Sucede inesperada y también mágicamente. Acabo de dejar a mi chica en la esquina de Serrano con Ayala y avanzo con pasos largos, rápidos y decididos en busca de alguna librería en la que tengan el número 22 de Dragon Ball Ultimated Edition. No miro a nadie, no miro a nada, pero algo… algún extraño encantamiento… hace que levante la cabeza y me encuentre con una chica de blusa azul intenso.

Hay algo en ella especial, así que busco su cara. Me suena. ¡Claro! Es la chica de Movistar F1. Me acuerdo inmediatamente del apellido, de Miguel, pero su nombre se me resiste un instante. Tiempo suficiente para que pise el freno y no me deje llevar por mi natural bailón y la aborde, sonría y pida un autógrafo.

-Hola, ¿te importaría firmarme un autógrafo? No llevo papel ni boli, pero mi esmarfon es de esos que llevan incorporado una suerte de lapicito. Podrías firmar en la pantalla…

Pero me fallan los reflejos. Cuando las cinco letras de su nombre, Noemí, logran pisar mis labios ya está a unos dos o tres metros de distancia. Quizá se asuste si me ve corriendo tras ella, así que me quedo quieto. Quieto, pero mirándola.

Qué interesante, qué poderío, y sobre todo que sugerente e inspirador verla. La noche anterior repasando La hora de la F1 en Movistar , correspondiente al Gran Premio de China, la había visto en el plató, siempre está en los circuitos y casi nunca en estudio, y había pensado que era la más brillante del equipo (pido disculpas al resto de sus compañeros, cada uno con sus propios talentos y brillos), y pensé también que me gustaría verla, oírla, haciendo la retransmisión en directo de alguna carrera; el resultado podría ser magnífico.

Y unas horas después, dieciséis o diecisiete, me la cruzo: contenta de sí misma, disfrutando con el pequeño juego de ir por la calle y ser reconocido, viviendo una vida de novela saltando a través del mundo entero, de ciudad en ciudad, de circuito en circuito.

Pero lo más feérico, para mí y sólo para mí, fue que sucediera en la calle Serrano, pues cuando era adolescente acudía todas las semanas a un kiosko que hay frente a los Jerónimos para comprar la revista Formula (el inolvidable Javier del Arco de Izco) y también Autosprint (que me hizo aprender italiano).

Me quedo mirándola hasta que se hace pequeña, con su blusa azul intenso, a lo lejos, parándose ante el box de… no, no es el box de ninguna escudería, no estamos en un circuito. Se ha parado ante una tienda. Estamos en Madrid, mi Mad Madrid, que ella ha transmutado durante un momento, trayendo el mundo de la Fórmula 1 ante mí. Sonrío antes de girarme y seguir mi camino.

Noemí de Miguel. Ah, me han fallado los reflejos. He pisado el freno. Habría sido tan divertido que me hubiese firmado un autógrafo en la pantalla del esmarfon. No importa. Quizá haya otra ocasión, la magia es caprichosa y puede repetirse si los hados y las duendesas juegan a ponerse de acuerdo. En cualquier caso le agradezco a Noemí de Miguel el involuntario hechizo: una calle de Madrid convertida en un trozo de circuito. Y desde aquí le deseo ventura y largo éxito.

Tigre tigre.

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