Francisco Franco y Carmen Polo. Fotos: Andalucía Viva.

Para no perder la costumbre, Diario16 desvelará en esta crónica una primicia que esconde cientos de horas de una inédita investigación policial que se desarrolló durante el año 1960. Hablamos de un operativo secreto que resucita una memoria histórica ‘molesta’. La principal víctima no acabó en una cuneta o una fosa común, pero sobre la misma se decretó la muerte civil, que no artística. Se cebó en un pintor que no firmaba sus obras, honrando así a los genios que imitaba. Así se las gastó el franquismo con un genial copista sevillano cuya obra sólo sepultó un régimen totalitario.

El empeño investigador se repitió por quien suscribe décadas después. El arcano no lo desvelaron registros históricos oficiales (Archivo Central y de Jefatura Andalucía Occidental-Ministerio del Interior, Provincial de Sevilla y Biblioteca Nacional-Madrid) y privados como Fundación Nacional Francisco Franco. Poco aportaron a una verdad escurridiza y que no se quiere resucitar. Los obstáculos y preguntas al investigador de lo ‘políticamente incorrecto’ fueron una constante. Además, prácticamente toda la documentación del caso se hizo ‘desaparecer’.

La Justicia, de su parte, se mostró sumisa y atenta a los intereses de los poderosos. No indagó lo que hubiera sido deseable bajo la pauta de una eficaz labor policial llamémosle ‘independiente’ acorde a los tiempos que corrían durante 1960 por tierras españolas. Como se relatará, el sobreseimiento de una denuncia penal esquivaba los intereses inconfesables de personas cuya codicia e impunidad fue infinita.

Sin embargo, el silente quehacer policial destapó las vergüenzas del general Franco cuando su esposa, Carmen Polo, compró un excelente bodegón de ‘Velázquez’ falso al anticuario sevillano Andrés Moro González (1918-1999). Sin saberlo, la mujer del ‘Generalísimo’ había desatado una tormenta en las entrañas del régimen que instauró su marido.

 

¿Denuncia ‘inocente’?

Todo comenzó cuando una marquesa, B. I. L., con casi sesenta años, denuncia en mayo de 1960 por estafa a un copista y restaurador al servicio de Moro, no al anticuario que le ‘colocó’ un cuadro falso por original. La denuncia fue tramitada, y archivada, antes de concluir 1960, por el Juzgado de Instrucción nº 3 de Sevilla (Sumario 123/60).

Aquella aristócrata detalló que le habían colado, a cambio de una suma mareante de la época un bodegón de ‘Velázquez’. No aportó en la denuncia recibo por el pago del cuadro, ni parecía verosímil que comprara y pagara un dineral una viuda que vivía con estrecheces. Según se relata en su denuncia estaba persuadida que no lo pintó el genio sevillano según las sugerencias que le hicieron plasmar en comisaría.

Aquella denuncia, sin saberlo la viuda de un falangista ‘camisa vieja’, vacunó a “señoronas de la llamada nobleza sevillana cuyos apellidos eran más redondos y sólidos que sus cuentas corrientes. Andrés [Moro] les llegó a depositar en algunos de sus palacetes objetos de incalculable valor, a modo de las históricas fiducias…” (José León-Castro, Diario de Sevilla, 14.1.2017).

La denuncia, inspirada por esas influyentes ‘señoronas’ que retrata el catedrático de Derecho León-Castro, hizo que la policía detuviera a Eduardo Olaya Araiz, a José Antonio Llardent Viciana y a una estirada dama con pasaporte venezolano cuya identidad ocultan, tachando su nombre completo, archivos policiales en Sevilla. Se sabe que frecuentaba suites en el Hotel Alfonso XIII sevillano. Allí fue detenida, discretamente, por efectivos de la Brigada Criminal sevillana.

