El cine agoniza a causa de la pandemia, pero entre las ruinas del Séptimo Arte ha cristalizado una perla, una película íntima, social y comprometida que se ha llevado, merecidamente, la gloria en la gala de los Oscar de este año. Se trata de Nomadland, la historia de una mujer que lo ha perdido todo durante la crisis de 2008 y que, ahogada por una penosa situación económica, decide echarse a la carretera en una caravana para vivir al día. Como nota curiosa, Frances McDormand se enamoró del libro escrito por Jessica Bruder, compró los derechos de adaptación y le propuso a Chloé Zhao, una joven cineasta china afincada en Estados Unidos, que la dirigiera. Solo por ese acto de fe, por ese instinto prodigioso de la gran actriz norteamericana, merece la pena ver la cinta. 

La peripecia de Fern (encarnada por la siempre maravillosa McDormand) es no solo una road movie y un western posmoderno, sino un relato de nuestro tiempo que dice mucho acerca de este mundo enloquecido que hemos construido y de cada uno de nosotros. Ahora que el sistema capitalista se ha vuelto a derrumbar estrepitosamente (esta vez no por unas malas hipotecas subprime sino por un bicho microscópico que ha llegado para disputarle al ser humano la hegemonía del planeta) sobrecoge una película que habla de dignidad pisoteada y derechos robados, de valentía y supervivencia, de auténticos valores humanos que están siendo aplastados por el imperio del dinero.

Nómadas somos todos o podemos serlo en cualquier momento porque nadie, ni siquiera los grandes magnates de los negocios que mueven los hilos por ahí arriba, están a salvo de que un día la vida les arree fuerte, dejándolos sin nada, en pelota picada y condenados al traqueteo de una caravana destartalada, a un paisaje yermo y desconocido y a un sol crespuscular en el horizonte como único patrimonio.

Definitivamente, y por influencia de un modelo económico injusto que es casi un genocidio silencioso, el mayor que se haya cometido jamás, nos han reducido a la categoría de nómadas despojados de lo esencial, insectos asustados que reptan por la tierra como las cucarachas. Nómada es esa anciana desahuciada por un banco que se ve obligada a buscar un techo en alguna parte; nómada es el inmigrante africano que se juega la vida en una patera, inútilmente, en busca del sueño europeo; y nómada es esa mujer maltratada que tiene que salir corriendo de su hogar, con sus hijos a cuestas, para evitar que su marido acabe con ella. Nómadas los hay de muchas clases: el que arrastra su mochila cargada de sueños rotos, el que duerme sobre el lecho de cartón en un cajero automático y el que le da a la litrona en el parque mientras envidia a los niños de los columpios, esa infancia feliz que él nunca tuvo.

Vivimos en un mundo azaroso donde la vida ya no vale nada, donde la gente busca desesperadamente no ya la felicidad, que eso quedó muy atrás como una utopía o vestigio del pasado, sino la mera supervivencia, seguir vivo una hora más, el pan nuestro de cada día. El sistema nos ha convertido en “precarizados”, una nueva casta social situada solo un peldaño por encima de los parásitos, y bajo esa condición nos arrastramos de acá para allá buscando un futuro que no existe, un dinero que nos roban y un alimento que no llega. Nos hemos acostumbrado al nomadismo, a la incertidumbre, a la ausencia de futuro, y todo eso que nos cuenta la corajuda Fern en la película no ocurre por casualidad, sino que es consecuencia de unas políticas, de una forma malvada de gobernar y de una manera de entender la vida y la sociedad.

El trumpismo ha sido nefasto para el mundo entero, no solo por lo que tiene de demolición del Estado de bienestar sino por el cambio de paradigma que ha obrado en las conciencias. En apenas unos años de fascismo trumpista, millones de personas han asumido como buenos y propios, sin sentir remordimiento alguno, los depravados antivalores como el egoísmo, la injusticia, la insolidaridad, la violencia y el racismo, los nuevos principios inspiradores de este terrible siglo XXI que nos está tocando vivir.

Al igual que Fern no tarda en cruzarse en la carretera con otras vidas truncadas como la de ella, con otros desclasados reducidos a mano de obra barata, con los esclavos del dios Amazon que firman contratos por horas o por días, en España no tenemos que ir muy lejos para encontrarnos con los nómadas de hoy. Están por todas partes, nos topamos con ellos nada más salir del ascensor porque la pobreza ya no va por barrios como antes, sino que el mundo entero se ha convertido en un gran gueto con pequeñas islas, oasis o fortificaciones residenciales donde los ricos se refugian de la apestada masa empobrecida mientras ponen el culo a remojo en sus estúpidas piscinas. Una pirámide de injusticia cósmica que ni el bueno de Biden va a poder desmontar con su New Deal 2.

Podemos tocar y oler la miseria y la desigualdad a poco que nos atrevamos a superar el “síndrome de la cabaña”, un mal extendido que nos atenaza y que nos lleva a confinarnos en nuestras madrigueras por el miedo a contraer el bicho. No tenemos más que abrir los ojos para observar el Ferrari al lado del carro del chatarrero; el trajeado de los negocios junto al pobre con cartela; el rascacielos de pulido diamante negro junto a la chabola y el mendigo que rebusca en la basura del contenedor. Y todo eso mezclado, apelmazado, fundido en un miasma surrealista y atroz.

A todos esos nómadas podemos verlos con solo salir de casa y enfrentarnos al exterior porque el mundo entero se ha convertido en un sindiós sin orden ni concierto; un manicomio de gente desorientada de acá para allá o jungla donde, una vez liquidado el Estado de bienestar, rige la ley del más fuerte; un espejismo de libertad pese a lo que diga Díaz Ayuso sobre su amado Madrid. Una trituradora, en fin, que va matando a los débiles y engordando a los poderosos. Los nómadas están ahí, rozándose con nosotros por la calle a cada momento, sufriendo en el más puro anonimato y silencio, consumiendo la poca vida que les han dejado. Y son legión.

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