Fabricar la camiseta de algodón que llevamos puesta requiere 2.500 litros de agua. Un pantalón vaquero precisa más de 10.000 litros del líquido elemento. Cuando compramos estas prendas en la tienda no reparamos en lo que cuesta elaborarlas. Además, el vendedor no nos informará sobre esta cuestión porque en primer lugar es probable que ni siquiera lo sepa y, aunque esté al corriente, callará porque decirlo es malo para el negocio. ¿Y si miramos las etiquetas? Quizá en ellas ponga el manido “made in China”, pero eso no significa necesariamente que el material provenga de aquel lejano país asiático. Vivimos en un mercado globalizado. El algodón se cultiva en muchos lugares del mundo, cada cual con su propia calidad y con sus propios métodos de producción que precisan una cantidad de agua diferente y conllevan una desigual actividad contaminante. No existe ningún seguimiento o control de todo ese proceso industrial ni de ese itinerario comercial desde que la camiseta o el pantalón salen del punto de origen, generalmente un país en vías de desarrollo, hasta que se vende al otro lado del mundo.

Pero aún hay más. Una tercera parte de la superficie del planeta se destina ya a producir cultivos para alimentar ganado. Según el último informe de la Organización para la Alimentación y la Agricultura de Naciones Unidas (FAO), la ganadería es responsable del 14,5% de las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por el ser humano: la misma cantidad generada por todos los coches, aviones, barcos y trenes del mundo. Producimos demasiado, consumimos demasiado, derrochamos demasiado. La explosión demográfica es imparable y la Madre Tierra ya no da para más.

Las cifras oficiales dan una vaga idea del reto cósmico al que nos enfrentamos y lo lejos que estamos en el camino para vencer la batalla contra el cambio climático. Además, nos colocan ante una realidad que incumbe a cada uno de nosotros y ante unas cuantas preguntas incómodas: ¿estamos dispuestos a renunciar a nuestra forma de vida basada en el consumo voraz y el despilfarro? ¿Estamos todos de acuerdo en que nuestro modelo productivo económico es insostenible y urge cambiarlo antes de que sea demasiado tarde, si es que no hemos atravesado ya el punto de no retorno tal como advierten los científicos más pesimistas? Más allá de si unos países contaminan más que otros, si las grandes multinacionales cumplen con los protocolos acordados o si las dos superpotencias más contaminantes como Estados Unidos o China son hoy por hoy negacionistas del problema, esa es la clave para afrontar la mayor amenaza a la que se ha enfrentado la humanidad desde el origen de los tiempos: transformar radicalmente nuestras economías basadas en la superproducción a escala global y en el agotamiento de los recursos naturales y energéticos.

La Cumbre del Clima de Madrid que arranca hoy debería suponer un importante punto de inflexión, ya que hemos atravesado todas las líneas rojas, pero los expertos más escépticos creen que servirá para poco. Grandes líderes mundiales como Angela Merkel o Emmanuel Macron no han acudido a la cita, de modo que en esta ocasión no quedará ni siquiera la foto de familia que supuestamente debe servir como revulsivo para remover conciencias en la opinión pública mundial. Una vez más nos encontramos ante un evento internacional cuya organización costará unos cuantos millones de dólares, que congregará a representantes de más de 190 países con sus ejércitos de científicos y periodistas acreditados y que dará para interminables reuniones, conferencias y discusiones bizantinas con el chill out del hilo musical anestesiando al personal. Lamentablemente, será la misma farsa de siempre, la misma pantomima en una gigantesca Torre de Babel de traductores simultáneos donde todos hablarán sin entenderse y sin tomar medidas mientras el gran Diluvio Universal acecha y los últimos osos polares, ballenas y elefantes mueren asfixiados por la contaminación y el calor. Los poderes fácticos que mueven los hilos del mundo volverán a hacer oídos sordos a las reprimendas de la niña-adulta Greta Thunberg y a los tristes tambores y cánticos de los indios del Amazonas, convidados de piedra que quedarán de nuevo a las puertas de la cumbre para dar color y poco más.

Lo más probable es que lo que se firme en la cumbre sea papel mojado al día siguiente entre los restos de los canapés, las moquetas apiladas y las cohortes de asesores dormitando en los pasillos y salas de Ifema. Todo quedará aplazado para la próxima cumbre, que cada vez será más alta e inexpugnable. Entre tanto, la Tierra seguirá agonizando sin que el estúpido e indolente ser humano tenga voluntad real de reaccionar ni de cambiar nada. Con los negacionistas de Trump propagando su estúpida ideología fascista por todo el planeta (en España ya han abierto una sucursal llamada Vox) todo será más difícil y detener la catástrofe universal resultará imposible en menos de cincuenta años. Un auténtico apocalipsis que ya ha comenzado y del que apenas nos hemos dado cuenta.

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