El silente quehacer policial destapó las vergüenzas de Franco cuando su esposa compró un excelente bodegón de ‘Velázquez’ falso al anticuario sevillano Andrés Moro González

En Madrid, otra redada detuvo a los marchantes Stanley Moss, norteamericano, y Herbert Maier, alemán, en ‘plena faena’. Ocupaban otra suite del Hotel Ritz. Ultimaban la venta de un ‘Greco’ y dos ‘Velázquez’ a un coleccionista y millonario neoyorquino. La embajada norteamericana en Madrid logró dejar al comprador en el anonimato ante las autoridades españolas. Las ‘manos negras’ aparecen en un ya delicado asunto.

Esos días otro intermediario, el madrileño Juan de la Fuente, se suicidó envenenado en su oficina de Gran Vía. Horas antes le telefonearon inspectores de la Brigada Criminal para que documentara compras ‘pagadas de contado’ de cuadros a Andrés Moro en Sevilla meses atrás.

De la Fuente las había vendido -a precio multiplicado- entre galeristas, museos europeos, de EEUU y Canadá según ‘cantaron’ los detenidos en Sevilla a la secreta. El escalón bajo de la trama soltó información gracias a las presiones policiales e interrogatorios que fueron más allá de esclarecer un delito por los que visitaron los calabozos Olaya, Llardent y la dama de origen sudamericano.

De aquella redada policial poco rutinaria se hizo eco el periodista Julio Camarero en Pueblo. Publicó sólo una escueta noticia que informaba de las detenciones en Madrid y Sevilla. La censura del régimen de Franco hizo lo propio con la impagable complicidad del director del periódico, Emilio Romero. Aquella crónica, no obstante, corrió como la pólvora más allá de los Pirineos. Camarero fue parte de una tribu de periodistas que escriben verdades como puños hasta donde les dejó su alicortada libertad de expresión en un país donde la prensa se leía entre líneas.

Se hicieron eco, de la noticia de Camarero, los principales periódicos europeos por sus corresponsales madrileños. Estos sabían que el periodista que la firmaba barajaba fuentes fiables y contactos excelentes con la policía del franquismo.

Entonces, la Interpol –con sede en París– pidió explicaciones a la policía española. Carlos Arias Navarro, director general de Seguridad por aquellas fechas, ordenó exhaustiva investigación a la Jefatura de Sevilla. Señoras… señores… comenzaba la hasta hoy secreta ‘Operación Sevilla’.

En la capital del Guadalquivir, Olaya y Moro eran tipos habituales de comisaría, muy conocidos por las diversas brigadas policiales. El primero tenía un alias: ‘La baronesa’; el segundo reproducía el de su primer apellido. Lo trufaba con sus barbas blancas, chilaba y las babuchas que calzaba. El Moro era un intocable por suministrarle antigüedades y joyas a ‘La Collares’, alias de la esposa de Franco, Carmen Polo Martínez-Valdés.

Greco de Olaya, cárcel de Sevilla. Fotos: Andalucía Viva.

 

El carnicero, el policía y el artista

Su Excelencia Arias Navarro tenía otro apodo, mucho menos policial. Lo bautizaron como ‘Carnicero de Málaga’ por su crueldad como fiscal en la guerra fratricida (1936-1939). El entonces director general ordenó una “muy urgente práctica de cuantas gestiones sean necesarias para determinar si Eduardo Olaya ha sido el autor de la falsificación de cuadros que posteriormente fueron vendidos en el extranjero como de autores consagrados, así como al Museo del Prado y a particulares”, según oficio con sello de ‘alto secreto’ fechado el 24 de julio de 1960.

El encargo confidencial de quien pasó a la historia como lloroso portavoz televisivo anunciando a los españoles “Franco ha muerto” la noche del 20 de noviembre de 1975 recayó en un inspector afecto al negociado de registro.

Se llamaba José Arias Galán (1914-1992) y carecía de parentesco alguno, ni remoto, con el ‘Carnicero’ franquista. Al Arias de Madrid le señalaron al Arias de Sevilla como más eficaz agente. El único capaz de manejar tan delicado encargo en una Sevilla ya plagada de intrigas.

