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Notas sobre una transfilia vocacional

Ignacio Castro Rey
Filósofo, crítico de cine y arte, gestor cultural y profesor. Además de múltiples artículos y conferencias, ha publicado diversos libros. El último de ellos se llama Lluvia Oblicua (Ed. Pretextos 2020) seguido de Mil días en la montaña (Roxe de Sebes) (Ed. FronteraD, 2019), Ética y desorden (Pretextos, 2017), En espera (LaOficina) y Sexo y silencio (Pre-Textos).. Anteriormente ha publicado también, entre otros, Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011). Ignacio Castro desarrolla su labor filosófica en una sola vertiente con dos caras. De un lado, en el borde de lo que podríamos considerar la tolerancia ilustrada, una afirmación metafísica de la inmediata vida mortal, de su común individuación, sin posible sujeto social ni representación histórica alguna. De otro, una crítica de la violencia cultural del poder contemporáneo, esas nuevas modalidades de la caza del hombre donde la derecha y la izquierda convergen.
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análisis

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Ayer hablé con un amigo que está en tránsito. Sentí en Antonio, ahora Pilar, lo mismo de siempre, el mismo humor amargo, similar sufrimiento y hasta parecido timbre de voz, aunque afinado «en femenino» por la ingestión de hormonas. Si todo va bien, y deseo de todo corazón que así sea, dentro de poco Pilar será otra vez el mismo ser humano de siempre, con las mismas dudas, parecida angustia de vivir y similar humor, entre jovial y negro. En medio de un nuevo y deseable calor humano, algún día morirá, como todos nosotros. Es un deber moral amar su eternidad mortal, su modo de ser, su manera manantial.

1. Al margen de la piedad obligada hacia todos los seres que sufren, es difícil no vincular la mercadotecnia del cuerpo «trans», de cuya fobia podemos hoy acusar a cualquiera que argumente valores morales de reserva, con nuestra vocación contemporánea de liquidar todo lo que sea gravedad, referencia natural o punto fijo. Se dijo ya hace tiempo que la nuestra es una cultura del tránsito, del aplazamiento perpetuo y la deconstrucción de cualquier intensidad real. Este es el motivo de fondo de la posverdad y la deconstrucción: el complot gregario contra lo «asocial» -lo impolítico- que late en la vida real de los cuerpos.

2. En nuestro control de geometría variable, tan lejano de la disciplina heteropatriarcal de antaño, todo debe ser revisado por la velocidad de la actualización, estar en perpetuo proceso y en crisis. Le ha llegado el turno al propio cuerpo. ¿Estamos ante un trasunto secular del peregrinaje cristiano por este valle, aunque hoy no sea de lágrimas sino de risas enlatadas? Y ahora aplicado al cuerpo, representante de una tierra antigua que odiamos. El tiempo dirá.

3. Para la generación que defendió públicamente a los homosexuales ridiculizados en la mili de Franco, puede hoy importar un comino la orientación sexual de cada quien. Si a uno le gustan las mujeres, los hombres o cualquier otra cosa, es asunto suyo y algunos no necesitamos que nos lo cuenten. Es indiferente a nuestra preocupación antropológica por la vida. Esta manía actual de que el prójimo se pase el día saliendo de un armario del cual ha sido víctima, publicitando después sus opciones sexuales elegidas, no deja de ser otra pesada versión del puritanismo que nos ha penetrado -sin vaselina- desde el norte. Antes estaba mal vista la confesión indiscriminada de tus miserias íntimas, ahora es obligada. Pero seguimos en el mismo proceso inquisitorial que no puede dejar en paz al cuerpo, sin dejarlo ser. Hasta un Santo Tomás se asombraría de nuestro delirio político con lo impolítico del cuerpo.

