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Hace ahora tres años, Jiménez Losantos dedicaba unas repugnantes palabras a Mariano Rajoy, burlándose y denigrándolo desde su ideología ultraderechista. Inmediatamente, muchas personas que se jactaban de ser muy de izquierdas aplaudían los soeces comentarios. Sin embargo, otros muchos rechazamos con un «no todo vale» que se le diera cancha a un fascista confeso, solo porque atacaba al que en ese momento era nuestro mayor adversario político. Estas actitudes insoportables son habituales entre quienes, desde su infantilismo político ilimitado, consumen el mensaje sin que les preocupe el origen del mismo.

De nuevo hay que expresarlo así, porque es cierto: no todo vale. Ni entonces, en una situación distinta, ni ahora. No vale ahora recorrer las calles anunciando que Sevilla, o Madrid, o Barcelona será la tumba del fascismo, cuando tuvimos la oportunidad de hacerlo el 2D democráticamente -que es como más les duele- y disminuir así la presencia institucional no solo de Vox sino también del PP. No lo hicimos.

Tampoco vale echar la culpa a los abstencionistas. La abstención es el resultado del desinterés o el rechazo a las políticas concretas que los partidos han desarrollado o defendido -según el lugar que ocupen- y la credibilidad de sus propuestas para el futuro.

No vale llamar fascista a todo aquel y aquella que no vota nuestra opción. No hay cuatrocientos mil fascistas en Andalucía y no vale concluir de un plumazo el necesario análisis autocrítico con esa falacia interesada, que para colmo engrandece a esas organizaciones.

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Si creemos necesario un compromiso de futuro que suponga un «cordón sanitario» contra las ideas totalitarias, xenófobas, machistas e integristas, habremos de tener cuidado de respetar a los electores y su derecho a equivocarse. Y si queremos que ese «cordón sanitario» se plasme en un acuerdo político -nada fácil- de fuerzas democráticas, habremos de procurar no expulsar de ese espacio a quienes, desde posiciones ideológicas distintas pero democráticas, se comprometan a la defensa, no ya de la Constitución como lema si no, de los valores constitucionales y principios fundamentales establecidos en ella, así como en el caso de Andalucía lo recogido en el Estatuto de Autonomía.

En todo caso, cuando llegue el final de este impasse previo a la constitución de la XI Legislatura y del Gobierno de Andalucía, seguro será necesario reforzar la lucha en la defensa de las políticas sociales ante la más que previsible arremetida de la derecha. Aprovechando la ola de conservadurismo, el sindicalismo de clase, el movimiento vecinal y de consumidores, el movimiento feminista, el memorialista o el de la cooperación al desarrollo, serán principal objeto de estrategias de la derecha para su intentar debilitarlos.

Ante estas previsiones, las organizaciones sociales deben acentuar su actividad, resituando sus estrategias de acuerdo a la nueva situación. Ahora bien, estas organizaciones no deben en ningún caso prestarse a convertirse en la oposición organizada al servicio de la izquierda política -algunos en Podemos, IU y PSOE están ya en ello-, aunque tampoco mantenerse en la inopia, al margen de la intervención en el ámbito sociopolítico que de acuerdo a sus funciones les corresponden. Un difícil equilibrio sobre el que deberán profundizar.

Deben actuar celosas de su autonomía y su independencia, sin esperar ningún incentivo externo a ellas. Demasiadas veces los sindicatos de clase y las organizaciones sociales progresistas han sido ninguneadas por partidos y gobiernos progresistas cuando se encontraban en momentos de fortaleza. Ahora que estos viven momentos de debilidad deberían estar más atentos a las aspiraciones que los mismos defienden y representan, y de ningún modo caer en la tentación de pretender asignarles el papel de infantería que les saque las castañas del fuego.

Es preocupante la falta de una revisión autocrítica seria en las izquierdas. Hasta el momento solo hemos escuchado justificaciones y mensajes vacíos que van más en la dirección de reforzar las líneas que ya se han mostrado equivocadas; o en saldar cuentas internas por el resultado electoral, cuando en realidad el resultado electoral es solo el arma con la que dirimir sus diferencias.

Con Vox ha llegado lo que viene a ser un fascismo prototípico, listo para desarrollarse en cuanto alcance su cota de poder -Andalucía es solo el primer escalón, insuficiente pero con potencial- para poner en marcha la maquinaria de privación de derechos en toda España. De nuevo, como en las elecciones, que escalen más poder va a depender del empuje y el esfuerzo decidido que la izquierda ponga en el cambio de sus políticas.

Que -por parte de unos- sitúen en primer lugar y con nitidez los problemas de la gente, evitando caer en ensoñaciones frustrantes que han ocupado no pocas veces su agenda y -por parte de otros- reconozcan que ya no existe la posibilidad de ser el partido hegemónico que aglutina todo el poder necesario para imponer una línea política determinada; ni tan siquiera con la fuerza suficiente para ser aglutinador de acuerdos puntuales a derecha e izquierda.

La izquierda -las izquierdas- tendrá que optar definitivamente por una de estas dos opciones: entenderse entre sí (PSOE/IU/Podemos), esforzándose por recuperar al electorado y compartir el trasvase de votos en las sucesivas convocatorias electorales; o mantenerse en la permanente división, donde la nueva derecha camaleónica (C’s) hará de esponja y colchón al resto de la derecha (PP y Vox) para seguir avanzando.

Esta segunda opción -permanecer inmutables en sus posiciones y sus erróneos análisis- servirá de regocijo a la derecha. Será entonces cuando la izquierda se habrá rendido. Será entonces cuando, por no querer cambiar nada, cambiará todo.

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