José Arias Galán, que se jubiló como Comisario-Jefe del Gabinete Regional de Identificación –GRI– (hoy Policía Científica), era en la Jefatura sevillana un ‘funcionario-para-todo’: experto en arte, dactiloscopia y fotografía criminal.

También ofició como el poli afable, cercano y bonachón que buscaba los detenidos cuando tocaban el piano para dejar huellas y formalizar la temida ficha policial que antecedía el paso por calabozos. Era, al tiempo, un paño de lágrimas, un refugio humano que todo detenido anhela con vehemencia cuando sabe que le espera la privación de libertad. Arias siempre preguntaba a los detenidos que repetían por el GRI: ¿Otra vez por aquí? o ¿qué has hecho ahora? Remataba la respuesta con un “¡vaya!” que lamentaba personalmente lo que por policía hacía de su labor identificativa.

Tras la ‘Operación Sevilla’ Arias inventarió la colección artística, en parte hurtada de Itálica, de Regla Manjón Mergelina -condesa de Lebrija-, en su palacio de calle Cuna tras codiciosas disputas de sus herederos. Antes, en 1958, fue el primer fotógrafo del Tesoro del Carambolo tras ser detenido, insólitamente, al albañil que lo descubrió fortuitamente en Camas (Sevilla).

El Arias sevillano conocía de sobra a Olaya por haberlo reseñado semana sí, semana también. La misión que le encargaron ‘desde Madrid’ era, como podríamos imaginar, delicada. No compartía nada con el Olalla ebrio, estafador, degenerado, buscavidas y ladrón que conocía aquel vocacional policía que insistía a los detenidos que al ‘Gabinete’ no deberían volver más por sus fechorías. Arias, ya jubilado, insistía en la inocencia de Olaya sobre este caso y sobre la injusticia que le llevó al ostracismo como artista.

José Arias, cuando visitó el estudio de Olaya, quedó fascinado por la valía y el talento que intuía de un pintor que antes fue restaurador. Olaya copiaba bodegones de Velázquez, cristos y vírgenes del Greco, figuras de Picasso y a Zurbarán, Mengs o Goya absolutamente inmerso en la mente, pensamiento y emociones de dichos genios. Para estructurar su arte pasó temporadas en el Museo del Prado dando riendas al pincel como si se trasmutara al intelecto de los grandes de la pintura que copiaba. Encarnó al copista que mejora al genio del original. Arias lo constató in situ.

Olaya, tras clausurar su estudio, fue contratado para trabajar ‘a destajo’ en el Palacio de los Luca de Tena, el que diseñó Aníbal González, en Avenida de la Palmera. También, cuando flaqueaban los encargos, restauró obra para un anticuario apellidado Ortega, que tuvo un negocio en Avenida de la Constitución sevillana.

Ni de Ortega ni de Moro se fio jamás Olaya. Sólo lo hacía de su mejor marchante, Felipe Pérez. Gracias a él vendió mucha obra a un millonario ruso exiliado que se afincó en la provincia de Málaga. El ruso revendió parte de lo que compraba a Olaya vía Pérez a museos y coleccionistas alemanes, británicos y escandinavos.

Eduardo Oaya pintando Velázquez. Fotos: Andalucía Viva.

 

Pintor total

La bohemia de Olaya le condujo al alcohol y a gastar cuanto llegaba a sus manos en interminables juergas, celebradas hasta el amanecer, en los alrededores de la Gran Plaza sevillana. Arias sabía que frecuentaría su estudio para interrogar y radiografiar a la ‘cabeza de turco’ de una trama en la que el copista era el tonto útil, además de quien menos cobraba.