4. En cierto modo, la dimensión internacional del trans train no puede dejar de inscribirse en nuestro culto a lo minoritario, un regodeo en la rareza con el cual podemos acusar a cualquier cultura de despótica, insensible, homofóbica o negacionista. Además de alimentar el supremacismo de Occidente, esta «trampa de la diversidad» (D. Bernabé) tiene entre nosotros el fin de pulverizar el cuerpo social en toda clase de polémicas secundarias. Atomización del individuo real y endeudamiento posterior a las conexiones virtuales. Así nos hacemos mejores sirvientes de la interactividad, olvidando los seres sufrientes que somos por el simple hecho de estar vivos. Olvidando también la tortura creciente que ejerce en cada uno de nosotros la normativa omnívora del Estado mercado.

5. Al margen de la presión estatal moderna, todos sufrimos, siempre hemos sufrido. Todos, hasta los conservadores y los imbéciles, estamos atravesados por un involuntario proceso de tránsito que dura la vida entera y al que le costará mucho ser «reconocido». Menos mal que tampoco lo necesita. Esta manía social de la visibilidad y el empoderamiento, siempre grupales, es también muy puritana, pues parte de la base de que puede haber una sociedad que descienda por fin a la vida y la salve del trauma de sus contingencias individuales. Una sociedad que sea transparente, providencial y no represiva. Es el despotismo democrático, diría Foucault, de nuestro estatismo continuo. Hemos cambiado un Dios por otro, no menos omnipresente.

6. No obstante, a diferencia de la antigua religión, estamos ante una ilusión muy elitista, pues convierte la exquisitez de las rarezas metropolitanas en nueva norma para la humanidad de las afueras, esa inmensa y fea mayoría que, luchando por vivir, casi nunca entiende de qué hablan las vanguardias urbanas. Pero no importa. Lo que interesa al sistema es que haya una norma -antes hetero, ahora homo, trans, queer…- que descienda a los intersticios de vivir y acabe con una legendaria autonomía. No es tan extraño que este encanto elitista con lo minoritario sea un caudal de votos para una extrema derecha que se presenta como populista, incluso cercana a lo quede de una clase obrera cuya preocupación no es la felicidad, sino vivir. En realidad, fuera de las comedias estadounidenses, nadie ha demostrado que la felicidad sea obligatoria. Nadie ha demostrado siquiera que sea posible. Tal vez lo máximo a lo que podemos aspirar es a cierto temple de ánimo ante la dureza de vivir.

7. Pero no es solo la desaparición de la clase obrera lo que amenaza en este capitalismo alternativo. Es la desaparición virtual de lo común a la especie, el sufrimiento radical de los seres finitos que somos y, también, la ocultación del maltrato mayoritario del que hemos sido objeto.  Dios nos libre de estar en contra de ningún trans, de ningún ser que sufre o ninguna minoría discriminada. Lo que incomoda es esta dimensión urgente y mundial de lo minoritario, que no deja de ser sospechoso de un genial ardid político. La sensibilidad extrema hacia las minorías, por exiguas y raras que sean, puede ser una cortina de humo para tapar el desprecio mayoritario y correcto, sin sangre a la vista, del que todos somos víctimas.

8. A mayor perversidad en el maltrato popular -como ocurre en EE.UU.-, más corrección formal y lingüística en las élites. Es tal el desprecio al que se somete a unos pueblos exprimidos sin cesar económica, social y simbólicamente, que hemos encontrado en todo lo minoritario, desde la corrección en el lenguaje hasta el cuidado de la imagen y los animalitos, la disculpa perfecta para que sea invisible nuestro modo de odio, una indiferencia a lo popular de la cual algunos populismos llevan tiempo sacando partido.

9. Vayamos a la disforia de género, a este ya célebre sentirse a disgusto con el propio cuerpo, con la biología heredada y el sexo en el que se ha nacido. Primero, el cuerpo solo es un signo de todo lo que no hemos elegido, de una vida que, en su raíz natal, es siempre una herencia inconsciente, un destino laberíntico que resurge lentamente por dentro. El cuerpo nunca le pedirá permiso a la conciencia, a la autopercepción consciente, para estar adecuado a la cabeza. Tener un cuerpo no es tener un instrumento a la mano, sino un continente de influencias que hemos de escuchar y en el que con frecuencia -aunque seamos blancos, varones y heterosexuales- nos sentiremos extraños.

