La mayoría de las veces actuamos por la necesidad de comprender algo o dar razón de lo que nos inquieta. Las personas tenemos una serie de emociones de fuerte filiación, muchas de las cuales son generalmente aceptadas como connaturales al ser humano o incluso altamente valiosas, impulsos tales como el amor a la propia dignidad, a la pareja, a la familia o al conocimiento, en cambio hay que repudiar el amor a la nación, a la patria. ¿Qué razones pueden aducirse para declararse adversario de la emoción nacional?

Los adversarios de la emoción nacional, del amor a la patria, aducen que es producto de una ilusión, o quizás incluso de una alucinación; sería un caso de demencia colectiva. La consecuencia práctica moral de esta situación sería que deberíamos esforzarnos por curar a quienes padecen tan grotesca alucinación nacionalista por todos los medios disponibles: pedagógicos, psicoterapéuticos, o si es necesario, por la coerción administrativa (censura, multas, etc.) o incluso física (la cárcel).

El concepto de nación, es central en esta discusión. Aún no sabemos bien lo que es una nación, pero lo que seguro que no es: es una entidad idéntica a un Estado. El término “Estado” denota una entidad jurídico-administrativa, casi siempre definida por una Constitución y unas Leyes Fundamentales y siempre asociada a un territorio con fronteras físicas bien definidas (aunque puedan cambiar con el tiempo). En cambio, el término «nación» no pertenece al orden jurídico sino al político o etnológico.

Para muchos, los únicos conceptos sociales o políticos que tienen sentido, son aquellos que se refieren a entidades accesibles directamente a los órganos de los sentidos (conceptos que se refieren a cosas como seres humanos y la conducta que manifiestan, las lenguas que hablan, la música que tocan, los monumentos que construyen y quizás incluso los códigos jurídicos que redactan, porque éstos al menos se ven escritos negro sobre blanco). Pero, ¿quién ha visto, oído o tocado jamás una nación?

Pues bien, si algo hemos aprendido del desarrollo de la filosofía de la ciencia del siglo XX es que el positivista o empirista radical es definitivamente insostenible. Afortunadamente, los propios físicos no les hicieron caso, y siguieron introduciendo y utilizando conceptos no definibles en términos observacionales, desde “electrón” hasta “quark”, pasando por “curvatura del espacio-tiempo” y “flujo de entropía”. Todos estos conceptos son ejemplos de lo que, en la terminología particular de la filosofía de la ciencia, se denomina “conceptos teóricos”.

Lo característico de los conceptos teóricos es que se refieren a entidades no-observables, se refieren a entidades determinadas por medios puramente teóricos. La existencia de tales entidades se presupone en la teoría a fin de comprender o “controlar” los fenómenos observables, para explicar mejor lo que “se ve y se toca”. Dicho de una manera abrupta: en la medida en que los electrones sean reales, también lo son las naciones. Y ambos conceptos son, en cualquier caso, muy útiles para explicar los fenómenos.

Si admitimos la existencia de naciones, podremos explicar una serie de fenómenos políticos y culturales importantes que de otro modo quedarían muy mal explicados. El concepto de nación debería ser asumido como un concepto teórico fundamental de la etnología, la sociología y sobre todo la politología. De hecho, los etnólogos ya hace tiempo utilizan el concepto básico de etnia y sin duda hay que suponer una estrecha relación entre ambos conceptos.

En resumen, la propuesta es que etnias y naciones constituyen realidades profundas en la estructura sociocultural de la Humanidad. Toda nación tiene el derecho, y hasta la obligación, de hacer lo posible por preservar su identidad; y al mismo tiempo, tiene la obligación de respetar las condiciones para que las otras naciones preserven la suya. A nivel de colectividades humanas ocurre aquí exactamente lo mismo que a nivel de los individuos mismos.

Es indudable que (al igual que en el caso de los individuos) en ocasiones pueden surgir conflictos de intereses legítimos; el caso típico es aquel en que dos naciones se sienten parcial o totalmente vinculadas al mismo territorio geográfico. Pero, como en tantos otros casos de conflictos políticos, sociales, económicos y culturales, también estos casos pueden resolverse a través de negociaciones y compromisos. La regla de oro consiste en tomar como punto de partida que, sean cuales sean los legítimos intereses de una nación, ellos nunca pueden implicar la desaparición o el sometimiento de otra nación. En una palabra, el único nacionalismo políticamente correcto es un nacionalismo internacionalista.

1 Comentario

  1. En realidad, pertenecemos, o deberíamos, a una Nación Humana Universal donde pudiéramos vivir en armonía y no buscar enfrentamientos unos contra otros por la defensa y/o posesión de un determinado trozo de tierra.

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