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“No creo que viajando aumenten mis posibilidades de morir”

El aventurero Ricardo Fité narra los dos meses empleados en recorrer 11.000 kilómetros de Barcelona a Mongolia en su vieja Yamaha de 250 c.c.

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Ricardo Fité se subió a una moto con 25 años y desde entonces no la abandona allá por donde viaja, una forma de vida que practica ligero de equipaje a zonas recónditas del planeta, alejadas por completo de los circuitos turísticos preparados para los más avezados en experiencias viajeras concertadas. En No le digas a la mama que me he ido a Mongolia en moto, publicado por Diëresis, este barcelonés nacido en 1974 narra su experiencia sobre su antigua Yamaha de 250 c.c. y los dos meses que empleó para recorrer montado en ella los 11.000 kilómetros que distan de Barcelona a Mongolia, atravesando buena parte de Europa del Este, Rusia y el corazón de Asia Central. Una experiencia única de la que nos hace partícipes a los lectores.

“Si programo en exceso y todo ha salido bien me siento un poco vacío”

 

Hacer este viaje puede ser apasionante, sin duda. Pero, ¿cómo hacer apasionante un libro que cuente todas las andanzas y aventuras de este viaje?

Este libro está lleno de encuentros con personas que convierten las situaciones más simples en curiosas anécdotas. Me gusta recrearme en esas escenas y revivir esos momentos. No soy muy bueno describiendo paisajes; sin embargo, me divierte mucho recordar los diálogos y plasmarlos en el papel.

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¿Por qué la literatura de viajes es un género que gana seguidores a un ritmo creciente?

Desde las diferentes plataformas, continuamente nos llega mucha información de viajeros que publican sus experiencias. De repente ya no necesitamos una gran editorial para empezar. La autoedición te permite dar tus primeros pasos para publicar tus vivencias. Actualmente, algunos editores están dando una oportunidad a este tipo de relatos. Al mismo tiempo, nos contagiamos unos a otros y vemos que lo que antes era muy lejano, de repente es factible. Además, gracias a las redes sociales se personifica al viajero-autor, sintiéndolo tan próximo que incluso te permite interactuar con él.

 

Define con dos términos todo lo que rodea la aventura en moto: incertidumbre y soledad. ¿Qué se siente cuando uno emprende este camino tan solitario como incierto?

Creo que cada viajero tendrá sensaciones diferentes. Aunque no me atrevo a generalizar, puedo afirmar que en mi caso lo que siento es ilusión y emoción por hacer lo que más me gusta. Estoy muy cómodo en la incertidumbre, al fin y al cabo es lo que he venido a buscar. Si programo en exceso y todo ha salido bien me siento un poco vacío. Viajo en solitario porque mis amigos más cercanos, aquellos con los que me gustaría ir no quieren o no pueden venir. Pienso que el destino al que me apetece llegar está por encima de si voy a ir solo o no, y los encuentros con las personas que me invitan a su casa son tan intensos que no me da tiempo a sentir esa soledad. De hecho cuando acepto alojarme en casas demasiado humildes o acabo con personajes que se adivinan al límite del reglamento, confieso que me siento aliviado de no ir acompañado pues bastante tengo con gestionar mis miedos e inseguridades.

“Estoy muy cómodo en la incertidumbre, al fin y al cabo es lo que he venido a buscar”

 

¿Sería capaz de empeñar su moto por un lugar con cobertura wifi?

No, ni mucho menos. Viajo sin ordenador para intentar reducir al máximo las horas mirando una pantalla. Incluso a esa parte de mi vida le intento dar un descanso. Aunque durante el viaje cada cierto tiempo entro en las redes sociales, de entrada procuro que todo lo relacionado con el teléfono quede en un segundo plano.

 

¿Por qué se le presupone a todo libro de viajes que el humor debe ser uno de sus ingredientes principales?

Actualmente, dentro de ese género, tal vez esté un poco más de moda el personaje torpe, no acostumbrado a ese tipo de viajes y que se encuentra por azar en situaciones rocambolescas. También es cierto que vivimos en un mundo en el que viajar es cada vez más fácil y está más al alcance de cualquiera, así que a estas alturas es difícil verse en un viaje tan épico y peligroso en el que no tenga cabida el buen humor.

“El único momento que sí sentí cierta inquietud fue cuando me vi en mitad de la nada en Mongolia”

 

11.000 kilómetros en dos meses. Ni la teoría de la relatividad de Einstein podría explicar qué pulsión interior le mueve para acometer esta aventura. ¿Podría resumirnos los puntos fundamentales de ese ímpetu?

Creo que viene de pequeño, cuando viajaba con mis padres en coche. Era como ir descubriendo cosas nuevas en función de lo lejos que llegábamos. Llevábamos tienda de campaña y yo veía que no les preocupaba en exceso cosas como “y si el coche se estropea, ¿dónde dormiremos hoy? ¿será peligroso?”, sino más bien al contrario, mis padres gritaban contentos: “¡Chicos, vamos de aventura!” Por eso me siento cómodo viajando de este modo. Básicamente, aunque sea a otro nivel, reproduzco lo que aprendí aquellos años.

 

Habrá experimentado indudablemente incontables situaciones límite, pero ¿hubo algún momento en que sintió que la aventura terminaba definitivamente?

No, el único momento que sí sentí cierta inquietud fue cuando me vi en mitad de la nada en Mongolia y sabía que estaba un poco perdido. Iba con el chasis de la moto partido y me caí un par de veces. Entonces empecé a pensar qué pasaría si en una de esas caídas me lesionaba lo suficiente como para no poder continuar. Afortunadamente fue todo imaginario.

 

 

Un aventurero como usted, que se sube a una moto en busca de un mundo casi desconocido e inhóspito, ¿tiene presente e algún momento la existencia de la muerte o eso le pilla demasiado lejos?

Le temo a la muerte al mismo nivel y con la misma intensidad que cuando estoy en casa. No creo que viajando estén aumentando mis posibilidades de morir.

 

No le digas a la mama que me he ido a Mongolia en moto
Ricardo Fité
Diëresis
216 páginas
19 €

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