El dictamen de Arias, tras conocer el volumen y el itinerario de la obra de Olaya gracias al testimonio sobrio del pintor, apuntaba mucho más alto del copista. Elevaba las responsabilidades, presuntivamente criminales, hasta sus ‘compradores’, ‘vendedoras’ y ‘colocadores’ de una telaraña de contactos y citas discretas con demasiados brazos. La red se basó en Madrid y terminó en varios continentes. Otras veces, como afirma León-Castro, partía de algún palacete sevillano donde vivían, alquilaban o cedían ‘señoronas’ venidas a menos que vendían lo prestado del Moro.

El olfato policial de Arias acreditó, como a una clienta más, a Carmen Polo. Ahí estaba el quid del caso y epílogo de la ‘Operación Sevilla’. El Jefe Superior de Policía en Sevilla, para ponerse medallas y presumir de subordinados, intentó enmendar el Informe de Arias para solapar a la esposa del Generalísimo entre los defraudados por la trama criminal.

Incluso e amenazó a Arias con un traslado a la comisaría del barrio chino barcelonés, la de Algeciras o el puesto de Dantzarinea, en el Pirineo navarro. Entonces, eran los peores destinos para un policía ya padre de familia numerosa y que vivía con los límites de los pagos hipotecarios mensuales. Arias soportó esa ira del jefe con la humildad del hombre paciente y que sabe aguantar el chaparrón. Se puso la gabardina del probo funcionario.

Pero la verdad era tal cual. La ‘Operación Sevilla’ que se coció y urgió desde Madrid se trasmutó a una tormenta en un vaso de agua en la ciudad de la Giralda. El inventario que detalló Arias sobre la obra de Olaya, según testimoniaba fundamentalmente el pintor, invita a pensar que hay cientos de cuadros copiados, comprados y vendidos como originales, de artistas consagrados en museos de varios continentes y entre los tesoros ocultos y públicos de muchos coleccionistas e inversores internacionales.

El dictamen de Arias en Sevilla se sabe fue completado en Madrid a finales de 1961 tras incautarse los archivos del marchante suicida De la Fuente. La policía española habría ‘filtrado’ oficiosa y verbalmente una parte ínfima de sus averiguaciones a las embajadas de Italia, Alemania, Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Canadá y Alemania en Madrid sobre la ‘Operación Sevilla’. Pero no hay huella de tales comunicaciones.

Un Carlos V de Tiziano que restauró Olaya. Fotos: Andalucía Viva.

Esos países habrían mostrado interés por saber el alcance de la red, la clientela y compradores finales de los cuadros que pintó Olaya gracias a su promiscuidad con el pincel. El interés que tuvo INTERPOL en este asunto fue el detonante, aunque registró finalmente un ‘carpetazo’. Personas que le conocieron en vida insisten que Olaya podía haber ‘vendido’ al Moro y éste a su clientela española y foránea más de trescientos cuadros.

De Olaya también se sabe que frecuentó iglesias, conventos y monasterios comprando lienzos antiguos y marcos de madera de siglos atrás por encargo del anticuario que acababa pagándole miserias que apenas le daban para sobrevivir. Una hábil mezcla de pigmentos, maderas y telas donde plasmaba su arte hicieron que ‘Moro’ colocara más obra falsa por original.

En los cincuenta y sesenta era difícil detectar las imposturas con marco. Sólo podía acudirse a expertos en arte, que a veces tenían criterio selectivo y parcial sobre determinadas obras y artistas. Hoy las técnicas científicas con base empírica desechan la copia falsa sobre originales de artistas consagrados

Olaya pasó temporadas en la cárcel de La Ranilla (Sevilla), Valencia y Cádiz. Durante sus días entre rejas pintaba en el patio como si fuera un Greco extasiado tras fumar las hierbas que le traían de su Creta natal. Los reclusos admiraban sus cuadros y era respetado como artista rejas adentro. Como no era tonto, Olaya obtenía permisos y otras prebendas que le concedieron porque tuvo mucha empatía en cualquier interlocutor, además del arte que trasmitía al pincel.

