. Un chasquido llamó su atención. Inmediatamente, un pequeño ruido que se fue haciendo cada vez más grande. No sabía de dónde venía, ni que es lo que pasaba. Cuando quiso darse cuenta ya era tarde. Toda la casa se le había venido encima.

Dos meses más tarde, un caza-herencias se presentó en el pueblo. Nando no tenía hijos, ni hermanos. Pero había dejado tres millones de euros en una cuenta corriente, que si nadie reclamaba, se los quedaría hacienda.

 


 

Pachamama

 

«No tendremos una sociedad si destruimos el medio ambiente” Margaret Mead

«Puede que seas capaz de engañar a los votantes, pero no a la atmósfera” Donella Meadows

«La tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos” Proverbio indio.

Donald Trump es un patán, si. Pero un patán peligroso con una enorme fortuna. Y en esta coyuntura coetánea el dinero es la llave maestra que descerraja todas las puertas.

Vivimos en la época de la desinformación. La facilidad con la que hoy se puede transmitir la información, hace imposible fiarse de nada ni de nadie. La conversión del periodismo en un ejército de paniaguados al servicio de quién paga los colegios caros, las casas de lujo y los beneficios de ocio de los periodistas convertidos en estrellas y de sus familias (o el miedo a quedarse en paro y dejar de percibir ese mísero salario que apenas te permite llagar a fin de mes, para la mayoría), ha convertido este noble oficio en un efectivo método de manipulación, sesgo, y adoctrinamiento. Leer la prensa es pagar por unas gafas de madera o contratar unas vacaciones de sol y playa en el mes de diciembre en Valladolid (dónde la niebla, casi perpetua, dura semanas).

Durante los últimos meses, estamos concentrados tan efusivamente en impedir que el fascismo latente que siempre nos ha acompañado, desde hace al menos ochenta años, salga reforzado y con nuevos bríos de la madriguera en la que se refugió hace cuarenta años, que no somos capaces de prestar atención a las señales que, como la casa del Tío Palomas, nos alertan del desmoronamiento de nuestra casa que es la Pachamama que decían los Incas.

Es importante nuestra actualidad. Es importante luchar contra la demencia de unos tiranos que practican un sistema que deja pobres, miseria, enfermedad y sufrimiento. Pero no podemos aislar eso del principal problema. Este sistema de hijoputismo especulativo está acabando con el planeta y con la humanidad. De nada servirá el dinero, ni los bienes terrenales si al final el mundo se convierte en un ingente desierto en el que haya siete partes de agua salada y contaminada y una de arena sin vida.

Leía el otro día este artículo de la BBC en el que Philip G. Alston, relator sobre la pobreza extrema de la ONU, indicaba que en el país supuestamente más rico del planeta, un 19, 5 % de la población viven en condiciones de pobreza. (40 millones de pobres, 18 millones y medio de pobres extremos y 5,2 de pobres como en el mal llamado tercer mundo).

En este otro artículo, Rosa María Artal nos cuenta, entre otras muchas cosas, que en la UE son 118 millones las que se encuentran en riesgo de pobreza o exclusión, (1 de cada 5) . Y no solo es consecuencia de los cientos de miles de inmigrantes detenidos que malviven como animales desahuciados en perreras como Lesbos, sino en cualquier gran ciudad de la Unión. Paséense un día por las calles de Madrid o Barcelona a las dos de la mañana y verán la cantidad de personas que duermen entre cartones. Echen un vistazo a sus vecinos más inmediatos. Observen dónde hacen la compra (si pueden hacerla). Vayan a los bancos de alimentos y vean las colas.

El profesor de Filosofía moral y política de la UAM, Jorge Riechmann Fernández relata en este artículo de contrainformacion.es, la imposibilidad de alimentar a los 10.000.000.000 de personas que pronto pulularán por el planeta, (ahora somos unos 7.600 millones), con la agricultura intensiva insostenible que practicamos ahora y que está llevando al “Apocalipsis de los insectos a consecuencia del uso indiscriminado de biocidas (insecticidas contra las hierbas que crecen en los sembrados de cereal, contra los insectos que afean las frutas, contra los que impiden las cosechas intensivas de hortalizas y verduras, etc.)

