domingo, 19septiembre, 2021
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Nosotros, funcionarios de la nada (parte 2)

Guillem Tusell
Estudiante durante 4 años de arte y diseño en la escuela Eina de Barcelona. De 1992 a 1997 reside seis meses al año en Estambul, el primero publicando artículos en el semanario El Poble Andorrà, y los siguientes trabajando en turismo. Título de grado superior de Comercialización Turística, ha viajado por más de 50 países. Una novela publicada en el año 2000: La Lluna sobre el Mekong (Columna). Actualmente co-propietario de Speakerteam, agencia de viajes y conferenciantes para empresas. Mantiene dos blogs: uno de artículos políticos sobre el procés https://unaoportunidad2017.blogspot.com y otro de poesía https://malditospolimeros.blogspot.com."
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Enlazo con el anterior artículo sirviéndome de la misma filósofa, Michèle Le Doeuff. Al recordar su etapa de estudiante, en que la filosofía era obligatoria para todos, incluyendo las niñas, futuras mujeres, nos dice: <<Bendita sea la obligación que arrincona cualquier peligro de prohibición>>. Tal observación, situada en frente de esos gritos hipócritas y con suma mala fe de “libertad, libertad” que profirió la derecha en el Congreso (Ley Celaá), y que comentamos que no era sino una defensa de sus privilegios, la podríamos enfocar hacia la separación por sexos en una escuela, independientemente que esta sea pública, concertada o privada. Y subrayo “independientemente”, pues ¿tiene lo privado la potestad de condicionar la libertad de las personas, todavía más, en la infancia, cuando son más vulnerables e influenciables? ¿Sería igual de legítimo una escuela donde separasen blancos de africanos o de asiáticos? ¿Musulmanes a un lado, ateos al otro, católicos más allá? De hecho, la existencia de una escuela religiosa (aquí católica, pero sirva la islámica en otro país) es un ataque al fondo del pensamiento crítico y libre de cualquier niña o niño. Pero este no era el tema prometido, sino por qué el feminismo puede ayudar la sociedad a mejorarla, a evitar esa manipulación y asignación de roles que condiciona nuestras vidas e identidades y que permiten la injusticia diaria y cotidiana, sumisas de “altos ideales” que no son tales, sino meras maniobras y artimañas para mantener unos privilegios. Para evitar ser esos funcionarios de la nada en que nos convierte, poco a poco, grácil e ineludiblemente, el modo consumista como base del comportamiento social.

Otra cita, y prometo que será la última. Le Doeuff nos habla de lo fundamental enfrentado a lo cotidiano respecto a ser filósofa y mujer, y que uno ve extensible a toda la falocracia que ha reinado en la historia del ser humano. Dice, Le Doeuff, respecto a sus “compañeros” filósofos (al menos de profesión o vocación): «Pero la cuestión fundamental no debe hacernos olvidar lo cotidiano, lo más cotidiano y, por consiguiente, el problema tal como se presenta a las mujeres que viven y se descubren en un mundo donde esta creencia es patente o latente. Porque la mirada del otro cuenta, lo mismo que sus actitudes, día tras día. Sus reacciones casi anecdóticas, una mueca torcida, una palabra dicha al pasar, a la que se os reprochará inmediatamente dar demasiada importancia, etc.».

El feminismo no solamente es útil, sino necesario, para establecer un punto de vista. Su perspectiva permite ver ángulos, matices, formas y sombras que, en caso contrario, no pueden ser percibidas. Por ello, a lo largo de la historia, todos esos ángulos, matices, formas y sombras se han obviado. Filosofía, arte, política, historia, tradiciones o relaciones sociales, no es que se muestren desnudas, pero sí más esclarecedoras. Aunque deberíamos pedir un acto de solidaridad y generosidad (y recalco que tal vez sea injusto, muy injusto, pero no sé) y convenir que el feminismo no puede quedarse ahí. Pues, si el feminismo nos permite asentar un punto de vista, tal vez deberíamos servirnos de su perspectiva para transformar la sociedad (y, por ende, la filosofía, el arte, la política, etc). El riesgo de no actuar en pos de esa transformación es que el feminismo acabe siendo un punto de vista reconocido… pero vacío: es decir, que pongamos los pies en ese punto de vista pero que las manos continúen ignorándolo. Un poco como la reivindicación de Martin Luther King, que ha quedado en un sueño descafeinado, publicitario y fagocitado por la superficialidad del sistema, permitiendo que el racismo más evidente desaparezca, pero que quede anquilosado y fijado todo aquello contra lo que él luchaba (que iba mucho más allá de la abolición de la segregación racial). Hablando en plata: si el feminismo se limita a señalar el punto de vista falocéntrico (porque decir “machista” no es suficiente) que, mediante la fuerza y el poder ha reinado casi sin oposición, se quedará como un dedo flotante e inocuo que señala la injusticia, y se producirán algunos cambios superficiales, pero no una transformación estructural.

