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Guillermo Del Valle Alcalá
Licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid y diplomado en la Escuela de Práctica Jurídica (UCM). Se dedica al libre ejercicio de la abogacía desde el año 2012. Abogado procesalista, especializado en las jurisdicciones civil, laboral y penal. En la actualidad, y desde julio de 2020, es director del canal de debate político El Jacobino. Colabora en diversas tertulias de televisión y radio donde es analista político, y es columnista en Diario 16 y Crónica Popular, también de El Viejo Topo, analizando la actualidad política desde las coordenadas de una izquierda socialista, republicana y laica, igual de crítica con el neoliberalismo hegemónico como con los procesos de fragmentación territorial promovidos por el nacionalismo; a su juicio, las dos principales amenazas reaccionarias que enfrentamos. Formé parte del Consejo de Dirección de Unión Progreso y Democracia. En la actualidad, soy portavoz adjunto de Plataforma Ahora y su responsable de ideas políticas. Creo firmemente en un proyecto destinado a recuperar una izquierda igualitaria y transformadora, alejada de toda tentación identitaria o nacionalista. Estoy convencido de que la izquierda debe plantear de forma decidida soluciones alternativas a los procesos de desregulación neoliberal, pero para ello es imprescindible que se desembarace de toda alianza con el nacionalismo, fuerza reaccionaria y en las antípodas de los valores más elementales de la izquierda.
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análisis

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«Lo que ninguno podíamos prever es que la mañana en que debía tener lugar nuestro diálogo estuviese marcada por el secuestro día y medio antes de Miguel Ángel Blanco. Nuestro intercambio de opiniones resultó demasiado abstracto y temo que no muy interesante: se centró en la oposición entre una ética laica y otra de fundamento profético y fideísta. No hubo forma de tocar ningún tema inmediato y yo estaba bastante desganado para tecnicismos , con la cabeza en otra cosa. Eso sí, Setién me demostró sobradamente que está bibliográfica y doctrinalmente muy preparado. Mucho bien le haga.

Al acabar, los promotores del encuentro encendieron la televisión para que pudiésemos ver las imágenes de la gran manifestación que se celebraba en Bilbao pidiendo la liberación del concejal secuestrado, el plazo de cuya sentencia de muerte expiraba pocas horas después. Yo deploré que nuestro compromiso me hubiera impedido asistir, convencido interiormente de que había renunciado a un gesto moral para discursear sobre ética. Entonces Setién afirmó, con un tono de arrogancia inimitable, que él en ningún caso hubiera ido a Bilbao: «Nunca voy a esas cosas». Después nos aclaró, con aire enterado, que a Miguen Ángel Blanco no le ocurriría nada y que dentro de quince o veinte días estaría probablemente en su casa. Con unción no totalmente irónica exclamé: «¡Dios le oiga!».

Lo demás es tragedia ya demasiado sabida. Pero a esa mañana le debo haber conocido de cerca la cara más tenebrosa y, ¿me atreveré yo a decirlo?, la más anticristiana de la Iglesia terrenal: el dogmatismo de la fe sin caridad».

Ha fallecido monseñor Setién, y de manera instintiva, he acudido a la autobiografía del gran Fernando Savater, «Mira por dónde. Autobiografía razonada», para releer estas palabras. En contra de la extendida tradición patria de armar una forzada hagiografía cada vez que alguien fallece, no trataré de emular, en honor a la verdad, el tan extendido canon.

Sí utilizaré esta tribuna para hacer una breve reflexión sobre uno de los episodios más oscuros de nuestra historia reciente.

Mientras ETA y sus servicios auxiliares señalaban, delataban, extorsionaban y asesinaban, la jerarquía eclesiástica vasca, con muy escasas excepciones, entre las que desde luego no se contaba monseñor Setién, siempre estuvo presta y dispuesta a mostrar comprensión y cercanía… con los asesinos. No fueron pocas las ocasiones en que la familia del asesinado acudía a la Iglesia a tratar de oficiar un funeral, y terminaban penosamente teniendo que sacar el féretro por la puerta de atrás.

Ahí está la fidedigna radiografía realizada por Fernando Aramburu en «Patria» sobre el cura del pueblo, cuyo desagradable hedor moral dejaba en mera anécdota la halitosis. No es un dibujo caprichoso, pura ficción, sino hiperrealismo. El cura de «Patria» es el fiel retrato de monseñor Setién.

Monseñor Setién entendía que su labor ecuménica y episcopal no consistía en bajar al barro de la política, pero la pretendida neutralidad en que se escudaba no era sino una cobarde forma de lavarse las manos cuando se trataba de denunciar los crímenes y las atrocidades cometidas por ETA. Es más, puesto a enfangarse en el barro más nauseabundo, el propio monseñor Setién y otros capitostes de la Iglesia nacionalista vasca nunca tuvieron el menor reparo en tender la mano a victimarios mientras daban sus anchas y sombrías espaldas a las víctimas.

En una escala de maldad, sería difícil calibrar quién se llevó la palma en cuanto a actos execrables, genuinamente reveladores de una absoluta podredumbre moral. Pero sin duda, los actos de Setién y otros miembros destacados de la Iglesia nacionalista vasca, oscilantes entre la pretendida equidistancia y la indisimulada complicidad, estuvieron en la vanguardia de esa degradación. Mientras sermoneaban desde sus confortables púlpitos morales, al tiempo que repartían reproches y lecciones a diestro y siniestro, sus actos siniestros desmentían cualquiera de las enseñanzas éticas más elementales.

Monseñor Setién nunca dejó de confundir religión con política y política con religión. Cierto es que siempre practicó las cepas más espurias de ambas. Siempre del lado de quienes tenían el monopolio de la fuerza, la fuerza bruta, la fuerza del chantaje y las pistolas. Siempre en posiciones antitéticas a las de las más mínima misericordia cristiana y piedad.

En la hora de su fallecimiento, no seré yo quien desee a monseñor Setién que otros emulen sus pasos, y conminen a sus seres queridos al olvido y la soledad, a la vergüenza y a la marginación. Todo lo contrario. Como bien recordaba Savater, desde una ética laica se puede y debe construir un mundo más justo, con menos sombras y más luces. Un mundo en el que hasta los peores tengan derechos, porque solo así se construyen sociedad justas y dignas. Descanse en paz por tanto, y si su conciencia se lo permite, monseñor Setién, mientras nosotros aprendemos, para no permitir que se repita nunca, del oscuro ejemplo que nos legó: el del dogmatismo de la fe sin caridad.

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1 Comentario

  1. Buen artículo, que la gente vea como la Iglesia nunca ha tenido reparos en traicionar a quien le ha defendido. Que lo vean los que quieren meter la religión en sus programas políticos y al mismo tiempo defender a España.

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