Pedro Sánchez quiere quitarse de encima el sambenito de líder “arrogante e incompetente” que, en una nueva muestra de juego sucio, pretende colocarle Pablo Casado. En las últimas horas, el presidente del Gobierno ha movido ficha y se plantea convocar a todas las formaciones políticas y agentes sociales a un gran acuerdo nacional contra la pandemia de coronavirus y planear la reconstrucción del país en un futuro a corto plazo. Sería algo así como una reedición de aquellos viejos Pactos de la Moncloa de 1977, solo que sin el espíritu de consenso de la Transición y sin la figura trascendental de Adolfo Suárez, lo cual ya es empezar con mal pie.

Pero más allá del éxito o el fracaso de la operación, la iniciativa de Sánchez es una buena jugada estratégica para dejar en evidencia a las derechas, que están en otra cosa muy alejada de salvar el país, y más aún del pacto y el acuerdo. Casado, enfrascado ya en una ofensiva total de acoso y derribo al Gobierno y alineado con los postulados de la patronal CEOE y de la banca, ha visto la debilidad del Gobierno tras los malos datos de muertos a causa de la epidemia y los números del paro, los peores de la historia de España. Y ya se sabe que un político de derechas puede perdonar cualquier crimen, menos un informe económico que deja mal parado al Gobierno.

Tal como se preveía, más de 800.000 puestos de trabajo se han perdido en menos de un mes desde la declaración del estado de alarma y el cese de toda actividad económica esencial. Es el precio carísimo que el Ejecutivo de coalición ha decidido pagar al apostar por una filosofía humanista que tiene como premisa salvar la mayor cantidad posible de vidas, aunque ello suponga llevar a la ruina a todo un país. En realidad, y aunque la caverna mediática se rasgue las vestiduras ante esta anarquía económica, estamos ante una decisión que es sensatez en estado puro, ya que lo primero debe ser siempre la salud de las personas. Sin embargo, las derechas vuelven a jugar desleal y torticeramente a erosionar poco a poco al Gobierno, conscientes de que el desplome del PIB es una bomba de relojería con temporizador para Pedro Sánchez.

De ahí que la propuesta del presidente de cerrar un gran acuerdo nacional esté abocada al fracaso de antemano. A ninguno de los miembros del ‘trifachito’ le interesa el diálogo ni la unidad. El Partido Popular porque ha olido el rastro de la sangre y cree que una oposición dura, ácida y corrosiva le dará una victoria electoral a la larga. La consigna es clara en las filas de Génova 13 (como demuestran las insensibles y despiadadas declaraciones públicas de gente como Javier Maroto o Cayetana Álvarez de Toledo): poner cerco a la Moncloa, aprovechar la ola de muerte y devastación, subirse al caballo entre los jinetes del Apocalipsis y sacar todo el provecho político que se pueda de este infierno imprevisto. De hecho, la relación entre el presidente y el líder de la oposición atraviesa por su peor momento, algo que a Casado le hace babear de gusto. A Sánchez, la tensión y la crispación le hacen más daño que el coronavirus pero el líder del PP sigue agitando esa probeta llena de gérmenes de odio fabricados en su laboratorio de FAES.

Por lo que respecta a Vox, el partido ultra sabe perfectamente que en tiempos de crisis, de miseria, de depresión y de desastres bélicos (al fin y al cabo esto es una guerra, contra un enemigo invisible, pero una guerra en cualquier caso) se abona el caldo de cultivo ideal para la indignación popular, la demagogia y el patrioterismo barato. Los dictadores llegan al poder impulsados por el furor y la rabia y Santiago Abascal se siente cómodo en este escenario de caos, movilización del Ejército y banderas rojigualdas en los balcones. España cada día se parece más a un inmenso campo de batalla, como en nuestra triste Guerra Civil. Es el decorado tantas veces soñado por los nostálgicos militaristas que como Ortega Smith anhelan una vuelta al pasado, al nacionalismo como arma ante un enemigo común y a la distopía de un mundo de dictaduras y generales de caballería. Para Vox, los cientos de muertos que se apilan en las UCIS y en las urgencias de los hospitales son como las bajas de una nueva Batalla del Ebro, o como efectos colaterales de un nuevo asedio a Madrid que acabará con el triunfo de la gloriosa cruzada nacional. Abascal no ve una tragedia inmensa en el virus, sino en Sánchez, y los cadáveres amontonados en las morgues se pueden atribuir fácilmente a la felonía de los rojos y a la incompetencia de los políticos de una República decadente vendida al bolchevismo soviético. De modo que Abascal no necesita arrimar el hombro en ningún ridículo pacto de la Moncloa, le basta con dejar que esta novela de ciencia ficción siga llenando páginas funestas hasta escribir el epílogo.

De la veleta naranja, o sea Ciudadanos, poco se puede esperar. Tiene dos caras y no es de fiar. En principio, Inés Arrimadas estaría dispuesta a entrar en ese gran acuerdo que propone Sánchez. “Una crisis como esta merece un escenario así. Nosotros estaríamos ahí seguro”, aseguran desde la Ejecutiva del partido. Pero aunque la formación mantiene su oferta de mano tendida al Gobierno ya ha puesto sus condiciones previas: “Si los Presupuestos los hace Pablo Iglesias, no”.

Así las cosas, los españoles no deberían poner ni un solo ápice de esperanza en que nuestros políticos aúnen esfuerzos ante la mayor catástrofe que vive el país desde 1936. Con todo, Sánchez parece dispuesto a intentarlo, más porque se levante acta notarial e histórica de que hizo la propuesta en su día que porque la idea pueda llegar realmente a fructificar. Los pactos del 77 fueron una hermosa cosa del pasado. Pero ya no hay ni la grandeza, ni el espíritu, ni las figuras políticas inmensas de entonces. Y el pasado, pasado es.

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