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Francisco Silverahttp://www.quenosenada.blogspot.com.es
Escritor y profesor, licenciado en Filosofía por la Universidad de Sevilla y Doctor por la Universidad de Valladolid. He sido gestor cultural, lógicamente frustrado, y soy profesor funcionario de Enseñanza Secundaria, de Filosofía, hasta donde lo permitan los gobiernos actuales.
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Voy a tomar distancia para no oler tanto a mierda, a veces la hez tiene una buena vista mirada desde arriba. Sigue ganando terreno la ultraderecha en Europa, simbólicamente su entrada en el Bundestag con casi un 13% del voto tedesco debería ser una voz de alarma; porque eso significa que, donde más dolió la enfermedad, hoy ya se empieza a olvidar. El activo y evidente papel reaccionario de nuestro Trump, el sesgo ultramontano de los gobiernos europeos, el progresivo (e inútil) autoaislamiento de los Estados de Derecho herederos directos de los valores ilustrados (desperdiciados con la esclavitud y el imperialismo colonialista), la pauperización excluyente del discurso político al servicio de la estupidez ramplona haciéndose pasar por Razón de Estado… están haciendo de la Tierra un lugar cada vez más inseguro para vivir.

La derecha menos cultivada impone su plan. De momento Fukuyama 5 – Chomsky 0… pero el partido está amañado, el guardameta lingüista está advirtiéndonoslo desde el primer tiempo, pero no puede evitar el coladero que el resto del grupo ha hecho del equipo, de la sociedad… Una izquierda, desaparecida buscando esencias de eternidad, ha restado contrapeso creíble al ultraconservadurismo neoliberal. Miremos donde miremos, el dinero no es que mande (ese idioma lo entendemos todos) sino que impone aplastando con su estulticia delincuente. Nos vendieron una globalización disfrazada de cine, rock’n’roll y ropa barata, con acceso inmediato a la carne procesada o la información, y subrepticiamente, como en La invasión de los ladrones de cuerpos, nos han convertido a la mayoría en pupas para reproducir su sistema de vida amparado en la explotación y el lujo gratuito exclusivista más decadente y despreciable.

Y prueba de lo que digo es que, cada vez más, el ateísmo, el antifundamentalismo liberal, el Humanismo, el hedonismo basado en el conocimiento, la Libertad (hasta para suicidarnos), la Enseñanza para promover la singularidad individual, etc., es decir, todo aquello que nos permite alcanzar las únicas cotas de felicidad terrenal conocidas hasta ahora, ha vuelto a ceder territorio a un discurso normalizante que persigue entelequias absurdas que transvaloran ese pragmatismo de la paz y la sostenibilidad, calificándolo como veleidad ingenua y sustituyéndolo por realidades frustrantes espirituales como la riqueza (que sólo tiene sentido si lo es para una minoría), el Mercado (como ente arresponsable y anónimo), las religiones confesionales como derecho individual (todas falsedades históricas) y la tradición como esencia del «pueblo»: término neofascista que suple a la «ciudadanía» libertaria.

Si la izquierda quiere recuperar fueros debe empezar por negar la no-ideología estupidizante en boga:

  1. Contra este modelo de globalización; la libertad y la participación democráticas se consiguen con unidades de gestión progresivamente más pequeñas, no creando naciones abstractas mayores; y la única garantía del cumplimiento de los derechos inalienables del ser humano individual, antes del necesario proceso de disolución de los países, es articular una supervisión mundial (independiente de las organizaciones políticas) con capacidad para ejecutar sentencias y ante la cual los Estados y nuestros representantes (que no gobernantes) hagan de correa de transmisión de esos derechos universales (por darme un poco de autoridad y quitarme originalidad, les recuerdo que don José Luis Sampedro propuso algo parecido).
  2. Liberalización de flujo de personas a la vez que el del dinero, o lo que es lo mismo, si una empresa quiere contratar con sueldos de miseria que se enfrente a la contestación popular directa si se atreve, no protegida por gobiernos conniventes y amparada en las diferencias culturales, económicas, políticas… puede parecer un caos inminente de movimientos, pero en realidad estamos devolviendo la capacidad de emprender a países que han sido colonizados ya de todas las formas posibles; casi nadie se va de su tierra y familia si tiene una oportunidad, ¿quién trabajaría por una miseria si libremente pudiera moverse de país en país?… salvo que queramos mantener un sistema de obesos mórbidos encerrados por fronteras blindadas atacadas por raquíticos moribundos externos. Hay que devolver la capacidad de elegir y competir a quienes no tienen los medios, el «caos» es el miedo interesado de quienes temen perder lo suyo. No al falso liberalismo, en el fondo proteccionista y estatalista.
  3. Abajo con la economía mundial en un proceso de enfriamiento más que político: ecológico; la única parte de la población mundial que perdería sería la privilegiada, esa élite que parasita a la gran mayoría y al planeta para tener una aplicación en el móvil que le suba las persianas, hay que decirlo abiertamente: lejos de los grandes mercados (negocio para grandes mamones) hay que volver a una cierta autarquía que permita el control del medioambiente y de la generación de riqueza fruto de la producción y el trabajo reales y no de la economía financiero-especulativa. Cambiar el modo de vida (tampoco soy original, lean 10.000 millones de Stephen Emmott).

La izquierda desnortada anda defendiendo malformaciones históricas como Cataluña o España, anamórfosis de la ética como la banca totalitaria que nos gobierna, imposibilidades contables como las deudas públicas por encima de la capacidad de producción, jugando a las cartas del fascismo neocón… esta partida, trucada, es suya, la obligación de la izquierda es pensar, plantear alternativas y despertar de su sueño de camisetas del Che y pañuelos palestinos; la gran diferencia ideológica entre conservadores y progresistas hoy radica en creerse aquéllos capaces de controlar el mundo (fantasía de la política caduca del siglo XX) o en entender éstos que el papel de la política es regular las relaciones humanas a fin de provocar condiciones pragmáticas de vida digna (sin valores, sin moral, con la ayuda de la Enseñanza para que cada persona decida en el contexto de su entorno social sin hacer daño).

Por eso la derecha es derecha, siempre lo es y no cambia, pero por ello también el PSOE lo es, una buena parte de IU lo es y Podemos, que parecía respirar otro aire, cada vez es más PSOE (ha bastado una legislatura y pico de carguetes)… la Ciudadanía, no el pueblo (que suele ser inculto y brutal y ciego por intereses de la clase dominante), la Ciudadanía languidece abandonada esperando su exterminio por los nazis del siglo XXI, que creen no serlo porque las nuevas razas arias se distinguen o por su nacionalismo o por su cartera de valores, aquél es el nazismo popular de los movimientos distópicos neopatrioteros y éste la desvergüenza noble racista de quien se cree superior porque paga en los hoteles para que le despeguen la mierda pegada en la taza del váter.

Puede no compartir nada de lo que digo, quizá tenga razón. Pero no me pida que yo «conserve» las formas para que usted pueda comer tres plastas de colores en un plato de diseño mientras se lamenta de los refugiados sirios o de la opresión al «pueblo catalán» o en defensa la «santidad constitucional» de la inocente Transición ibérica. Hasta los cojones de mediocridad. Despertad, coño.

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