Hace unos días, enfrascados en las jilipolleces de los cuñaos contra Cataluña, la prensa del régimen de nuestro país, apenas si le ha dedicado espacio a una noticia que de manos de la ONU, alerta sobre el peligro de extinción, por causa de los seres humanos, de más de un millón de especies en nuestro planeta. Insectos, coral y krill, son algunos destacados por Greenpeace, como los más importantes por ser directamente incisivos en el futuro de nuestras vidas.

Así que, mientras dedicamos horas en creencias absurdas y discusiones sesgadas por la manipulación informativa, sobre si el trabajo precario dignifica al hombre, sobre si las subidas de impuestos a las rentas mayores de 130.000 euros afectan a la clase media, sobre la importancia de someter toda la coyuntura a la creación de puestos de trabajo y en si hay que loar o no, a los “empresarios modelos” que dan trabajo mientras exterminan el medio ambiente o sobre si Iceta es el reconocimiento a la comunidad LGTBI o el anticristo que acabará con España, ignoramos que todo tiene un nexo común: el hijoputismo liberal.

Una internacional neofascista, que denomina Rosa Mª Artal, que niega el cambio climático y sus efectos. Que devasta y deforesta el Amazonas, que extermina el hábitat de cientos de animales en el sureste asiático para plantar palmeras, que apuesta por la economía globalizada que destruye África, que contamina Asia e Iberoamérica, que emite cientos de miles de toneladas de CO2 a la atmósfera de todos, que es capaz de ofertar cerezas en diciembre en España o melones, piñas o maracuyás a lo largo de todo el año contaminando para su transporte y acabando con las reservas de agua potable en la tierra. Un hijoputismo especulador que obliga a sembrar cereales envueltos en insecticidas que acaban contaminando los acuíferos y matando a la fauna y la flora, que modifica genéticamente los granos de cereal para que aparezcan enfermedades nuevas que son tratadas con costosos insecticidas, todo con el ánimo de lucrar más y más a farmacéuticas e industrias químicas.

Como decía al comienzo, Donald Trump y sus secuaces mariachis de la Unión Europea, son un peligro para la tierra. En 2017, USA abandonó el Acuerdo de París sobre el cambio climático. En 2018 USA abandona el Tratado sobre la no Proliferación de Armas atómicas (INF). Ahora intentan por todos los medios introducir sus garras en Venezuela y en Irán. Ambos países con una gran cantidad de petróleo necesario para seguir con esta espiral consumista que está matando a la tierra.

Mientras, permanecemos idiotizados, hipnotizados por nuestro coche, por las verduras exóticas fuera de temporada que podemos adquirir en cualquier centro comercial, por la facilidad de encontrar agua. Solo hay que abrir el grifo. Cabreados porque nos cobran un céntimo por una bolsa de plástico en un supermercado. Alarmados porque desde Burgos, no se puede acceder al centro de Madrid. Indignados porque los coches que consumen derivados del petróleo tiendan a desaparecer. Quejumbrosos porque, cuando vamos al pueblo, nuestro vecino nos despierta a las siete de la mañana con el tractor o porque el gallo no nos deja dormir. Estupefactos porque el hotel elegido para pasar una semana en la playa, que nos ha costado un ojo de la cara, está lleno de mosquitos. Porque está construido en una marisma y los mosquitos estaban antes, aunque a nosotros eso nos importa porque sólo queremos que acaben con ellos como sea.

O empezamos ya a concienciarnos de que este sistema de hijoputismo consumista y especulativo no se sostiene y que acabará destruyéndonos, o acabaremos todos muertos. Ni la tarjeta de crédito, ni los ceros virtuales de las cuentas en Suiza o las Bahamas podrán salvarnos. Eso si, no todos lo sufriremos a la vez, ni de forma igual de intensiva. Como siempre, los ricos podrán comprar su seguridad con dinero y aguantar un poco más.

La Pachamama no es de todos. La tierra no nos pertenece. El dinero no se come y tampoco impide la muerte. La patria es una mierda pinchada en un palo, si al final no hay lugar en el que puedas mantener la vida.

 

Salud, feminismo, ecología, república y más escuelas (públicas y laicas)

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentista y un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Si me equivoco rectifico. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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