Foto: Twitter Vox

¿Puede alguien imaginar un Congreso de los Diputados con 30 ultraderechistas vociferando, increpando y lanzando consignas contra las políticas de igualdad de la mujer, contra los inmigrantes y contra los derechos de los homosexuales? Pues ese escenario más negro que el humo de Notre Dame –un hemiciclo en el que la formación verde consiga formar grupo propio y se conjure para transformar el Parlamento en una agitada corrida de toros donde se pidan las orejas y el rabo de los morlacos socialistas y el descabello del novillo comunista y podemita–, puede acabar convirtiéndose en triste realidad de cumplirse las previsiones de las encuestas. Podría ser el final del parlamentarismo, tal como lo hemos entendido hasta ahora, y acabaría imponiéndose el estilo gamberro y faltón, el lenguaje guerracivilista y las formas tabernarias.

Si la democracia es liturgia, procedimiento y forma, podría decirse que los nuevos diputados de Vox que desembarquen en el Congreso llegarán con una misión principal que cumplir: demoler el parlamentarismo liberal, acabar con la cultura de lo políticamente correcto, destruir eso que ellos llaman el establishment, liquidar la democracia, en fin.

No hay más que echar un vistazo a los candidatos de Abascal para confirmar cuál es el perfil de los elegidos: amigos, fieles y familiares del líder; novatos en política que han acompañado al caudillo en su travesía a caballo por el páramo castellano y que ahora reclaman su premio; antiguos cargos rebotados del PP con ganas de gresca y revancha; y militares franquistas o ex miembros de las fuerzas de seguridad del Estado ávidos por volver a la España de los tercios de Flandes, de Roberto Alcázar y Pedrín y de Hazañas Bélicas.

Todos ellos tienen varias cosas en común: utilizarán la tribuna del Parlamento para hablar claro, “sin complejos” como ellos dicen, con ese lenguaje visceral, viejuno y flemático que parece sacado del NO-DO o de una pieza teatral del Siglo de Oro y lo que es aún peor, con ese total y absoluto desprecio por los demás diputados, mayormente los de la izquierda, a los que no tratarán como rivales políticos en un juego dialéctico deportivo y limpio, sino como enemigos de España, delincuentes, rojos, amigos de pederastas, abortistas, indepes y gentes de mal vivir a las que hay que exterminar a toda costa. Si la democracia es el respeto por las ideas del otro vamos a ver cómo esta gente le da la vuelta a la tortilla para convertirla en un barrizal cenagoso.

El nuevo escenario está servido. Preparémonos pues para vivir no solo debates encendidos sino incendiarios; no racionales mociones sino fuertes emociones; nada de ‘fair play’ sino broncas tumultuarias donde no faltarán el insulto, el improperio, la descalificación, el chiste grosero, la patada en la espinilla, la calumnia y la injuria. El difama que algo queda. El Parlamento convertido en establo maloliente. Todo eso va en el manual del ‘Tea Party’ y de Steve Bannon que Vox ha importado de Trumpilandia. Todo eso va a ser el pan nuestro de cada día de una legislatura tan desquiciada como convulsa. Habrá Plenos que sencillamente tendremos que apagar la radio y la televisión para no llegar al vómito con las cosas que tendremos que escuchar. Habrá sesiones de control al Gobierno donde los marcianos nos parecerán gente normal al lado de los ultras y donde llegaremos a pensar que Rafa Hernando era Séneca en comparación con estos muchachos.

La consigna de Vox está clara a partir del 28A: o ganar el debate en cada asunto que se plantee o destruirlo todo hasta que no quede ni una piedra del edificio de la democracia que con tanto esfuerzo hemos ido construyendo los españoles desde 1978. Porque no olvidemos que cada diputado de Vox, aunque salido legítimamente de las urnas, alberga en lo más profundo de su ser un sentimiento de odio hacia el republicanismo, una alergia innata hacia la democracia y los derechos civiles y una nostalgia irrefrenable por los “viejos tiempos” del franquismo, esa etapa “tan feliz de nuestra historia” que reivindicarán un día sí, y otro también, desde sus escaños.

Preparémonos por tanto para escuchar discursos que harán sangrar los oídos, como el que ha lanzado hace unas horas J. J. Cortés, padre de la niña asesinada Mari Luz, que ha acusado a Sánchez de reunirse en secreto con “asesinos y pederastas” para eliminar la prisión permanente revisable; o comentarios machistas, homófobos y negacionistas del holocausto como los vertidos por Fernando Paz, el que iba a ser número uno por Albacete y que por fortuna ha desistido ante la lluvia de críticas que le han caído.

Tendremos que acostumbrarnos a un nuevo Parlamento de ambiente cuartelero, rancio, macho y preconstitucional donde hablará gente como el número uno por La Rioja y vicepresidente de Vox Madrid, Jorge Cutillas, un hombre que según eldiario.es estuvo vinculado a Fuerza Nueva, el partido de Blas Piñar. ¿Lo llegaremos a ver vestido con la camisa azul, el pelo engominado y el brazo en alto mientras canta enfervorecido el Cara al Sol? Quién sabe, todo es posible a partir de ahora, ya que la democracia española ha entrado en una peligrosa terra ignota.

En las listas de Vox hay de todo: empresarios, periodistas, ex diputados del Partido Popular, militares nostálgicos y hasta un banderillero. También resulta revelador que solo haya cinco mujeres entre los 28 candidatos. Quizá por aquello de que la formación verde considera que la política es cosa de hombres. Como el licor aquel que ahora volverá a correr a raudales por todo el hemiciclo.

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