Tal ejemplo, podemos trasladarlo a la democracia. Nuestros sistemas democráticos también tienen un “punto de vista”, y es el de arriba. Hay que especificar que ese “arriba” es una mezcla entre la “belleza teórica” inherente a la misma democracia en sí (algo que habitualmente nos ciega, como lo fundamental frente a lo cotidiano) y la situación del poder decisorio (las esferas que deciden, los poderes económicos). Cierto planteamiento de la izquierda, quizás descolocada por la aceptación en todas las clases sociales del consumismo como modo de vida irrenunciable, actúa como mucho feminismo: se limita a señalar, denunciar, e intentar establecer el punto de vista propio. Y por ello también es inocuo: de la misma manera que la fuerza falocéntrica reside, en gran parte, en la inercia de centenares y miles de años, la fuerza del poder económico basado en la concentración “alta” del mismo, también acumula centenares y miles de años de inercia.

Entonces, si las posibilidades de transformación que pueden servirse del feminismo para conseguir una sociedad más justa, pasan por “bajarlo” de los pies a las manos, de la perspectiva del movimiento al movimiento de los individuos, con la democracia ocurre lo mismo: hay que “bajarla”. Ya sea mediante acostumbrar a niñas y niños y adolescentes a tomar decisiones colectivas en escuelas o institutos periódicamente, a calles o barrios a votar para aplicar cambios en las mismas, a realizar pequeños referéndums en pueblos o ciudades. Es decir, que las elecciones que se producen cada cuatro años no sean consecuencia de “arriba” (se acabó el mandato, se rompió una coalición) sino que, para el individuo, sean la consecuencia de toda una serie de deliberaciones y decisiones colectivas que, desde “abajo”, viene practicando desde niña o niño. ¿Se aprecia el peligro de ello para el establishment? ¿La relación con según qué tipo de escuelas? ¿Incluso con según qué tipo de reivindicaciones políticas?

Permítanme un atrevimiento: a lo largo de sus vidas, si sonsacamos todas esas votaciones dadas desde “arriba” (elecciones generales, autonómicas, municipales…), ¿cuántas decisiones colectivas han tomado? Con el ejemplo del feminismo, la pregunta es parecida: teniendo en cuenta que todos estamos sumidos en esa inercia falocrática (miren, de nuevo, filosofía, arte, política, ciencia, tradiciones, etc), ¿cuántas veces han “actuado” adoptando el punto de vista feminista, sean mujeres u hombres?

Cambiar los pies de lugar gracias al punto de vista que ofrece el feminismo o la confianza en la democracia (ambos aspectos unidos por la intención de justicia), nos enriquece aprendiendo a mirar. Pero alrededor todo continúa moviéndose bajo esa inercia antes referida, cuyo empuje, en parte, proviene de esos “olvidos” tan intencionados. Entonces, no es suficiente con un “para nosotras mismas o para nosotros mismos”, sino que es imprescindible enseñar a las siguientes generaciones que la posibilidad de libertad y justicia las llevan cada uno adentro, pero que para ejercerlas uno debe aprender a tomar “sus” decisiones en aras de las colectivas “desde” esa libertad y justicia. De ahí la virulencia ante una (pobre y tímida) ley educativa, imaginen pues ante una reforma de todo el sistema educativo en contra de los privilegios y a favor de educar niñas y niños en el pensamiento crítico, la libertad de decisión y la justicia. Añádanle la libertad de creencia. Uno se atreve a decir, incluso, que el PSOE estaría totalmente en contra.

Y, también, cabría preguntarse si hay un intento de fagocitar el feminismo como algo publicitario, para incorporarlo, así, a la superficialidad del sistema consumista (convertir el feminismo en un acto de consumo puntual y gratificante pero efímero e inocuo). Preguntarse si ello es debido al miedo que provoca su fuerza y potencia en aras de un mundo más justo, y que, ineludiblemente, comportaría una transformación de la sociedad acabando con una inercia de poder que no se limita al machismo / feminismo, sino que va mucho más allá, y que permite afianzar todas esas desigualdades bajo el velo de religiones, nacionalismos o la gratificación de consumir continuamente. Porque toda esa inercia histórica funciona, también, porque nosotros nos movemos con ella, aumentando su fuerza y su capacidad de absorción. Es, en este sentido, que somos necesarios para que funcione de tal o cual manera, que somos funcionarios, funcionarios de un sistema que, poco a poco, vamos viendo que nos conduce a la nada. No a la nada teórica o existencialista, no a unas distopías de seres sin alma o autómatas, sino a una nada real y cruda, con un planeta destrozado, con recursos diezmados, donde incluso los descendientes de los descendientes de esas élites no tendrán nada, porque no habrá nada donde vivir, y los privilegios habrán sido una chispita en la corta historia de la humanidad, pero de la que nació el incendio que acabó con todo.

Tal vez un pelín apocalíptico, pero permítanme la demagogia: hace un par de años, ¿cuántas mascarillas se habían puesto?

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