Cuando Arias Navarro leyó el voluminoso informe de un inspector con el que sólo compartía primer apellido entró en cólera. Su íntima ‘Doña Carmen’ había sido estafada y no supo cómo decírselo a tan ilustre dama con quien está acreditado tenía hilo directo. Por esa razón pasó el informe en persona a su esposo, el ‘Generalísimo’ Franco. Y quiso ver en persona cómo reaccionó el dictador.

Los ojos del ferrolano se inyectaron de furia y ordenó, sin más, descolgar el ‘Velázquez’ del Pardo, donde su esposa presumía ante amigas del ‘Madrid de bien’ de tener un cuadro original a precio de ganga. Tras conocer su marido el fiasco del cuadro, ordenó que fuera vendido el cuadro al Museo de Prado. Ahí, con este bodegón, terminaron las compras de Doña Carmen al Moro, anticuario con labia que acumuló importante patrimonio inmobiliario cercano a la Giralda gracias a su clientela española y foránea.

 

La obsesa del anticuario

La relación del Moro con Doña Carmen arrancó en la década de los cincuenta. En una de sus numerosas visitas a Sevilla, la esposa de Franco recaló en la tienda del anticuario tras ‘arrasar’ joyerías en las que le costaba pagar pendientes y collares de los que se encaprichaba. El gremio de joyeros hispalense, cuenta la leyenda, repartían pérdidas para amortiguar el sablazo de ‘Doña Carmen’, también compulsiva con las antigüedades.

Carmen Polo, informada del fondo y piezas de Andrés Moro, ordenó a su escolta visitar discretamente su tienda. Estuvo enclavada entre las calles Placentines y Argote de Molina, a escasos metros de la Giralda. Semanas después una mañana, muy temprano, llegaron dos uniformados en moto de la Policía Armada a la tienda. Escoltaban un coche negro del que se bajaron dos hombres trajeados. Informaron al Moro que en un par de horas visitaría la tienda ‘alguien importante’ sin revelar su identidad. El anticuario fue ‘retenido’ en una especie de oficina de su negocio.

En efecto, más de dos horas después, llegaron varios coches negros más. Desde uno se bajó la esposa de Franco. Entró en la tienda sola y la recorrió. Un ayudante del Moro fue reclamado para acarrear lo que quería ‘Doña Carmen’. Un carrillo de obra llevó hasta el coche de Doña Carmen varias piezas del Moro. El anticuario fue liberado de su temporal retención cuando los coches negros desaparecieron.

Meses después de la visita de Doña Carmen, el Moro recibió una carta. Dentro halló un cheque dentro que cubría una mínima parte de lo que se apropió Doña Carmen. Para próximas visitas de tan generosa y ‘rápida’ pagadora, el Moro tapiaba las dependencias donde tenía las mejores piezas. Alegando obras, hurtaba de la codicia de la señora Polo más piezas. El paso del tiempo forjó no obstante una relación interesada entre Doña Carmen y el Moro. El anticuario se vengó colocándole obra falsa, poco a poco.

El ‘Moro’, a posteriori, sobrevivió en la Sevilla del tardofranquismo con estatus de ‘confidente’ policial. El mismo que compartía con un conocido joyero perista de apellido común. El último hizo millones profanando tumbas para extraer dientes de oro que financiaron la España de la posguerra. Entre féretros hurtaba muelas e incisivos de tan preciado metal.

El joyero-necrófilo amasó más fortuna custodiando, en prenda, joyas de ricachones y ‘señoronas’ bajo recibo que excusaba devolver a sus herederos con pretextos mil. Las joyas las había vendido a coleccionistas que se encaprichaban de piezas únicas que le habían dejado en depósito. Picaresca del siglo XX que resucita al mejor Rinconete o Cortadillo.

La ‘Operación Sevilla’ terminó para Interpol con un informe de Arias Navarro resumiendo lo que se había obrado por la policía española muy selectivamente. Situaba como chismes de periodistas lo que publicó Julio Camarero en ‘Pueblo’. Nadie fue juzgado por la denuncia de una marquesa que quizá desconocía haber ocultado las fortunas que hicieron otras, y otros, vendiendo cuadros falsos. Fue la cortina de humo perfecta.

