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Otra inolvidable fiesta de Montxo Dixie

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Estaban reventados los jardines que bordean el tanatorio de Alcorcón, pero bastaba fijarse un poco para comprender que todas las personas que estaban allí lo estaban por una misma y única persona: Moncho.

Montxo Dixie, Monchito, Ramón Portero, Cienosos, había muerto. Y allí estábamos sus fieles, sus muchísimos fieles. Había niños y ancianos, santos y asesinos, músicos y oficinistas, taxistas y grandes empresarios, políticos y macarras, pijos y colgados. El mundo entero, un mundo entero, estaba allí desbordando, reventando los jardines que siluetean el lugar horrible, pero que no lo parecía; no parecía horrible porque aquella gente, ese montón de gente, rebosaba vida. Porque todos en un momento u otro rompían a llorar: el editor y el camello, la niña y el librero, la loca y el médico, el millonario y el mendigo…, lloraban todos. Yo también. Lloraba la tarde del martes veinte de abril y lloro mientras escribo esto. Pero -que no se confunda nadie- ¡fue fantástico! Estábamos convocados, sin saberlo, para la mayor fiesta que había organizado nunca Montxo Dixie: juerguista divino.

Quizá lector, tú no sabes -todavía- quien era Montxo Dixie.

Montxo Dixie era -es- el tipo que robó un pinguino en Faunia, el hombre que le salvó la vida a una de sus vecinas y se convirtió en el ángel de Alcorcón, el conductor que perdió una camilla al abrirse la puerta de la ambulancia en mitad del paseo de la Castellana, el dios del rockabilly, el dj de las mejores noches de Mad Madrid, el protagonista de la mayor y mítica pelea en el Club Attica, el Oso que fue capaz de ganarse la amistad de un Tigre, el espíritu protector de Duro Peyote, el chaval que jamás tenía dinero en el banco porque siempre sabía como gastárselo para transformarlo en alegría de vivir, el más maravilloso de los amigos que pueda tener una persona.

Y eso pensaban todos y cada uno, yo también, de los que se encontraban en el exterior del tanatorio de Alcorcón el veinte de abril de dos mil veintiuno, que Montxo era el mejor amigo que nunca habían tenido. Y por eso estaban allí, y todos se sorprendían, nos sorprendíamos, durante un instante y un poco, por no ser el único mejor amigo de Cienosos.

Entré en el tanatorio y en su sala. Vi al tipo más duro que conozco con la cabeza pegada al cristal que separa la vida de la muerte, mirando el corpachón tumbado en el féretro, hablándole y llorando. Vi la mítica cazadora de cuero negra de Montxo con el parche HIJO PUTA PELIGROSO colgada fuera de la pecera donde estaría hasta que se lo llevaran al fuego. Vi la camiseta del Atleti arropándole como una sábana. Y le vi a él: tranquilo. No parecía que estuviese muerto.

Tardé un rato largo en darme cuenta que aquello, lo que estaba sucediendo, era -qué extraño y que lógico al mismo tiempo- un éxito, un éxito de la hostia y del carajo. ¡Cuánto amor, joder! ¡Cuánta gente le quería y cuantísimo le quería! Le queríamos. Y él allí, tan protagonista y primer actor como siempre.

Pero lo mejor, lo mejor de la fiesta a la que nos había obligado a todos a acudir Cienosos, aún estaba por llegar.

Fue a la mañana siguiente. Era imposible aparcar: tuve que dejar mi viejo Corvette del 63 lejísimos. No se cabía en el tanatorio: había aún más gente que el día anterior, el doble o el triple. Estábamos allí, apelotonados y con el corazón encogido y queriendo estrangularnos la garganta, cuando de repente -como si la vida fuese una película- apareció un empleado de la funeraria para pedir excusas.

-Les ruego nos perdonen.

¿Qué le perdonásemos, por qué?

-No se le puede quemar.

Se abrieron cientos de ojos incrédulos.

-La caja, que no cierra.

¿Cómo que la caja no cierra?

-Vamos a tener que cambiarlo a otra más grande.

Y entonces estalló la carcajada. Montxo Dixie estaba haciendo girar los platos a la velocidad del diablo, combinando sentimientos y discos. Creando ambiente. Manejando la batuta y marcando el ritmo. El mejor dj de Mad Madrid, haciéndonos bailar como le salía del hígado.

Pero no acabó ahí la sesión. La segunda caja tampoco cerraba.

Rompimos a reír todos, como niños maravillados y felices.

-Esto lo tenía preparado, Montxo -dijo alguien; y evidentemente era cierto.

Pusimos en la caja que no cerraba, al alcance de su mano, una botella de burbon Five Queens; y no hubo nadie que no se tomara su chupito, brindando por él.

-Tampoco cierra esta caja -dictaminó incrédulo y derrotado el empleado de la funeraria.

Tuvieron que utilizar cinta americana, que es lo que Montxo habría hecho.

-Podéis ir en paz, amados y amigos.

Pero no nos fuimos demasiado rápido. El amor corría de pecho en pecho y aquello era una fiesta incomparable, “la mayor y mejor que nunca has montado Cienosos”, pensé, “y mira que has montado fiestas capaces de hacer temblar al misterio”.

No morirá nunca: Montxo Dixie. Sigue vivo en centenares de corazones y sus actos han cambiado el mundo; sin  él la realidad ahora sería un poco peor y distinta. Y no olvidemos que también es un personaje que trasciende la realidad y hace años que transita por cuentos, canciones y novelas: conmigo. Es Cienosos. ¡Cienosos! ¿Aún no has leído sus aventuras? Estate atento, nada raro sería que acabara siendo famosísimo.

Larga vida, Montxo Dixie. Sólo a ti he llamado -yo, Tigre Manjatan- “mi mejor amigo”.

Tigre tigre.

(He prometido que pegaría aquí el poema que le escribió el Padrecito Puebla, pero no voy a hacerlo. Se supone que él es un capo en este periódico; que lo publique él ocupando un artículo separado y distinto).

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2 Comentarios

  1. Haces magia con tus palabras. Montxo es un mago que nos atrapó de por vida. Siempre en nuestros corazones. Gracias Cienosos y gracias Tigre

  2. Gracias Montxo por transmitirnos siempre todo tu conocimiento. Siempre te recordare viniendo a buscarme al colegió junto a mi hermano y siendo parte de mi vida desde que nací. Un ENORME ABRAZO Y BESO alla donde estés.

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