10. ¿Disociados del cuerpo? Claro, de algún modo nos ocurre a todos, incluso a los deportistas de élite. Tener cuerpo, y no precisamente glorioso, implica jamás estar plenamente de acuerdo con él. El cuerpo es una prisión para el alma, pero también el alma es una prisión para el cuerpo. Alma y cuerpo son campos de fuerza, retos necesarios sin los cuales el otro polo no es nada. Además, cada vez que nos intentamos emancipar del cuerpo heredado, del alma heredada, caemos en las manos de otra prisión todavía peor, la opinión pública y el mercado social que nos promete una solución final al tormento de vivir. Nunca en tarifa plana, dicho sea de paso. Como se suele decir, cuando la oferta es gratuita es que el precio eres tú, un material humano que en el capitalismo financiero se ha convertido en primera mercancía.

11. Reasignación de género. ¿Decidida por quién, si el joven está hundido? En ausencia de inconsciente, de ecos de deseo, ni siquiera de tiempo para pensar, las modas se convierten en Dios. Y a la carrera. De algún modo tortuoso, nadie nace en un cuerpo equivocado. Y no hace falta leer a Nietzsche para saber esto. Si desde siempre soy bajito, mi inconsciente y mi conciencia está configurados por esa estatura. Igual que el tono de mi voz y el color de mis ojos, que no he elegido, esculpen mi espíritu. La anatomía es un destino que hay que descifrar a lo largo de un tiempo interminable. Todas las intervenciones en el cuerpo, de hecho muy antiguas, del peinado al maquillaje y los tatuajes, tienen la función de revelar, de encontrar el sentido real que late en una fisionomía. Lo otro, entender las elecciones estéticas sobre el cuerpo como una forma de transformarlo, en manos de una élite de expertos, es el invento de un totalitarismo ilustrado que no soporta la idea de lo dado o natal, el viejo y difícil imperativo anímico de «llegar a ser lo que ya eres».

12. Si la anatomía es una tarea interminable, esto significa siempre que hay que estar atento, sudando en un laberinto. El cuerpo no es nada parecido a un avatar manejable, que se pueda escoger a voluntad. Los casos patéticos de tantos ídolos de culto -no solo M. Jackson- que se sometieron a un tratamiento corporal multimillonario para acabar convertidos en muñecos, atormentados en una vida en la cual ya ni pueden morir dignamente, deberían advertirnos de adónde lleva esta fiebre contemporánea por elegir un cuerpo. Ilusión que no está lejos, digámoslo de paso, del sueño heredado de una selección nacionalsocialista que no nació precisamente en el extrarradio. El cuerpo, como el alma, es precisamente lo que no se elige. Igual que no se elige haber nacido. Ahí estriba el riesgo y la grandeza de ser humano, atendiendo a la parte de noche que nos toca.

13. Nadie se corresponde con su biología, pues lo heredado es el dédalo más complejo, siempre plagado de minotauros. Ni siquiera el pasado, está escrito, pues se reescribe conforme vivimos. Así pues, no deja de sonar a una extensión del desarraigo capitalista, personalizado y extendido microfísicamente a la masa corporal, este imperativo actual de intervenir en los órganos para clonarlos en no se sabe qué recipiente adaptado a la voluntad consciente y su aplaudida autopercepción. Adaptar tu cuerpo según la identidad pensada o sentida no deja de ser platonismo personalizado, diría Nietzsche. Transfilia subvencionada por el estado, por una cultura que no soporta la primera tarea humana de atender a lo no elegido, empezando por la existencia. Todo vale con tal de experimentar un huida de lo real, pero esta vez arraigada en la más íntima carne. Sería delicioso escuchar a Foucault, y más aún a Illich (El género vernáculo, 1982)* o a Pasolini, disertar sobre este uso policial de una identidad cerebral empoderada. Al ciudadano acosado por todas partes, que ya no es libre de dar un paso sin papeles -hasta el suicidio tiende a estar legislado en eutanasia-, se le permite a cambio una batida en sus propios órganos.