La obra y figura de Olaya jamás fue reivindicada. José Arias Galán, padre del firmante, ya jubilado repetía que su pincel era certero con el color, las formas, las figuras… Maridaba pigmentos, matices ínfimos, expresión corporal y la sensibilidad del artista que copiaba en un pleno éxtasis creativo. Captaba al genio que imitaba superándolo. Los que hicieron negocio con su arte no le convirtieron en delincuente. Ya lo era, Olaya, por otros motivos. Esto le llevó a comisarías y cárceles en su intensa vida.

‘La Baronesa’ era el otro yo de un artista que nació en Sevilla el 17 de Enero de 1923. Murió, con el pincel en la mano, fumando –lo hacía compulsivamente-, tras toser y toser una tuberculosis que arrastraba desde que frecuentó las prisiones que conoció. El óbito fue a las 11 horas del 13 de Noviembre en 1974 en su casa-estudio de la calle San Juan de Dios sevillana. Sus restos yacen en un osario del cementerio de San Fernando.

José Arias en 1960. Fotos: Andalucía Viva.

 

Los Museos callan, no saben 

Los cuadros de Olaya, según quienes le conocieron de cerca y siguieron su obra, pueden admirarse en el Museo del Prado, pero la gran pinacoteca patria el 24 de mayo de 2017 negó haber comprado cuadros a la esposa de Franco, ni al mismísimo General, según Eva Cristóbal, del Área de Comunicación: “[Museo del prado] no adquirió obra de Zurbarán, Velázquez, Greco o Murillo en las décadas de los 50 o 60 a ninguna de las personas que mencionan [Andrés Moro, De la Fuente, Carmen Polo, Francisco Franco…]. Por otra parte, no hay duda alguna sobre la autenticidad de las obras de esos autores que están en la colección del Museo del Prado”.

La realidad sería diferente a la que corporativamente alude la señora Cristóbal. Ningún museo serio admite oficialmente que le han ‘colado’ un gazapo de tales características, especialmente en años donde las técnicas antifraude no estaban desarrolladas tecnológicamente.

El autor del reportaje no obtuvo respuesta sobre cuadros pintados por Olaya del Metropolitan Museum de Nueva York, a quien suministrarían obra Stanley Moss y donó un coleccionista. Es práctica de las principales pinacotecas mundiales analizar científicamente la autenticidad de las obras adquiridas desde años después de los sesenta del pasado siglo. Justo después de comercializarse la producción de Olaya.

Coleccionistas de Estados Unidos y Canadá, alemanes y franceses más museos norteamericanos y centroeuropeos serían los principales custodios de lo que obró Olaya desde su estudio sevillano e interminables días ‘a sueldo’ de unas codiciosas nobles arruinadas.

Quien lo sabe bien, Rafael Olaya, sobrino y admirador de su tío-artista corrobora que jamás firmó un cuadro. Este dato hace pensar que Eduardo Olaya concibió su arte para ser admirado desde el anonimato, no por la rúbrica de determinado genio que sin duda multiplica el valor ‘de mercado’ de la pintura. Justo el propósito lucrativo de los mercaderes del arte.

La ‘Operación Sevilla’ que articuló la policía del franquismo no aportó nada relevante a la verdad que detuvo a Olaya y otros, pues el delito pasaba de largo en el artista que imitaba por encargo. Hace buena la historia que hoy resucitamos lo que ya pronosticó Dario Fo: “Aquí nunca pasa nada. Y si pasa qué importa. Y si importa ¡qué pasa!”.

Esa cruda certeza española que suscribe un italiano la rematan los españoles Pablo Picasso: “El arte es una mentira que da cuenta de la realidad’ o Ramón Pérez de Ayala: “Cuando la estafa es enorme toma un nombre decente”. Ahí queda eso…

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