Ningún ser humano puede tacharse ni ser señalado como ilegal. El ser humano no es ilegal por naturaleza; son las fronteras de los miedos, de los poderes gubernamentales y de los intereses económicos, quienes a lo largo de la historia han dibujado líneas en los mapas con la intención de apropiarse de trozos de tierra para explotarlos y subyugar a sus habitantes y ciudadanos a la jerarquía que el poder, de unos y otros, ha decidido.

En mis múltiples visitas a la ciudad de Madrid, al pasear por diferentes lugares como Lavapiés y los alrededores de Plaza Mayor, he podido observar con bastante contundencia, en más de una ocasión, como seres humanos que intentan ganarse la vida mediante la venta de diferentes materiales en una ciudad y una sociedad asfixiada por el egoísmo económico, son perseguidos y golpeados por diferentes cuerpos policiales, y en más de una ocasión me ha cogido en mitad del incidente, y presto he tenido que refugiarme en algún bar.

Y la excusa para estas agresiones es que, son ilegales realizando actividades ilegales. Lo curioso de todo esto es que, golpea en mucha mayor medida a la economía y a la sociedad española las ilegalidades de quien sí se considera legal según los papeles, que de esos seres humanos intentando sobrevivir. No he presenciado todavía, y creo que no lo presenciaré, diferentes batidas para agredir y expulsar de las calles a quienes han desfalcado o robado o corrompido desde los poderes políticos o empresariales.  No solo eso, sino que se pavonean por plazas y calles principales, y acuden a eventos donde se les reina pleitesía. Es un hecho que, como sociedad y como ciudadanos, seguimos etiquetando y pronunciando nuestros desprecios y etiquetas en función de mucha ignorancia y desconocimiento, y en relación al poder adquisitivo que se sostenga.

Lejos de entrar en ninguna dialéctica o resolución imperfecta sobre la verdad de últimos incidentes acontecidos en Madrid, de señalar a buenos o malos, y de generalizar las intenciones de todos ellos, lo que está claro es que, ninguno de todos esos que huyen son seres humanos de segunda o tercera, al contrario, son simples seres humanos intentando sobrevivir en las condiciones que, en una u otra manera, han podido obtener. Y en múltiples casos, tras lograr huir de guerras y genocidios que sucedían en sus países. Ningún ser humano, como he dicho, es ilegal; y no lo es, aunque una corporación desestime durante años un documento que indique que sí lo es; y no pueda por ello, acceder a simples trabajos donde se les remunere en relación a su labor, esfuerzo o responsabilidad. Ni tampoco acceso a derechos dignos de todo ser humano.

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Escritor. En el 2003 publica el entrevero literario “El dilema de la vida insinúa una alarma infinita”, donde excomulga la muerte a través de relatos cortos y poemas, todas las muertes, la muerte del instante, la del cuerpo y la de la mente. Dos años más tarde, en 2005, sale a la luz su primera novela, “El albur de los átomos”. En ella arrastra al lector a un mundo irracional de casualidades y coincidencias a través de sus personajes, donde la duda increpa y aturde sobre si en verdad somos dueños de los instantes de nuestra vida, o los acontecimientos poco a poco van mudando nuestro lugar hasta procurarnos otro. En 2011 publica su segunda novela, “Historia de una fotografía”, donde viaja al interior del ser humano, se sumerge y explora los espacios físicos y morales a lo largo de un relato dividido en tres bloques. El hombre es el enemigo del propio hombre, y la vida la única posibilidad, todo se articula en base a esta idea. A partir de estas fechas comienza a colaborar con artículos de opinión en diferentes periódicos y revistas, en algunos casos de manera esporádica y en otros de forma periódica. “Vieja melodía del mundo”, es su tercera novela, publicada en 2013, y traza a través de la hecatombe de sucesos que van originándose en los miembros de una familia a lo largo de mediados y finales del siglo XX, la ruindad del ser humano. La envidia y los celos son una discapacidad intelectual de nuestra especie, indica el autor en una entrevista concedida a Onda Radio Madrid. “La ciudad de Aletheia” es su nuevo proyecto literario, en el cual ha trabajado en los últimos cuatro años. Una novela que reflexiona sobre la actualidad social, sobre la condición humana y sobre el actual asentamiento de la especie humana: la ciudad. Todo ello narrado a través de la realidad que atropella a los personajes.

1 Comentario

  1. Puede. Pero como el ser humano en sí no es importante o imprescindible, porque a este Universo le da igual que estemos o no, somos nosotros quienes marcamos los valores. Y en eso se basa este juego. Desde tiempos inmemoriales ha habido y hay seres humanos que por sus ideologías y estatus de poder son tremendamente dañinos para la comunidad. La valoración del daño no compensa con su legalidad o ilegalidad. Eres persona, pero ¿cómo eres?. Yo estoy cansado de valorar como persona a un fascista cuando él jamás lo hará. Hay niveles y circunstancias, hay ideologías y sentimientos, todo está tremendamente encadenado y a cada acción equivale una consecuencia y una reacción.
    ¿Podemos partir de la base de que ningún humano es ilegal? Podemos. Pero a la hora de la verdad lo que cuenta es el comportamiento y la situación. ¿Tratar a un fascista como ganado, justo como nos tratan ellos (y que no tienen ninguna gana de dejar de hacerlo) es injusto? Pues no es ni justo ni injusto, es, sencillamente, «equilibrar la balanza».

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