14. Más la felicidad obligatoria, claro, el derecho a no sufrir y sentirseautorealizado. Llegamos así al nombre sentido, al sexo sentido. A la edad sentida también, autopercibida. Casos hay donde el ciudadano demanda al estado porque se siente de cuarenta años, mientras en su carnet de identidad figuran sesenta y nueve. Es la ventaja inmensa y fácil, repetimos, de lo minoritario. Nos encontramos entonces con que al ciudadano controlado por todas partes -ni puede decidir qué es su salud sin atender a la normativa vigente- se le concede el privilegio narcisista de sentirse como quiera. Eso sí, a condición de que solicite la correspondiente instancia oficial a un estado maternal e interactivo cuyo poder ha dejado en pañales al antiguo capitalismo fordista, a su denostado heteropatriarcado.

15. El padre expulsado por la puerta entra, con semblante de madre, por la ventana. No obstante, igual que nuestras mascotas, Blancanieves puede transformarse en un ser despótico, una Cruela de Vil con sonrisa y dentadura perfecta. Goza, sé quien quieras ser. We can. Hasta Han se ha extendido en la perfidia de un poder que se presenta con un hedonista  puedes, en vez del clásico y aburrido  debes. La disciplina heteropatriarcal era ingenua, fácilmente sorteable. El control flexible, casi amniótico, es más sibilino.

16. Encontrar un género reasignado. La identidad de género es una disculpa genial para ignorar la identidad de existencia, de ser singular en la tierra entera. Vale decir, para reprimir la soledad común a que nos obliga el hecho inconsciente de haber nacido, de haber sido concebido. Debíamos sospechar del prefijo auto. La percepción nunca es «auto», pues percibir significa siempre la entrada de una alteridad -no pedida- en nosotros. De otro modo no es percepción, sino la típicamente occidental aplicación de modelos cognitivos -también heredados- a la alteridad real.

17. Nuestro odio a lo terrenal nos obliga a vender a toda prisa mágicas soluciones «científicas», subvencionadas por el estado, a un sufrimiento real que suele ser encarnizado y obedecer a una causalidad muy compleja. No deja de ser significativo que gran parte de los adolescentes que se someten a tránsito estén no solo inmersos en un problema de «identidad de género», sino también en serias patologías paralelas: anorexia, depresión, abusos, autismo… En ese caldo de cultivo adolescente, incluso contra la opinión de los padres, es donde cierta medicina de moda, cara y transhumana, hace su agosto y convierte a los jóvenes, que tal vez padezcan un sufrimiento propio de la edad -de cualquier edad-, en enfermos de por vida, en pacientes crónicos de un tratamiento que los hace tecno-dependientes.

18-Trastorno rápido de disforia de género (ROGD). Hormonas y cirugía, amputaciones e implantes. Pero ni unas ni otras son fácilmente reversibles. La propia medicina, la misma que escasamente ha estado a la altura en la reciente pandemia, no ha encontrado un método inocuo para deshacer un simple tatuaje. El tormento creciente de los numerosos casos de detransición es un fenómeno del cual en muchos países avanzados ni se puede hablar.

19. Mientras tanto, pues, tratamiento hormonal para toda la vida. Y bloqueadores de pubertad, sin efectos conocidos a largo plazo: ¿el corazón, el nivel cognitivo, la osteoporosis? No importa, pues lo que cuenta es el cortoplacismo de siempre, la imagen elitista de la corrección, la foto fija del impresionismo informativo y sus impactos virales en red. Y además ya se sabe, los jóvenes no piensan en mañana. Así que se los utiliza, a veces con el acuerdo de sus padres, como carne de cañón y banco de experimento. Si la eugenesia antigua, y toda clase de pruebas con medicamentos dudosos, se cebaba en los pobres e inmigrantes -recordemos el impresionante Cabeza de turco-, en delincuentes «voluntarios», en homosexuales o alcohólicos, ahora se utiliza a la adolescencia como un fácil elemento maleable. Liberados de sus padres, que padecen el oscurantismo familiar, han caído en manos de las corrientes de opinión. Y de un acéfalo estado que, más que el antiguo Dios, no tiene nadie ante quien rendir cuentas.

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