En medio del grupo de personas con el que compartí la observación del fenómeno social que centró la atención del mundo ayer, en pleno centro de Barcelona, alguien expresó el calificativo de “¡qué cínicos!”, cuando se apreciaban los participantes al evento. Tal comentario me hizo reflexionar que, muy a pesar de contradecir a mi amigo, ni siquiera cínicos, al menos en el sentido filosófico.

En torno a quinientas mil personas participaron en Barcelona manifestándose en repulsa a los violentos. Su marcha por el centro de la capital catalana, mostrando rosas y banderas, mientras se coreaba «No tenim por», “no tenemos miedo, definía una intención que colisionó contra los propósitos más o menos explícitos de rédito político e institucional que, en su transcurso, fueron fuente manifiesta de las tensiones latentes. En la cabecera de la manifestación, los integrantes de los cuerpos que asistieron a las víctimas del atentado del 17 de agosto. Las encargadas de leer el manifiesto, la activista Míriam Hatibi y la actriz Rosa María Sardá, puso fin a esta concentración multitudinaria, que sólo ha servido para dejar en evidencia que el duelo en que se ha sumido Barcelona tras el atentado no ha hecho más que comenzar. Las pancartas a favor de la paz, sumados a los mensajes contra la islamofobia y a las banderas esteladas y, aunque en minoría, banderas españolas, compartieron espacio sin incidentes en su recorrido por el paseo de Gràcia. Sin embargo, la presencia del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy y del rey Felipe VI, fue abucheada durante la marcha en varias ocasiones. Los «Fuera, fuera» y las pancartas relacionando al monarca con el comercio de armas, dejaron en evidencia que un sector de los asistentes tomó esta presencia como una provocación. Al menos, si tomamos en cuenta el interés real, valga la ironía, que su presencia en eventos similares se plasmase en una atención concreta a las víctimas. Tengamos por casos el 11M o el accidente del Alvia, sin olvidarnos del Yak. 

Lo penoso de lo acontecido ayer, tanto en la interpretación que pretenden dar los medios de prensa, como en las declaraciones oficiales de los portavoces partidarios, es que en su afán de servir al relato gubernamental de vincular terrorismo con independentismo, y a este con el derecho a decidir de los pueblos, no hacen más que ahondar la brecha que separa al conjunto de españoles. Toda esta acción mediática tiene el único propósito de romper la lógica entre el comercio de armas y dependencia financiera del Estado con las satrapías del Golfo como origen del atentado de las Ramblas. Además, procura revertir esa relación y atribuirla al independentismo. Disparate, pero con una operación comunicacional en marcha. Además, como colofón, procurar la ocultación de una negligente gestión en el manejo de la información de los servicios de inteligencia, de la que fueron excluidos los Mossosd`Esquadra. Sugiero seguir la investigación que llevan a cabo en Público Patricia Lopez y Carlos Enrique Bayo, al respecto.

Regresando a los cínicos, él fundador de este movimiento filosófico de fue Antístenes, nacido en Atenas hacia el año 422 antes del Cristianismo. Después de escuchar y seguir las lecciones de Gorgias, se hizo discípulo, amigo y admirador de Sócrates. Muerto éste, enseñó públicamente, y sus discípulos recibieron el nombre de cínicos, tal vez a causa del sitio en que enseñaba Antístenes, llamado Cynosargo. Antístenes comenzó a enseñar que la virtud es el bien supremo, el último fin del hombre, felicidad suma y única a que éste debe aspirar. Las riquezas, los honores, el poder y los demás bienes son cosas indiferentes en el orden moral; son despreciables, y hasta aborrecibles, por consiguiente, para el hombre virtuoso.

Por lo tanto, como vemos, ni siquiera cínicos. Aunque, si nos atenemos a la evolución que ha ido teniendo el término, en la actualidad se le atribuye la acepción de representar a la tendencia a no creer en la sinceridad o bondad humana, ni en sus motivaciones ni en sus acciones, así como una tendencia a expresar esta actitud mediante la ironía, el sarcasmo y la burla. Entonces sí le concedería a mi amigo la validez de su expresión. Ello, porque pareciera que sólo se exhiben para obtener por la fuerza o las artimañas lo que no pueden lograr por la razón: el favor de una mayoría de población a la que castigan. Prefieren ser temidos a ser respetados. Sus razones tendrán.

 

En cualquier caso, el mundo ha sido testigo de la exhibición de soberbia y miopía que nos gobierna… y la gente ya no calla… y el mundo se entera… y eso es bueno.

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