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No se van de rositas

Braulio Llamero
Braulio Llamero
Escritor. Su última novela, recién publicada, “Lo que nunca se contó de Artemio”. Su último libro para niños, “¿Puedo borrarme de vampiro?”. También es periodista y ha trabajado en medios locales y regionales de radio, prensa y televisión. Fue columnista diario durante décadas en La Opinión de Zamora (donde también fue director) y Tribuna de Salamanca, entre otros. Más información en www.brauliollamero.com
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análisis

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No sé si con una visión lejana y mesetaria se puede opinar sobre la brumosa y desquiciada política catalana. Me refiero, sin caer en clichés ideológicos o toxicidades aledañas. Pero uno, desde aquí, esquina noroeste peninsular, ve un clase política al mando bastante desnortada. Me refiero al mundo nacionalista, reconvertido en independentista y con una desorientación espacio/temporal creo que evidente. En vez de preocuparse por hacer más llevadera la vida de los catalanes, de todos, de los que más lo necesitan en primer término, llave años enredados en una telaraña que los ha ido maniatando y de la que no aciertan a escapar.

¿Qué es hoy la independencia, en este mundo tan achicado por las veloces rutas de transporte e informativas? No creo que verdad se hayan respondido a este primer y básico interrogante. Cada vez tienen menos sentido las fronteras antañonas, la división en países, los gobiernos locales. El poder ya no se percibe en esas representaciones, sino en otras más endiabladas, más potentes, que son globales y nos machacan a la vez a los de Zamora, a los de Lleida y a los del sudeste asiático, por ejemplo. Ahora sí que estamos rodeados de gigantes temibles que nos amenazan, por más que algunos insistan en que solo son molinos. Pero esto se nos ha llenado de Sancho Panzas y escasean los Quijotes. Cada cual quiere su ínsula.

No  critico las ansias independentistas, solo muestro mi incomprensión en este momento histórico concreto. Aún así, no seré yo quiene niegue a nadie sus aspiraciones. Si la mayoría de los catalanes (o los vascos o los conquenses) quieren ir por libre, mis parabienes las tendrán siempre. El problema en Cataluña, como saben, es que un parte importante de su clase política ha entrado en una notable enajenación mental, no se sabe aún si transitoria, y defienden esa independencia sin que les siga ni la mitad apenas de la población a independizar.

Y por eso me parecen bien los indultos que esa semana un Gobierno inteligente ha dado a quienes quisieron independizar a quienes no está claro que mayoritariamente quisieran. Me parece bien porque enajenado no es sinónimo de delincuente. Y porque “de rositas”, como algunos dicen, no se van en ningún caso. Tres años en prisión solo puede parecerle poco a quienes carecen de empatía (vulgo, sicópatas) o ni se paran a pensarlo. Me parece bien, también y sobre todo, porque solo hay que ver la reacción de los indultados y sus corifeos. La extrema irritación que muestran por la generosidad indica que en realidad les hace daño. Parece raro, sí, pero cuando estás chiflado los parámetros de normalidad se alteran.

Ojalá los indultados y su mundo se recuperen pronto. ¡Animo!

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