La crisis se la robó. José Mateos Mariscal y María Coral Hernández hicieron la maleta hace casi siete años huyendo del infortunio, de las deudas, de la inseguridad y del miedo y caminando hacia nuevos temores, también incertidumbres, hacia otros riesgos. Fue una escapada hacia adelante, desde lo oscuro hacia las sombras. No había luz.

La vida y el esfuerzo habían regalado éxito a este autónomo zamorano con empresa en Valladolid. Chalé con piscina, piso, una compañía que funcionaba bien… y «de la noche a la mañana, nada. Deudas y desahucios». Tenía una empresa de estructuras metálicas en el Polígono de Argales con 20 operarios y vivía en Zamora. Llegó la crisis y fue una víctima sin paliativos. La cadena fue la habitual: no consigue cobrar a quien vende, no puede pagar a los proveedores y pronto las deudas lo asedian, los bancos no aceptan los pagarés de quien le debe dinero y «todo mi patrimonio era mi aval. Debía 400.000 euros y también me adeudaban. Varios desahucios se llevaron mi vivienda, la empresa, todos mis bienes…». Una casa de alquiler sustituyó a su piso cuando el banco se lo embargó porque con él había avalado la adquisición de materiales para realizar una obra encargada por una empresa que nunca le pagó. Dos hijos, Leandro y Jasmina, entonces de 9 y 12 años, formaban parte de sus preocupaciones.

«Estuvimos viviendo los cuatro desde 2008 con la limosna de la Junta. Entonces, lo que ahora se llama Renta Garantizada de Ciudadanía, eran 635 euros para cuatro personas, entre ellas dos menores. La situación era dramática, no nos llegaba para nada. La comida era precaria, los niños iban mal vestidos. Yo tenía 39 años y la vida se me echaba encima. A mi mujer todavía hoy le cuesta y tiene cierta tristeza; pero está encantada con su vida aquí».

Más «de cuatro años de angustia, comiendo mal, con mis hijos mal calzados, pobres realmente pobres. No asumíamos vivir así, siendo trabajador, queriendo un empleo y nada… Mi hija me pedía que nos fuéramos de España, decía que estábamos peor que indigentes». Cuando «los Servicios Sociales nos amenazaron con quitarnos a los niños porque no los podíamos mantener bien, nos desquició, no hay padres que quieran más a sus hijos. Todo se precipitó. Eso sí que no podíamos soportarlo».

El primer destino pensado fue Marruecos. «Me lo aconsejaron porque con no mucho se puede vivir;pero no nos convencía ese camino sobre todo para mis hijos. Después me hablaron de Alemania, de que era un país con mucho apoyo social. Empecé a indagar y conseguí, previo pago de 200 euros, un trabajo como soldador y además nos daban habitación desde el primer día y allá que nos fuimos», recuerda José Mateos Mariscal.

«A los nueve años es muy difícil apartarse de los amigos»

LOS HERMANOS JOSÉ Y JASMINA. EL NORTE

Leandro tiene ahora 16 años y una vida construida en Remscheid. Los recuerdos están vivos para él y su hermana. Le quita el teléfono a su padre para contar su propia experiencia: «Tenía 9 años, a esa edad era muy difícil apartarse de las personas, de los amigos. Sabes que no vas a volver a tu sitio, que lo dejas todo lejos por un futuro de oportunidades. Era un niño, pero me daba cuenta de todo. Aunque de pequeño no aprecias cuanto te rodea, todo lo que tienes alrededor. Más tarde valoras lo que te ha ocurrido».

«En España estudiábamos inglés en el cole, al menos teníamos una base; pero de alemán nada de nada. El sistema escolar germano tiene aulas para integrar a los emigrantes, para enseñarles el idioma y adaptarlos y eso me permitió no tener que perder ningún curso. El sistema educativo es muy bueno. Mi hermana sí tuvo que repetir un año, era más mayor;pero yo no, mi padre me ayudaba mucho y yo he sido siempre muy organizado para mis estudios y doy el cien por cien todos los días».

Asegura que «me gustan los dos países, lo único que veo mal aquí es la comida, la gastronomía española me encanta. Y también cambia mucho el tipo de vida, aquí es como rápido de casa al colegio y del colegio a casa y apenas haces nada más, no se sale como en España. Es lo opuesto en todos los sentidos, es difícil adaptarse pero hay que hacerlo. Lo que querría hacer ahora es viajar, conocer mundo. Creo que soy una persona muy abierta y que necesita relacionarse, informarse, conocer culturas y, por supuesto, entre los países a visitar estará España. Tengo ganas de ver a la familia que tenemos en Zamora; pero sé que mi vida es esta, que está aquí».

«Vendí el último coche que me quedaba por 1.200 euros para escapar de España a la aventura, sacamos los billetes para el avión de bajo coste para un día 3 de junio de 2013 poniendo tierra por medio. Tenía ligeras nociones de Alemania, algún recuerdo de mi juventud porque había estado de vacaciones; pero no hablábamos ninguno el idioma, nada, no conocíamos a nadie allí. Perdidos. Nos fuimos».

Toda una pesadilla. «Cuando llegamos fuimos a la dirección que había apuntado para el empleo. Era un descampado. Nada. Nadie. El cielo se te viene encima, no conoces la lengua, no sabíamos qué hacer, a dónde dirigirnos. Nos subimos con lo poco que nos quedaba a un tren y nos bajamos en la primera ciudad, donde se paró el tren. Era Remscheid. Parecía la última parada. Nos bajamos saliendo a buscar una pensión para pasar la noche». Así lo quiso el destino.

Perdidos, con angustia, con miedo sobre todo por sus dos pequeños, en sus pasos abandonados tropezaron con una mujer española: «Nos dijo que acudiéramos a la Oficina de Coordinación de habla hispana, una especie de consulado. Nos perdimos, no lo encontré; pero sí un bar de nombre español –La Bodega– que aunque no nos pudo ayudar nos mandó a otro, El Andalucía. El cocinero, Paulino, por aquel entonces también trabajaba para la misión católica de lengua española Remscheid-Lennep. No lo dudó ni un momento, tras escuchar los detalles de nuestra situación, llamó al cura, a José Antonio Aldaz». Un sacerdote navarro, «muy buena persona, encarcelado por Franco por motivos políticos y que se había refugiado en Alemania. Nos acogió. Durante quince días dormimos en la parroquia, en el suelo en unos colchones, nos ayudó tanto… nos orientó y acompañó a hacer los papeles, a conseguir ayudas sociales, nos daban al mes 200 euros por niño y me consiguió trabajo como soldador… en total sumábamos 1.900 euros, daba para vivir. El jefe hablaba español y yo me defendía… luego si quieres seguir en el país tienes que hacer un curso de integración, para aprender sobre todo el idioma y mientras lo haces te pagan casi lo mismo que trabajando. Lo hice y después acudí a una agencia temporal de empleo y me encontraron trabajo en la recogida de basura. Dije que sí sin dudarlo y empecé enseguida. Ahí sigo. Estuve más de 18 meses y luego me hicieron fijo, tras tres años de prueba, en Alemania te tienen que hacer fijo porque no es empleo que se pueda considerarse temporal. Cobraba 2.200 euros».

«Pagué 200 euros por un empleo y habitación; pero me encontré con un descampado»

«Mis hijos iban al colegio, ahora hablan español, alemán e inglés, la niña quiere estudiar idiomas, al chico se le da muy bien la gimnasia es de los mejores… Son españoles, pero están germanizados. Mi mujer lleva una vida normal, aunque todavía es a la que más le cuesta porque fue muy duro especialmente para ella. Su familia me criticó, me llamaba vago, no la ayudaron sino lo contrario y ella dijo que se iba conmigo sin duda».

Y los sinsabores poco a poco fueron dando paso a la normalidad. Nunca han vuelto a España, aunque sí entra en sus planes y en sus deseos. «Tengo un hermano en Zamora con el que hablo todos los domingos».

A España solo le reprocha que a un trabajador no lo supiera ayudar y darle una oportunidad cuando cae en desgracia; pero la nostalgia amanece con ellos cada día y algún atisbo de inseguridad, de no tomar conciencia «de que ya está, lo hemos logrado. Soy español pero mi vida está aquí. No es España, es del trabajo a casa y de casa al trabajo y aunque parezca mentira sobre todo echo en falta la comida: « Mis hijos perdieron la infancia, es el peso que tengo. Nos tocó llorar mucho, pero mucho y no te puedes venir abajo porque tienes dos niños pequeños que dependen de ti, es una impotencia muy grande, no puedes rendirte. Tienes que sufrir para que ellos salgan adelante».

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